Escenario


Corte y Queda. El acusado y el espía

En busca del significado de hacer lo correcto

Corte y Queda. El acusado y el espía | La Crónica de Hoy

Cuando uno piensa en el cine de Roman Polanski se antepone la idea de un cineasta que explora las tinieblas de lo humano desde un punto de vista psicológico punzante. Es un realizador que nos tiene acostumbrados a mover sus historias desde terrenos oscuros de sus personajes; dolorosos en sus momentos más sublimes como en El pianista. Sin embargo, con El acusado y el espía resulta satisfactoriamente extraña su habilidad para provocar desde un punto de vista mucho más moral.

La cinta está basada en la historia ­real del Capitán Alfred Dreyfus, un soldado francés de origen judío que fue acusado falsamente de espionaje y condenado a prisión permanente. Émile Zola popularizó esta historia con su artículo Yo acuso (J’acusse) en el periódico L’Aurore, en el que denunciaba los entramados de las clocadas del Estado en lo que se bautizó como El caso Dreyfus y que conmocionó a la Francia de finales del siglo XIX.

La cinta, entonces, nos lleva a 1984, y nos hace testigos de la forma en que Alfred Dreyfus (Louis Garrel) es condenado a cadena perpetua en la Isla del Diablo, en la Guayana Francesa. Entre los testigos que hicieron posible esta humillación se encuentra el coronel Georges ­Picquart (Jean Dujardin), encargado de liderar la unidad de contrainteligencia que descubrió al espía. Pero cuando Picquart se entera de que se siguen pasando secretos militares a los alemanes, se adentrará en un peligroso laberinto de mentiras y corrupción, poniendo en peligro su honor y su vida.

Si bien, el filme tiene su lectura, más allá del mismo, como una obra reivindicadora de la imagen del mismo Roman Polanski, por sus denuncias de violencia y violación, que innegablemente evocan a que su reciente filme es una respuesta que muestra la manera en que se señala injustamente a una figura pública, El acusado y el espía, en términos cinematográficos, se emancipa de su contexto como un filme que lucha por evocar la justicia.

Polanski nos ofrece un ritmo narrativo sobrio. Es un thriller histórico estilizado, casi preciosista, pero no sentimental. Como virtud está el no caer en el sensacionalismo de la víctima, aunque en el fondo se trate un poco de eso, pero lo que hace que no se sienta ese efecto es el manejo de los valores sociales más correctos por encima de los hechos. Su protagonista es un héroe sin debilidades éticas, es un hombre que se enfrenta a un sistema, y en cada una de sus derrotas hay una moraleja que se siente un pequeño triunfo. 

Y eso en la actualidad, en tiempos de movimientos sociales que fácilmente se vuelven dóciles en debates poco pensados, llenos de doble moral, que se libran en redes sociales, sin llevar el pensamiento a los hechos, hacen de este filme fundamental como reivindicador del humanismo. La historia va más allá de quien nos la cuenta (cada uno tendrá su interpretación de Polanski), ni siquiera llega a empatarse en calidad a otros filmes de Roman, pero sí encuentra su destino en el mensaje del verdadero significado de hacer lo correcto… en cualquier momento y lugar.

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