Opinión


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Catarsis | La Crónica de Hoy

“Nada que sea contra la razón es lícito”

Edward Coke

Este día se conmemora la liberación de los campos de concentración y exterminio nazi en 1945, proclamado como el Día Internacional de Conmemoración de las Víctimas del Holocausto con el que se pretende continuar con la hasta ahora inacabada lucha por la erradicación del antisemitismo, del racismo y de cualquier forma de intolerancia que genere actos violentos contra determinados grupos humanos.

El Holocausto fue un suceso de trascendencia mundial que tuvo como epicentro al que pudo considerarse el más civilizado, avanzado e ilustrado país de Europa. Infortunadamente, incluso por encima de la educación o de la formación profesional o personal, nuestras ideologías y pasiones pueden superponerse con relativa facilidad si se tiene un contexto propicio para ese fin. Un elocuente orador o arengador de masas, una muchedumbre deseosa de las indicaciones irasibles de su líder y, finalmente, una misión que normalmente se dice consisitir en un propósito justo. El reciente caso del asalto orquestado al capitolio norteamericano, parecer ser un supuesto actual y real que cumple con estas categorías.

A partir de una interpretación mayoritaria a los artículos que Hannah Arendt escribió sobre el juicio del líder nazi Adolf Eichmann, posteriormente compilados y publicados en el libro intitulado Eichmann en Jerusalén. Sobre la banalidad del mal, de la misma autora, se advierte la idea de que cualquier persona, ¡cualquiera! puede delinquir y cometer los crímenes más atroces a través  del desarrollo y apropiación de cierta ideología, desde luego, sin dejar de consierar su personalidad individual o carácter.

Podemos referirnos, por ejemplo, al caso de los guardianes del muro, quienes custodiaban la frontera entre la República Democrática Alemana con la República Federal Alemana. En cumplimiento de sus funciones, los “guardianes” estaban autorizados por la ley para utilizar la fuerza, armas de fuego e incluso granadas de fragmentación, con el único propósito ciego de no permitir el ingreso a territorio de la RDA. Con esa convicción cometieron múltiples homicidios por los que más tarde fueron procesados.

En su defensa, los guardianes alegaron que su actuar fue lícito al encontrarse en cumplimiento de un mandato emitido por superiores jerárquicos y apegado a la ley. El Tribunal Constitucional Federal desestimó esta consideración empleando la “Fórmula Radbruch”, según la cual el derecho vigente puede invalidarse por su naturaleza opuesta al principio de justicia que comúnmente se sintetiza en la expresión “la injusticia extrema no es Derecho”.

Se trata pues, de hechos que se pretenden justificar o hacer descansar en un supuesto derecho o en la falaz persecusión de una causa justa. Hoy por suerte, ni en nuestra legislación federal ni en los códigos penales estatales subsiste la figura de la obediencia jerárquico legítima para justificar la comisión de delitos; gozamos además de un robusto marco normativo, nacional y convencional, que reconoce y garantiza derechos humanos y, sin embargo, con pesar tenemos que afirmar que el odio en el que se alojan muchas de estas práticas desterrables permea en nuestras sociedad con mucha más profusión de lo que creemos. Como en muchas otras dimensiones, suponemos que ese sentir está dominado, como un volcán inactivo, pero en realidad se trata de un organismo que en cualquier momento puede hacer erupción, un sentimiento vivo en espera de una chispa que lo encienda.

En comparación con el holocausto, éstas podrían parecer microscópicas manifestaciones de odio. No lo son. Tienen impacto sensible, trascendental y quizás irreparable en quienes lo sufren e incluso en quienes las perpetran.

Feminicidios, racismo, delincuencia organizada, manifestaciones violentas, fanatismo, violencia de género en la política, intolerancia religiosa, discriminación por preferencias sexuales, linchamientos, exclusión social, violencia en redes sociales, bullying escolar, violencia contra migrantes, son todos ejemplos claros y por desgracia cotidiandos de este nefasto sentimiento que nos tiene varados personal y socialmente.

Alentar ese sentimiento es algo que por intereses mezquinos puede convenir a otros. En nosotros radica el poder único de resistir esa inducción, no ceder aún cuando las condiciones contextuales lo permitan: el anonimato, la secrecía, las masas, las órdenes de alguien más, la complicidad, la impunidad pues al final, todos somos parte de este mismo hogar común que puede destruirse por algo que siempre germina como una idea incipiente pero que se alimenta y da fin no sólo a quienes se emplea en su contra, sino a quien la cultiva.

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