Opinión


Ceguera de la hegemonía o cordura de la mayoría

Ceguera de la hegemonía o cordura de la mayoría | La Crónica de Hoy

Vivimos tiempos tan polarizados que la aprobación unánime en el Senado del proyecto de reforma para la Guardia Nacional ha sido vista como una rareza. “Un cisne negro”, la definió Ricardo Becerra en estas páginas. No debería serlo.

Lo que en el fondo hizo el dictamen fue expresar, de manera bastante aproximada, la correlación de fuerzas políticas en el Congreso y en el país. Se aprobó en lo esencial lo que era la intención del Ejecutivo Federal y de la mayoría legislativa, pero se le hicieron adecuaciones en las que cupieron los puntos de vista de los otros partidos y de una sociedad civil que había estado atenta al tamaño de los riesgos que conllevaba la versión original de la propuesta de López Obrador y Morena.

En otras palabras, la coalición mayoritaria hizo el traje, y las expresiones sociales minoritarias ayudaron a darle forma, cambiando algunos elementos de su confección.

Tratándose de una reforma constitucional, era necesaria la concurrencia opositora. Y qué bueno que fue así, y hubo los contrapesos necesarios. Durante un tiempo se manejó la opción de que, a través del transformismo y el oportunismo político, se creara una supermayoría artificiosa, buena para hacer pasar las iniciativas del Ejecutivo, pero no representativa del sentir plural de la sociedad.

Qué bueno, también, que la votación fue unánime. Esto demuestra que, cuando hay disposición al diálogo, las partes pueden ponerse de acuerdo, a pesar de los enconos que a menudo se manejan fuera del ámbito legislativo. Y que, si hay voluntad política, sí puede traducirse en consensos y en la idea de que todos podemos ir juntos en los temas más sustanciales.

Esto viene a cuento por tres razones adicionales. La primera es que la negociación política es útil aun cuando se tiene la mayoría simple en votaciones que sólo requieran eso. Es muy fácil, para pasar una ley, imponer una aplanadora legislativa. Pero a la hora de la traducción de esa ley a la vida cotidiana y a la discusión pública, suele haber más costos que los que las mayorías imaginan. Fue, entre otras cosas, a partir del abuso de la mayoría legislativa, como el PRI se hizo de la imagen de autoritarismo que lo ha acompañado a lo largo de su vida (y que no lo abandonó ni cuando fue oposición).

¿Veremos a Morena negociar para que más temas de su agenda pasen por consenso? Valdría la pena, en términos de eficacia, y muy probablemente las leyes aprobadas tendrían mejores asideros para su instrumentación. Pero a menudo se prefiere la prisa, y también está ese gusto un tanto perverso por imponerse en las vencidas (y luego hacer en privado la roqueseñal).

El segundo tema tiene que ver con los contrapesos, que son necesarios en toda democracia moderna. No se trata solamente de que la mayoría ejerza los poderes de gobierno; también de que respete los derechos de las personas y esté atento a los puntos de vista de la o las minorías, organizadas o no.

Los contrapesos ayudan a que las diferencias políticas se canalicen de manera constructiva y no violenta, e impiden que las mayorías se anquilosen o se cierren a ideas diferentes. Ayudan a la igualdad de trato entre los ciudadanos, independientemente de las convicciones políticas.

Los contrapesos y las expresiones sociales han ayudado a este gobierno a corregir algunos de sus criterios. No sólo fue la Guardia Nacional; también lo ha hecho en temas como el presupuesto de las universidades, el papel de los superdelegados, algunos nombramientos, etcétera. Sin esos contrapesos sería peor, no mejor.

El tercer tema está relacionado con las consultas públicas sobre distintos asuntos. Están siendo usadas para validar políticas preestablecidas por el Presidente y su gobierno. Sirven para demostrar que AMLO tiene una aprobación mayoritaria y que, en general, la gente quiere que lleve adelante su programa y sus promesas de campaña.

Para lo que no sirven es para generar consensos, porque se les está usando para demasiadas cosas y toda consulta en la que la respuesta es un sí o un no termina por ser polarizadora. El caso de la termoeléctrica de Huexca, me parece, es el ejemplo más acabado.

Dando por buena la representatividad de los votantes —lo que implica un cierto esfuerzo—, encontramos a una sociedad local sumamente dividida. Tres de cada cinco a favor, y dos en contra. Con el agregado de que los opositores están en contra de manera militante. Allí es donde encuentra su límite la lógica política de la consulta, la lógica de la mayoría estrecha por encima del convencimiento o la negociación.

Ya se cometió un error económico con la cancelación del nuevo aeropuerto capitalino. Ya se incurrió en un severo problema ecológico con la refinería de Dos Bocas. Ahora puede estarse cometiendo un error político, si se ­subestima a pueblos y organizaciones que se sienten afectados por la termoeléctrica.

En ese sentido, la lección del éxito en la votación de la Guardia Nacional podría servirle de algo al gobierno de López Obrador. Desgraciadamente, la gente aprende más de las derrotas que de las victorias. Y es más sencillo vivir en la ceguera de la hegemonía aplastante que en la cordura de una mayoría pensante.

 


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