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Con el kit para diagnosticar tricomoniasis, podemos salvar vidas de muchas mujeres

NUESTROS CIENTÍFICOS. La doctora Rossana Arroyo Verástegui ofrece una reflexión para los jóvenes estudiantes: “Cuando tengan fracasos o reprueben materias, no se derrumben; la vida no se acaba, todavía vienen muchas sorpresas. Y a las mujeres, que sepan que pueden destacar en todas las áreas y esto no es privativo de tener hijos y familia”.

Con el kit para diagnosticar tricomoniasis, podemos salvar vidas de muchas mujeres | La Crónica de Hoy

La prueba diagnóstica desarrollada por Arroyo Verástegui y su equipo es de bajo costo y no requiere pruebas invasivas para las mujeres.

Cada año, más de 200 millones de mujeres, en todo el mundo, se infectan con el microorganismo Trichomonas vaginalis, que se transmite por vía sexual y en la mayoría de los casos no es atendido porque no se le considera mortal. Sin embargo, cuando ese parásito flagelado persiste durante mucho tiempo en el cuerpo femenino y se combina con otras infecciones como Virus del Papiloma Humano (VPH) o Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH), sí pone en riesgo la vida de las mujeres.

En México, la doctora en Ciencias Rossana Arroyo Verástegui, nacida en Ocotlán, Jalisco, y quien labora en el Centro de Investigación y Estudios Avanzados (Cinvestav), ha hecho un recorrido académico y familiar impresionante para poder ser madre, esposa y líder de un grupo de investigación que desarrolló el primer kit de diagnóstico que permite determinar las infecciones de Trichomona vaginalis, con una muestra de sangre. Esta prueba es un gran cambio pues antes sólo se podía detectar la tricomoniasis por medio de secreciones vaginales, lo que era un obstáculo por ser invasivo y contrario a los usos y costumbres de muchas comunidades.

“Ahora tenemos una prueba de bajo costo y que puede ser realizada con una muestra de sangre que puede ser tomada en clínicas rurales”, comenta a Crónica la investigadora jalisciense que, por su trabajo, ha obtenido cinco patentes, publicado 81 artículos en revistas científicas y recibió en 2012 el Premio UNESCO-Guinea Ecuatorial.

MICROSCÓPICO Y MACROSCÓPICO. La curiosidad infantil fue uno de los resortes que impulsaron a Rossana Arroyo al mundo de la ciencia. Y en esa curiosidad influyó mucho el sentido de la vista y los hallazgos sorprendentes por medio de los ojos. Cuando era niña disfrutaba pasar tiempo mirando amanecer y atardeceres, pero también acompañar a su papá a mirar, con un telescopio, la Luna y los eclipses lunares. Años después conoció el microscopio, que todos los días la transporta a una realidad que convive con nosotros aunque no la vemos.

“El microscopio abre la puerta a un mundo maravilloso e inalcanzable con los ojos desnudos. Pero el momento más importante es cuando descubres la conexión entre síntomas o efectos que ves con la mirada común y los procesos que habíais mirado microscópicamente”, dice Arroyo Verástegui.

A lo largo de su carrera, la doctora ha tenido que separarse geográficamente, durante muchos meses, tres veces de su esposo y dos veces de sus hijos cuando eran niños. Esto era necesario para poder investigar, elaborar tesis y hacer experimentos indispensables para la comprensión de un tipo de moléculas que se encuentran en la superficie de diferentes microorganismos, como las amibas y las tricotosas. Las moléculas que ella ha estudiado se llaman adhesinas y son usadas por los parasitos microscópicos para pegarse o adherirse a las células sanas.

Entender esas moléculas de la superficie de los parásitos fue muy importante; gracias a eso se pudo inventar el kit de diagnóstico de tricomoniasis, ya que buscan en la sangre la presencia de las moléculas adhesinas, que participan en los procesos de adhesión del parásito. Ese kit de inmunodiagnóstico en sangre se ha probado en más de 2 mil muestras de pacientes con vaginitis.

Muchos capítulos transcurrieron antes de que la doctora llegara a este logro y herramienta de importancia para la salud pública. Pocos jóvenes lo creerían, pero Rossana Arroyo tuvo un muy difícil arranque en su vida universitaria, al grado que inició y dejó la carrera de medicina. Luego pasó un año sin estudiar y finalmente retomó la escuela estudiando la carrera de Química Farmacobióloga (QFB), en la Universidad de Guadalajara (UdeG).

Trabajó tres años como profesora en la primera preparatoria de Autlán, Jalisco, donde también hacía exámenes de orina y copro como servicios clínicos para la universidad. Al casarse hizo el compromiso con su esposo de que sólo se mudarían si los dos iban avanzando en su carrera científica. Vivieron en una cochera cuando ganaron su primera beca en Cinvestav y muchas veces tuvieren que separarse para que él o ella hicieran algún curso o aprovecharan alguna beca y así, separados, seguir avanzando juntos, en la UdeG, en Cinvestav y en la Universidad de Texas, en San Antonio.

Ahora, al hacer una recapitulación parcial de su vida, la doctora Rossana expresa a este diario la sentencia “Todo lo que vale la pena cuesta” y añade, con alegría, que su familia pudo mantenerse integrada con mucha cooperación y apoyo de unos a otros, lo que muestra que se pueden hacer aportaciones científicas importantes sin renunciar a la pareja ni a la familia.

Hoy sus dos hijos estudian posgrados de carreras científicas, su esposo, el doctor Jaime Ortega López, es un investigador líder en biotecnología en México, y ella siente actualmente el orgullo de poder entregar una herramienta importante para la salud de las mexicanas; de bajo costo y aplicable en las clínicas rurales más modestas.

“Yo quiero decirle una reflexión a los estudiantes jóvenes y una, en particular, a las mujeres. A todos los estudiantes, que cuando tengan fracasos o reprueben materias, no se derrumben; la vida no se acaba, todavía vienen adelante muchas sorpresas y hay que reenfocarse y volver a concentrarse en lo que quieren. Y a las mujeres, que sepan que pueden destacar en todas las áreas y esto no es privativo de tener hijos y familia”, concluyó la doctora Rossana.

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