Opinión


Con el Golpe en la imaginación

Con el Golpe en la imaginación | La Crónica de Hoy

En los años setenta, el cineasta Patricio Guzmán realizó una trilogía documental, La Batalla de Chile, que fue muy popular en los círculos universitarios de ciencias sociales, porque los estudiantes seguían con atención la situación chilena, con todo y su fatal desenlace. La mejor cinta de esa trilogía era la primera, que tenía el subtítulo de La Insurrección de la Burguesía. En fechas recientes, he tenido la fuerte impresión de que Andrés Manuel López Obrador vio esa película, que lo impresionó y que, en realidad, no entendió nada.

Me explico. Esa primera parte de la trilogía aborda sobre todo los esfuerzos de la derecha chilena para ir minando el poder del gobierno de Salvador Allende, en consonancia con los intereses de las grandes empresas transnacionales afectadas y la intervención de Estados Unidos. Se trató de una escalada, en la que a través de huelgas —la de mineros, pero sobre todo la de transportistas— y sabotajes, se fueron generando escasez y zozobra, como precondiciones para el golpe de Estado que derrocaría al presidente socialista elegido democráticamente.

López Obrador, en la versión grandilocuente que tiene de sí mismo, suele compararse abiertamente con mandatarios de la historia que realizaron grandes cambios democráticos. Uno de ellos es Francisco I. Madero, que terminó siendo traicionado y asesinado. Otro es Salvador Allende, que corrió con el mismo destino; un hombre, que según las propias declaraciones del Presidente, hace un par de años, “marcó mi vida”.

A Madero lo recuerda constantemente, y más en estos días en los que se cumple otro aniversario de la Decena Trágica, que acabó con su gobierno y con su vida. De paso, agradeció al Ejército mexicano no ser golpista. Más tarde, aprovechó el asunto de la movilización de Un Día Sin Mujeres para recordarles a las que quieran participar que “no olviden lo que hicieron con las cacerolas antes del golpe de Estado en Chile”.

Esa admiración por Allende, transmutada en identificación, es uno de los elementos que juegan en el síndrome de gobierno asediado con la que López Obrador se ha comportado: todo señalamiento de errores, toda crítica —tanto la constructiva como la mordaz— tiene como objetivo desprestigiarlo a él, a su movimiento y a su gobierno. El objetivo no es otro, no puede ser otro que reinstaurar el neoliberalismo al que él se opone. Por lo tanto no importa de dónde vengan las críticas, sea el EZLN, los padres de niños con cáncer o las feministas: objetivamente se trata de la derecha, de los conservadores, aunque subjetivamente zapatistas, progenitores o mujeres crean que están defendiendo su selva, sus hijos o su dignidad. Si están contra él, alimentan un potencial golpismo.

En el filme de Guzmán hay varias cosas que quedan bien claras. Una es que se trata claramente de lucha de clases, porque el gobierno está intentando establecer el socialismo. Otra, que hay una derecha bien organizada enfrentándose al gobierno: no son barruntos aquí y allá, sino un plan desestabilizador. Una más, que el sabotaje es real, no inventado (y ahí están las enormes tachuelas lanzadas a los caminos durante el paro de transportistas, para ponchar llantas). Finalmente, que la intervención del gobierno estadunidense, en un momento álgido de la Guerra Fría, resulta clave.

Ninguno de esos elementos está presente en el México de hoy. En primer lugar no hay lucha de clases, o está adormecida. El Presidente se reúne con los empresarios para promover una rifa y le va requetebién. Luego va con la CTM y hay porras y matracas. Lo mismo con otras organizaciones similares. Presume un presupuesto superavitario, digno de los Chicago ­Boys. Le tiene aversión a los impuestos y, pareciera, a la inversión pública. Pisa unos cuantos callos y ya.

Tampoco hay una oposición organizada, ya no digamos la derecha pura y dura. Ni los partidos, ni las organizaciones civiles, ni nada: todos debilísimos. Lo que ha habido son críticas ciudadanas aisladas; algunas en las calles y otras en las redes. La cosa está tan pobre que AMLO ha tenido que hacer crecer el monigote del partido en formación de Felipe Calderón para poder pegarle a algo. Esa oposición con pocas ideas, con diferencias reales entre sí, es incapaz de armar una alternativa de nación, no se diga un plan de desestabilización.

Tal vez en algunos casos podamos hablar de resistencias, pero no de sabotajes. La mayoría de los problemas por los que pasa el gobierno de la 4T son autoinfligidos. Allí están los ejemplos del desabasto de medicinas, de la mala entrega de fertilizantes, del incremento de la inseguridad (pensemos en el operativo de Culiacán), de un sinnúmero de retrasos y omisiones que van generando molestias. Que el Presidente no quiera verlo y le eche la culpa a las oscuras fuerzas del oscuro neoliberalismo es otro cantar.

Finalmente, la Guerra Fría terminó hace años. El gobierno de Estados Unidos parece bastante contento con el de México. Negoció con éxito el T-MEC, que le parece a Trump mejor que el antiguo TLC. Logró que nuestro país cambiara de actitud hacia la ola migratoria que viene de América Central. No parece interesado, en lo más mínimo, en ponerle piedras políticas al presidente López Obrador.

Por lo mismo, reaccionar de manera tan exaltada ante demandas legítimas, como por ejemplo la de las mujeres que protestan por los feminicidios, sólo se entiende si es alguien que se está saltando el contexto y está suponiendo que hay otra cosa.

En resumen, una cosa es lo que está pasando en el país, y otra, la película que ve AMLO.

 

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