Opinión


Cuestiones de biopolítica

Cuestiones de biopolítica | La Crónica de Hoy

o que hoy llamamos “biopolítica” creo que nace cuando el Estado comienza a preocuparse por la salud de los ciudadanos y no solamente por su protección frente a las amenazas exteriores de enemigos, malhechores y catástrofes naturales. Antaño, el Estado exigía de su clientela obediencia a las leyes, respeto a las autoridades y pago de impuestos: a cambio, mantenía el orden, permitía fiestas, negocios y defendía al país de invasiones. Paulatinamente, el poder instituido empezó a ofrecer otro tipo de servicios más personales y hasta íntimos, todos ellos relacionados con la salud tanto física como mental e incluso moral. Asistencia en la enfermedad, remiendo de mutilaciones, protección de las madres, los niños y  los ancianos desvalidos, persecución de los malos hábitos higiénicos (consumo de sustancias prohibidas, abusos de bebida o comida)  y recomendación activa de los favorables (dietas, gimnasia, deportes...), tutela de quienes sufrían trastornos mentales o morales (a veces indiscernibles), defensa y promoción de la normalidad. El Estado se preocupa no sólo de que el ciudadano conserve vida y hacienda, sino de que disfrute mas intensamente de sus capacidades físicas y psíquicas, que rentabilice sus dones biológicos y los gestione adecuadamente. 
Naturalmente, esta protección y orientación proactiva no es del todo gratuita. Cuesta dinero al Estado, gastos en asistencia y personal médico, etc... Por tanto, los beneficiarios adquieren una deuda con su benefactor institucional o, mejor, aumentan la que ya tenían con él. El ciudadano se compromete a colaborar en la medida de sus posibilidades con las pautas de protección marcadas por la autoridad competente, interiorizando el acatamiento de las instrucciones de uso de cuerpo y mente que ésta vaya dictando. El ideal de normalidad no es una propuesta con la cual debe medirse cada cual sino una obligación cívica que debe ser cumplida por todos. El que no cumpla este grave requisito deberá asumir la responsabilidad de su transgresión, que puede suponer alguna penalidad (delitos contra la “salud pública”, porque desde que está públicamente protegida la salud ya no es un asunto sólo privado) o la discriminación negativa del reticente, su abandono a la crueldad de su suerte. En una palabra, la anormalidad física o psíquica no es una opción personal que expresa el uso -aunque sea equivocado- de la libertad individual, sino una rebelión contra el orden social que debe ser enérgicamente controlada o incluso castigada llegado el caso. El cuidado de la salud según pautas establecidas no es sencillamente un regalo al ciudadano por el único mérito de serlo sino un compromiso de éste con las autoridades que impone una carga de deberes aún mayor que los derechos de los que permite disfrutar. El cuerpo se convierte en foco de inéditas transgresiones y también en campo experimental de ordenanzas de nuevo cuño. 
La pandemia que venimos padeciendo y aún dura ha puesto a prueba la biopolítica actual. Ya el doctor Rudolf Virchow, en el siglo XIX, señaló que una epidemia era “un episodio político con alguno aspectos médicos”. En efecto, cualquier epidemia se sustancia en nuestra condición social y la compromete directamente. La vida se convierte en contagio, pero no en un contagio de humanidad como ocurre habitualmente (nos hacemos humanos por contagio con los demás, al frotarnos con ellos), sino en contagio de virus que pueden ser letales. La medida drástica para atajar la epidemia es cortar el vínculo social con los demás, es decir, que para salvar nuestro sustrato biológico debemos renunciar a nuestra conexión humanizadora. O seguimos viviendo como humanos, o sea practicando nuestra sociabilidad, y así nos arriesgamos a morir o cortamos lo más radicalmente posible nuestros lazos sociales y de ese modo, alertargando nuestra humanidad, podemos sobrevivir biológicamente. En algunos países —España— por ejemplo- se ha planteado el dilema (absurdo) entre salud y economía. Y se han justificado los confinamientos más o menos estrictos de la población a la voz entusiásticamente biopolítica de “¡la salud es lo primero!”. ¿Lo primero? Si todos pensaran así, médicos y personal de enfermería se hubieran quedado en sus casas para evitar el contagio y los enfermos se hubieran visto desatendidos. Y en cuanto a la economía, desde luego los políticos no han tenido que elegir entre guardar su salud o sus honorarios. Ni tampoco las empresas de mensajería o las de telecomunicaciones, que han aumentado sus ganancias. En cambio se han hundido en la quiebra la hostelería, los espectáculos, los eventos deportivos y se tambalean al borde del abismo escuelas, universidades e iglesias: es decir, cuanto se basa en el disfrute de la sociabilidad. Pero mientras se invoque el dogma sagrado de la salud, nadie discutirá las medidas aislantes que tomen los gobiernos. Ni siquiera aunque tengan tendencias inequívocamente autoritarias como el chino o -en otra escala- como el español, que ha decretado un estado de alarma de...¡seis meses!, sin control parlamentario y en contra de las disposiciones constitucionales. 
Cuando acabe esta pandemia, porque supongo que alguna vez acabará, los gobiernos habrán aprendido biopolítica, es decir que invocar la salud es el mejor modo de poder disponer libremente de la población sin miedo a la contestación. Preveo que las epidemias se van a hacer muy frecuentes a partir de ahora...Entramos en la era del Estado Clínico y el biocivismo.

 

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