Opinión


Cuando las decisiones se basan en el conocimiento científico

Cuando las decisiones se basan en el conocimiento científico | La Crónica de Hoy

 

Hace unos días perdimos a uno de los científicos mexicanos más prominentes, emanado de la Universidad Nacional Autónoma de México, el Dr. Mario Molina. Galardonado con el Premio Nobel de Química en 1995, por “su trabajo en la química de la atmósfera, particularmente en relación con la formación y descomposición de la capa de ozono”. Su trabajo fue fundamental para alertar al mundo sobre la gravedad de los efectos que está teniendo la industrialización sobre la capa de ozono y el calentamiento global. Este es uno de los retos más difíciles que está enfrentando la humanidad. Las consecuencias las estamos empezando a ver y en cierta forma, la pandemia que estamos viviendo es parte de esto.

Las últimas dos publicaciones del Dr. Molina son trabajos que concluyen la importancia de las mascarillas como elementos fundamentales para disminuir el contagio por SARS-CoV-2. Con esto suman dos evidencias científicas de un Premio Nobel, las del efecto de contaminantes sobre la capa de ozono y el uso de cubrebocas, que han sido ignoradas por los presidentes populistas que ahora gobiernan en países como Estados Unidos y México. El presidente Donald Trump ha retirado a su país del tratado de París, que busca la reducción de contaminantes atmosféricos y el presidente Andrés López ha optado por financiar la continua utilización del petróleo y gasolina, sobre otras formas de generar energía que son menos contaminantes. Ambos han sido opositores de la promoción y utilización de cubrebocas. Uno de ellos, ya se enfermó.

Además de una forma de homenaje al Dr. Molina, este editorial tiene la finalidad de llamar la atención al hecho de que los países que han privilegiado a la ciencia sobre la política y la economía misma, son los que han logrado vencer o reducir dramáticamente la pandemia por coronavirus, lo que ha resultado en mucho mejor salud de su población y ha evitado las muy lamentables muertes que han registrado países como Estados Unidos y México, que en conjunto suman ya 300 mil muertos por COVID.

Algunos países tomaron ventaja de su situación geográfica por ser islas, pero lo importante es que la decisión que tomaron sus dirigentes fue basada en fundamentos científicos. Nueva Zelandia, un país constituido por varias islas, con cerca de 5 millones de habitantes, cuya capital Auckland tiene alrededor de 1.5 millones. En ese país el primer caso de COVID fue el 28 de febrero, igual que en México. Unas cuantas semanas después la Primer Ministra Jacinda Ardern, decretó cuarentena obligatoria de 14 días a quien llegara a ese país, junto con un encierro obligatorio de todos los habitantes del país por cuatro semanas. Proveyó a los habitantes con los recursos para poder hacer eso y si alguien tenía que salir por motivos de fuerza mayor debía ser con cubreboca. Se hicieron pruebas de PCR al por mayor y para esta fecha han declarado al COVID extinto en la isla. Solo tuvieron que atender 1,866 casos y lamentar 25 defunciones. O sea, cinco defunciones por cada millón de habitantes, que contrastan con las más de 500 en Estados Unidos y 650 de México.

Pero veamos el caso de Vietnam, que no es una isla, tiene 95 millones de habitantes, extensión territorial siete veces menor que México, con menos recursos que nosotros y 1,400 Km de frontera con China. Sin embargo, han tenido 35 muertes por COVID, es decir, 0.36 por millón de habitantes. Aislamiento forzoso, apoyo a la población, utilización obligatoria de mascarilla y muestreo extenso, al nivel de mil pruebas por cada caso registrado. Nosotros hacemos dos pruebas por cada caso registrado y nos llevó más de tres meses de intensa pandemia empezar a admitir públicamente que “quizá” las mascarillas podrían ser de utilidad.

Todas las cosas malas que suceden, si dejan una enseñanza que cambia la forma en que una o más personas se conducen, entonces, aunque sea, al final sirvieron de algo. De lo contrario, quedaría todo en pura desgracia. En este sentido, hay que resaltar que una enseñanza que deja la pandemia es que las decisiones que se toman con base en el conocimiento científico tienen mucha más probabilidad de arrojar resultados adecuados, que cuando se toman con base en intereses políticos o económicos, en corazonadas o son supeditadas a los caprichos de una sola persona. En lugares en que se privilegió el conocimiento y la opinión de los expertos, tienen pocas muertes que lamentar, mientras que en donde las decisiones han sido tomadas con bases no científicas, existen miles de muertos, a quienes millones de familiares y amigos no pueden dejar de llorar. Es urgente que aceptemos que muchos otros países lo han hecho mejor y decidamos basar nuestra estrategia en el conocimiento científico.

Nuestro vecino del norte, acostumbrado a ser siempre el mejor en todo, es en donde la pandemia ha tenido uno de los efectos más dramáticos y negativos en el mundo. Peor que en muchos países que tiene muchísimos menos recursos. Esta semana en una acción sin precedente, el New England Journal of Medicine, que en sus 208 años de vida nunca había publicado un editorial en contra de un presidente, lo hizo con una intitulada “Dying in a leadership vacuum” (Morir en un vacío de liderazgo). En esta dicen que la magnitud del fracaso es asombrosa. “Tenemos la mejor investigación biomédica del mundo, las mejores instituciones de salud y sabemos como nadie sobre salud pública, pero nuestros líderes han optado por ignorar e inclusive denigrar a los expertos”, frase que me recuerda mucho a lo que sucede día con día en nuestro país. El editorial no habla en ningún momento de Joe Biden, pero termina con una frase que claramente invita a no votar por Trump al referirse a él y su gabinete: “No deberíamos de ayudarlos y aceptar la muerte de miles de estadounidenses más, permitiéndoles mantener sus trabajos”. Nosotros no tenemos una revista del tamaño del New England, pero lo que dice ahí, se parece mucho a lo que sucede aquí.

Dr. Gerardo Gamba

Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán e

Instituto de Investigaciones Biomédicas, UNAM.

 

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