Opinión


De chantajes, miedos económicos y respiros victoriosos

De chantajes, miedos económicos y respiros victoriosos | La Crónica de Hoy

El mal rato que le ha hecho pasar Trump a México no admite respuestas sencillas. Tras su chantaje bravucón se entrecruzaron, evidenciándose, múltiples problemas que afectan al país.

El primero es la centralidad de la economía y, en particular, la relación asimétrica que tenemos con Estados Unidos, la que luego se transfiere a la política.

La mera amenaza de un arancel de 5 por ciento a las exportaciones mexicanas puso nerviosos a los mercados, sobre todo porque Trump amagó con un arancel creciente. Pero, más que a ellos, puso nerviosos a los políticos, porque si de algo se ha cuidado López Obrador es de una crisis en el sector externo de la economía, que fue característica en la época de vacas gordas petroleras.

El gobierno de López Obrador ha mostrado interés en dos variables económicas, que tienen carga simbólica en México. Una es el tipo de cambio del peso respecto al dólar, que se quiere estable. La otra es la ausencia de déficit fiscal y de endeudamiento externo, vistos —según la ortodoxia económica— como las causas que llevaron a la debacle del Estado interventor y a la llegada de lo que AMLO llama la ola neoliberal.

Ambas variables se hubieran visto afectadas, de haberse aprobado el arancel. El peso se hubiera devaluado para mantener competitivas las exportaciones y el costo de la deuda —en particular la de Pemex— se hubiera disparado, obligando a nuevos recortes al gasto para servir a su majestad el superávit fiscal.

La bravata trumpista se dio en un contexto de vulnerabilidad económica, dictada, primero, por decisiones políticas como la cancelación del NAIM, que generaron incertidumbre entre los capitalistas nacionales y, más tarde, por los recortes a rajatabla en el gasto, que han afectado a sectores clave, como el educativo y el de salud.

En esas condiciones y con esas prioridades, México difícilmente iba a doblar la apuesta en el pulso con Estados Unidos, aun a sabiendas de que posiblemente se trataba de un bluff. Aun si la amenaza de los aranceles quedaba en eso, por la oposición de congresistas demócratas y republicanos a una medida que también perjudicaría a la economía de EU, el mero hecho de que el asunto se decidiera en el Capitolio iba a generar inestabilidad económica adicional en México.

Por eso la reacción de fondo de AMLO, luego del acuerdo con EU, fue asegurar que vuelve la confianza y que debe seguir habiendo inversión. Ése es su temor verdadero.

Es evidente que México cedió, al menos públicamente, en lo referente a la política migratoria. Se acabaron los brazos abiertos, se intentará hacer cumplir la ley vigente en la materia y, adicionalmente, se buscará crear una frontera donde no la había (eso de “frontera porosa” es casi un eufemismo).

El asunto también tiene varios matices. El primero es que implica que el gobierno recula también en los dichos respecto a la situación de los migrantes centroamericanos, caribeños y africanos en tránsito hacia EU. Ya lo estaba haciendo en los hechos, a partir de que en los últimos meses se había triplicado la cantidad de personas que pasaban por México en busca del sueño americano.

En otras palabras, las declaraciones de puertas abiertas no trajeron un viento, sino un vendaval. Son cosas que pasan cuando no se mide el lenguaje. Y, detrás de ese vendaval, grupos organizados que habían encontrado métodos más seguros y rentables para la migración masiva. E intereses diversos, no fáciles de identificar o de procesar políticamente.

Otro matiz es el del doble rasero, al que se refirió en su momento Porfirio Muñoz Ledo. A México se le cae, o al menos se le debilita, el discurso de defensa de sus connacionales en Estados Unidos. Aquí vamos a hacer algo parecido a lo que hacen los gringos. No es que no lo hayamos hecho antes, porque México expulsa cada año a decenas de miles de inmigrantes indocumentados. Ahora también lo decimos.

Tanto Trump como López Obrador celebraron el acuerdo como un triunfo. El estadunidense creó un conflicto y afirma haberlo resuelto para beneplácito de sus bases electorales. El mexicano convierte lo que es un respiro en una victoria. No hubo los aranceles tan temidos y, ni modo, quienes pagarán serán los centroamericanos. En esa lógica, ellos —y no México— son los que pierden.

Los dos apelan ahora a la unidad nacional. Trump sabe que no la tiene: sigue teniendo los mismos índices de aceptación, cercanos al 40 por ciento, que antes. Tiene ahora una Cámara de Representantes mayoritariamente opositora y un montón de críticos feroces en los medios. Su concepto de unidad pasa por presionar a los primeros e intentar ningunear a los segundos.

López Obrador buscó refrendar esa unidad nacional en un mitin en Tijuana, “donde comienza la Patria”. Trajo consigo a los legisladores de los partidos afines y a una cantidad plural de gobernadores; del Poder Judicial recibió apoyo verbal, pero no la asistencia. Y el evento terminó siendo muy extraño, por las intervenciones del padre Solalinde —otrora defensor de migrantes— y del reverendo Farela —el Pastor Favorito.

Pasamos, con ese realismo mágico latinoamericano, de la defensa de la soberanía ante unos aranceles, a la división entre quienes aman a Cristo y quienes aman el dinero, y a la llegada de “nuevas de gran gozo” para los que siguen el camino del Señor. Todo muy raro.

En lo que llegan a México más nuevas de gran gozo, llegarán nuevos chantajes y extorsiones de Trump, quien ya encontró el caminito. O cree haberlo encontrado. Por eso es crucial para México que el asunto migratorio, que es regional, sea resuelto regionalmente y no de manera bilateral.

 

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