Opinión


Crimen organizado y terrorismo

 Crimen organizado y terrorismo | La Crónica de Hoy

El 3 de septiembre de 1982, el general Carlo Alberto Dalla Chiesa, prefecto de Palermo, salió de su oficina, se subió al Autobianchi A112 que conducía su esposa Emanuela Setti Carraro. A las 21:15 horas llegaron a la calle Isidoro Carini. Allí se les emparejó un BMW 518 en el que estaban Antonino Madonia y Calogero Ganci. Uno de ellos abrió fuego con un AK-47. El Prefecto y su esposa murieron al instante. Dalla Chiesa había encabezado el grupo especial antiterrorista de los carabineros a partir de septiembre de 1978. El blanco eran las Brigadas Rojas, grupo subversivo que secuestró y asesinó al primer ministro de Italia, Aldo Moro, el 9 de mayo de 1978. Este militar inició una ofensiva contra el terrorismo que dio muy buenos resultados. Por eso lo mandaron a Palermo a combatir a la mafia, pero nunca recibió los poderes especiales que le habían prometido; el resultado fue su sacrificio y el de su cónyuge.

El pico de los crímenes mafiosos fueron los asesinatos de los jueces Giovanni Falcone (23 de mayo de 1992) y Paolo Borsellino (19 de julio de 1992). Al primero le quitaron la vida haciendo explotar mil kilos de explosivos colocados bajo la autopista que une al aeropuerto de Palermo con la capital de Sicilia. Al segundo lo mataron activando cien kilos de trinitrotolueno que pusieron los sicarios en la calle d’Amelio, donde vivía su madre. Quien ordenó ambos asesinatos fue Salvatore Riina, jefe de la familia de los Corleonesi. Estos homicidios fueron considerados como un desafío al Estado italiano.

Otro ejemplo de crimen organizado que bien puede ser clasificado en el rango del terrorismo es el del colombiano Pablo Escobar Gaviria, jefe del cártel de Medellín. Según lo declaró Jairo Velásquez, alias El ­Popeye, quien fue uno de los principales sicarios de Escobar Gaviria, unas seis mil personas murieron debido a los atentados perpetrador por esa organización delictiva. De acuerdo con otra confesión de El ­Popeye, Pablo Escobar Gaviria financió al grupo guerrillero M-19.

Incluso, entre ambas partes planearon el asalto al Palacio de Justicia que se llevó a cabo el 6 de noviembre de 1985. Los guerrilleros mantuvieron como rehenes a 350 personas incluyendo magistrados, consejeros de Estado, servidores judiciales y visitantes. La Policía Nacional y el Ejército Colombiano rodearon el edificio y se enfrentaron a tiros con los intrusos. La ocupación terminó al día siguiente con la recuperación del edificio y el deceso de 98 personas.

El 6 de diciembre de 1989, la sede del Servicio de Inteligencia Colombiana fue destruida por la activación de dos toneladas de explosivos escondidas en un camión estacionado frente al local del SIC. Este ataque dejó un saldo de 63 personas muertas y 600 heridos.

Esto ocurrió tan sólo una semana después del atentado contra el vuelo 203 de Avianca. El avión Boeing 727-21 explotó en pleno vuelo; 110 personas perdieron la vida. Se comprobó que fue una acción perpetrada por el cártel de Medellín.

Pablo Escobar Gaviria murió el 2 de diciembre de 1993 sobre el tejado de una casa tratando de escapar de la Policía y el Ejército que lo habían ubicado en un barrio de Medellín. El comandante Hugo Aguilar fue quien encabezó la operación.

Valgan estos ejemplos para mostrar que el crimen organizado sí puede llegar a rivalizar con el poder del Estado mediante acciones terroristas como las que han ocurrido recientemente en México. El “culiacanazo”, ocurrido el 17 de octubre, cuando las fuerzas del Estado se vieron superadas por el cártel de Sinaloa; las autoridades tuvieron que humillarse y liberar a Ovidio Guzmán.

Otro caso, por demás doloroso, es el de la familia LeBarón. Como se sabe, tres mujeres y seis niños de esa familia fueron asesinados en una zona dominada por grupos delictivos.

Lo que debería haber sucedido desde hace tiempo es que el gobierno mexicano declarara a los grupos del narcotráfico y el huachicol como grupos terroristas, según lo establece el artículo 139 del Código Penal. No obstante, de manera oportunista, el presidente de los Estados Unidos Donald Trump se adelantó: anunció que catalogará a los cárteles mexicanos como Organizaciones Terroristas Extranjeras (OTF): “Voy a hacerlo. Absolutamente”, afirmó sin miramientos en una entrevista con The ­O’Reilly Update, un programa de radio conducido por Bill O’Reilly, despedido de Fox News por acoso sexual.

No es broma, ese posicionamiento puede abrir la puerta para una intervención militar. Decimos que Trump se adelantó de manera oportunista, en primer lugar, porque el gobierno de Andrés Manuel López Obrador ha mostrado una pasmosa indefinición respecto de la lucha contra el crimen organizado; en segundo lugar, porque el mandatario estadunidense se encuentra cada vez más acorralado por la investigación que se le sigue por el caso del quid pro quo con Ucrania. Esto lo puede llevar a la destitución.

Trump está recurriendo a la artimaña de etiquetar a los cárteles mexicanos de la droga como grupos terroristas para desviar (divertion) la atención del problema que tiene respecto de su mal proceder con Ucrania. Quiere usar a México como chivo expiatorio.

 

 

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