Opinión


Coneval: el caldo y las albóndigas

Coneval: el caldo y las albóndigas | La Crónica de Hoy

La gran apuesta de Andrés Manuel López Obrador es reducir la enorme desigualdad que impera en México. Ése el eje rector de su gobierno y es, también, el punto central de la definición de desarrollo que se ha dado este gobierno. Eso implica, necesariamente, disminuir drásticamente los altos niveles de pobreza que tiene el país.

¿Cómo sabremos si la apuesta de AMLO tendrá éxito? Sólo hay una manera: a través de mediciones que permitan hacer un comparativo con el pasado y a través de análisis de la efectividad de cada uno de los pilares de la estrategia de desarrollo social del gobierno.

Tanto las mediciones como los análisis tienen que ser imparciales. Si se hacen dentro del propio gobierno, se corre el alto riesgo de querer embellecer los resultados y de querer justificar todos los programas, tanto los que funcionan como los que no.

En México, la institución que hace el análisis es el Coneval, que ha sido objeto de ataques recientes de parte del presidente López Obrador y cuyo director, Gonzalo Hernández Licona, fue forzado a renunciar.

El Coneval analiza la evolución de la pobreza, a través de los datos recibidos por la Encuesta Nacional de Ingreso-Gasto de los Hogares (ENIGH), levantada por otra institución autónoma: el INEGI. Esta encuesta, por cierto, estuvo en riesgo de desaparecer debido a los recortes presupuestales que sufrió el instituto encargado de la información geográfica y estadística.

Hay que subrayar que el análisis de la pobreza que hace Coneval no es genérico, sino multifactorial. Es decir, no sólo ve la evolución de la pobreza por escasez de ingresos, sino también por el acceso a derechos sociales establecidos por la Constitución: la salud, la vivienda y la educación. Cada uno de ellos tiene sus propias complejidades.

Pero Coneval no sólo hace eso, también evalúa los efectos de los distintos programas sociales. En otras palabras, dice cuáles funcionan y porqué lo hacen. Resulta que, en la multiplicidad de programas, se ha visto que algunos sí sirven para reducir la pobreza, en sus diferentes componentes, y otros en realidad son paliativos en los que el caldo sale más caro que las albóndigas.

Así, Coneval le puso su tache al programa de primer empleo de Felipe Calderón, al de la Cruzada contra el Hambre que elaboró el gobierno de Peña Nieto y, hasta cierto punto, al de Comedores Comunitarios. También evitó que el INEGI cambiara su metodología para medir la pobreza (es decir, para ocultarla).

Con ello, ha permitido que el país cuente con cifras continuas y comparables y ha servido para que aquellos gobernantes dispuestos a escuchar mejoren en el diseño de sus estrategias contra la pobreza. También ha influido, a través de sus informes, en generar mayor consciencia sobre el enorme tamaño del desafío y la injustificable ­desigualdad social en México.

¿Qué es lo que puede molestar al gobierno de Coneval? En principio, que su anterior director se haya quejado públicamente de los recortes en las plazas, que amenazaban con dejar al Consejo sin suficiente personal capacitado para estas tareas especializadas (que no son las de cualquier burócrata). Pero también, al menos así parece, que exista una institución independiente capaz de tener datos diferentes a los del Presidente en la evaluación del combate a la pobreza.

El primer diferendo ha quedado parcialmente zanjado con la salida de Hernández Licona y su sustitución por Nabor Cruz, otro economista con credenciales sólidas.

Faltan por dirimirse asuntos fundamentales. Uno es la propia supervivencia del Coneval, cuya desaparición sería desastrosa. Sin él, no tendríamos manera independiente y prestigiada de medir los efectos de las políticas de combate a la pobreza. Quedaríamos a expensas de las opiniones de un gobierno, que dista de ser autocrítico acerca de su propio trabajo. Entraríamos, casi de seguro, al reino del maquillaje de cifras.

Hay otro asunto clave, y es el de la medición de la pobreza por distintas vías. El gobierno de AMLO ha privilegiado, a través de las transferencias directas, actuar contra la pobreza por ingresos. Pero, sin el Coneval, no veríamos los efectos sobre otros tipos de pobreza, los ligados a educación, vivienda y salud, que son sectores potencialmente afectados por las medidas de austeridad extrema.

Otra posibilidad es la de mantener vivo al Coneval, pero con recursos tan disminuidos que vería seriamente afectada su capacidad. Quitarle los dientes al presunto león.

López Obrador se ha quejado del costo de la institución: 600 millones de pesos al año, y dice que ese dinero mejor se invierta directamente en ayudar a los pobres. Da como a 12 pesos por año por pobre mexicano. Como se ve, el argumento es de papel, pero puede funcionar cuando —entre otras por las carencias educativas—, la mayor parte de la gente es anumérica.

En el fondo, no es problema de costos. Es la mera existencia de instituciones autónomas lo que molesta al Presidente. Todas ellas le parecen excrecencias del Estado neoliberal, aunque hayan servido para acotar sus excesos. A lo mejor es precisamente lo segundo: le molestan porque pueden servir para acotar sus propios excesos. 

En ese sentido, López Obrador se parece a un manager de beisbol muy tradicional, de los de antes, que no acepta consejos. Si alguien le dice —equiparando la estrategia contra la pobreza con el pitcheo— que hay que revisar la mecánica de determinado lanzador porque sus curvas se están quedando en el centro del plato y todos las batean, su reacción será la de correr al coach de pitcheo, que le cuesta al equipo, y seguir jugando líricamente. Lo mismo con cualquiera que le venga con análisis estadísticos que contradigan su estrategia.

Lamentablemente, así no se ganan los campeonatos. Y menos en los tiempos modernos que corren.

 

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