Opinión


¿Cuándo se jodió Inglaterra?

¿Cuándo se jodió Inglaterra? | La Crónica de Hoy

No, no hay una confusión en el título. El problema no es Gran Bretaña; el problema es Inglaterra. Otra cosa es que, por su culpa, esa espiral autodestructiva llamada brexit y que comenzó hace justo tres años, acabe jodiendo al resto de naciones que conforman (todavía) el Reino Unido: Escocia, Gales e Irlanda del Norte.

Es cierto que llamamos brexit a ese impulso irracional de los británicos por salirse de la Unión Europea, pero, insisto, no sufren ese mal los británicos en general, sino los ingleses en particular y los que como ellos votaron a favor del brexit, como los galeses (sus súbditos más dóciles) y los unionistas norirlandeses (los más sectarios y radicales, que prefieren volver a los “troubles” con los republicanos del IRA, antes de que esa provincia siga manteniendo su frontera abierta con la europeísima República de Irlanda).

Hay una honrosa excepción, que permanece inmune a esa “brexidemia” que corroe a los ingleses: Londres. La capital inglesa, británica y cosmopolita, regida por un alcalde de origen paquistaní, votó en contra del brexit, al igual que los escoceses y los católicos norirlandeses. Pero la progresista (y, también hay que decirlo, excesivamente privilegiada) Londres se confió en exceso y sus medios no supieron rebatir las mentiras que gritaban racistas como Nigel Farage en la poblada Inglaterra interior, como que se avecinaban caravanas de inmigrantes a robar trabajos y violar mujeres. En consecuencia, la balanza se inclinó al sí el 23 de junio de 2016.

Por tanto, la respuesta lógica a la pregunta de la columna es que ese día Inglaterra se jodió… y de paso nos jodió a todos, porque cinco meses después, a miles de kilómetros, alguien ganó copiando la misma receta populista: Donald Trump.

Pasados estos tres dramáticos años, el brexit ha tumbado ya a dos primeros ministros, David Cameron, autor del referéndum, y Theresa May, aplastada por los duros del Partido Conservador, cuando intentó negociar con la UE un divorcio amigable. También en este tiempo se ha visto el costo económico del divorcio, el caos que se avecina por su condición de isla y ha sacado a flote las mentiras, como la que propagó el candidato favorito a convertirse en primer ministro dentro de un mes: Boris Johnson.

Durante la campaña del brexit, Johnson (que vendría a ser la piñata inglesa de Trump) financió una campaña publicitaria en autobuses denunciando que los británicos pagaban cada día a la UE unos 350 millones de libras (445 millones de dólares), dinero que se podría invertir en el maltrecho Sistema Nacional de Salud (NHS). Hace un mes, un activista logró que fuese acusado por propagar una mentira tan descarada, pero finalmente una jueza desestimó la demanda, alegando que “se trataba de una afirmación política, abierta a contradicción y debate” y que “quedaba sujeto al sentido común de los votantes descontarla o no, según decidieran hacer”.

Y he aquí el gran problema de los ingleses: que han perdido el sentido común.

Hace dos días, una encuesta entre miembros del Partido Conservador reveló que, con tal de consumar un brexit duro (el 31 de octubre), estarían dispuestos a que Escocia e incluso Irlanda del Norte se independizaran. Están dispuestos incluso a que la economía inglesa se vaya a la mierda, con tal de cortar con Europa. De hecho, de las cinco mayores economías del planeta, la única que saldrá de ese selectísimo club es la británica, según previsiones del FMI de 2019-2023.

Quizá la única explicación a esta enfermedad que hace perder la razón a los ingleses está oculta en sus genes desde siglos atrás, cuando Enrique VIII rompió con Roma y desafió la autoridad del Papa para divorciarse de la aburrida católica Catalina de Aragón. Ese momento de rebeldía, casi de burla, forjó un nacionalismo inglés que perdura hasta nuestros días.

Se equivocan, sin embargo, quienes consideran que despertar ese gen nacionalista los hará más fuertes o les devolverá un pasado imperial glorioso. Al contrario, comprobarán que son una isla a la deriva, que dejará de llamarse Reino Unido cuando se independice Escocia y que acabará convirtiéndose en una colonia de su excolonia americana. Peor aún, comprobarán que nunca fue Gran Bretaña más próspera y más influyente en el mundo, con Londres como capital global, que cuando remó a la vez que Europa y acogió a inmigrantes de otras razas y culturas. Pero para entonces, puede que sea ya demasiado tarde.

 

fransink@outlook.com

 

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