Cultura


Cosas que nunca hablé con mi madre, Michele Filgate

Fragmento del libro Cosas que nunca hablé con mi madre (Diana), © 2019, Michele Filgate. © 2020 Traducción: Claudia Patricia Pérez Esparza. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

Cosas que nunca hablé con mi madre, Michele Filgate | La Crónica de Hoy

Cosas que nunca hablé con mi madre

POR MICHELE FILGATE

 

«Laguna: un espacio o intervalo sin llenar, un hueco».

Nuestras madres son nuestros primeros hogares y esa es la razón por la que siempre intentamos regresar a ellas: saber cómo era tener un lugar al que pertenecíamos, donde encajábamos.

Es difícil conocer a mi madre. O, más bien, la conozco y no la conozco al mismo tiempo. Puedo imaginar su largo cabello castaño y grisáceo que se niega a cortar, y el vodka con hielo en la mano. Pero si intento evocar su rostro me encuentro con su risa, una risa falsa, el tipo de risa que trata de demostrar algo, una felicidad forzada.

Varias veces a la semana publica tentadoras fotos de comida en su página de Facebook. Tacos de cerdo en achiote con cebolla roja en escabeche, tiras de cecina recién sacadas del horno, trozos de carne que sirve con verduras al vapor. Estas son las comidas de mi infancia, en ocasiones ambiciosas y otras veces prácticas. Pero a mí estas comidas me recuerdan a mi padrastro: el rojo de su rostro, el rojo de la sangre acumulada en el plato. Él usa un trapo de cocina para limpiar el sudor de sus mejillas; sus botas de trabajo están cubiertas de aserrín. Sus palabras me pinchan, dientes de un tenedor atrapado en un balón medio desinflado.

—Tú eres la que causa problemas en mi matrimonio —dice—. Maldita perra —dice—. Te golpearé.

Y me temo que lo hará; me temo que presionará su cuerpo contra el mío, sobre mi cama, hasta que el colchón se abra y me trague entera. Ahora mi madre consagra todas sus habilidades culinarias para su esposo. Ahora le sirve a él la comida en la granja que tienen en el campo y en su condominio en la ciudad. Ahora mi madre ya no cocina para mí.

Mi habitación de adolescente está cubierta de las páginas centrales de Teen Beat y de las descoloridas imágenes en inyección de tinta de Leonardo DiCaprio y Jakob Dylan. Las pelusas de pelaje de perro flotan alrededor cuando una brisa entra por mi ventana del frente. Por más que mi madre pase la aspiradora, se multiplican.

Mi escritorio está cubierto por un desorden de libros de texto y cartas a medio escribir, bolígrafos sin tapa, marcadores secos y lápices afilados hasta ser meras astillas. Escribo sentada en el piso de madera, recargada contra las duras perillas rojas de mi tocador. No es cómodo, pero algo en esa presión constante me ayuda a tener los pies en la tierra.

Escribo terribles poemas que, en un momento de vanidad adolescente, creo que son bastante brillantes. Poemas sobre el desamor y ser malentendida y estar inspirada. Los imprimo en papel con una escena de atardecer en la playa en el fondo y nombro la colección Summer’s Snow (Nieve de verano).

Mientras escribo mi padrastro se sienta en su escritorio, justo afuera de mi habitación. Trabaja en su computadora portátil, pero cada vez que su silla rechina o hace algún tipo de movimiento, el miedo sube desde mi estómago hasta el fondo de mi garganta. Mantengo la puerta cerrada, pero eso es inútil, ya que no tengo permitido asegurarla con llave.

Poco después de que mi padrastro se casó con mi madre él me hizo un joyero simple, que se encuentra encima de mi tocador. La madera es lisa y brillante. No hay cortes ni ranuras en la superficie. Guardo ahí los collares rotos y las pulseras de mal gusto. Cosas que quiero olvidar.

Tal como esas baratijas en la caja, puedo jugar a existir y no existir dentro de mi habitación; mi recámara es un lugar para ser yo misma y no yo misma. Desaparezco dentro de los libros como si fueran agujeros negros. Cuando no puedo concentrarme, me acuesto durante horas en la cama inferior de la litera, esperando que mi novio llame y me salve de mis pensamientos. Que me salve del esposo de mi madre. El teléfono no suena. El silencio me corta. Mi mal humor aumenta. Me encojo dentro de mí misma, mientras acumulo la tristeza por encima de la ansiedad, por encima de las ensoñaciones y fantasías.

—¿Cuáles son las dos cosas que hacen girar al mundo?

Mi padrastro me hace la misma pregunta de siempre. Estamos en su taller de carpintería en el sótano, lleva sus botas y un viejo par de jeans con una playera raída. Huele a whisky.

Sé cuál es la respuesta. La conozco, pero no quiero decirla. Me mira expectante, con su piel arrugada alrededor de los ojos a medio cerrar y su caliente aliento alcohólico sobre mi rostro.

—Sexo y dinero —murmuro. Las palabras se sienten como brasas en mi boca, pesadas y cargadas de vergüenza.

—Así es —dice—. Ahora, si eres mucho, mucho más amable conmigo, tal vez pueda inscribirte en la escuela a la que quieres ir.

Él sabe que mi sueño es ir a suny Purchase, la universidad estatal de Harrison, en Nueva York, para estudiar actuación. Cuando estoy en el escenario, me transformo y me transporto a una vida que no es la mía. Soy alguien con problemas incluso mayores, pero problemas que se podrán resolver al final de una tarde.

Quiero salir del sótano, pero no puedo alejarme de mi padrastro. No tengo permitido hacerlo.

El foco expuesto me hace sentir como un personaje en una película de cine negro. El aire se siente más frío y pesado aquí abajo. Pienso en un año antes, cuando estacionó su camioneta frente al océano y puso su mano en el interior de mi muslo interno, probándome, viendo qué tan lejos podía llegar. Insistí en que me llevara a casa. Tardó en hacerlo al menos una larga e insoportable media hora. Cuando se lo conté a mi madre, no me creyó.

Presiona su cuerpo contra el mío y me rodea con sus brazos. Los dientes del tenedor regresan, pero esta vez dejan salir todo el aire. Me habla suavemente al oído.

 

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