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De chistes y bromas ácidas: el humor contra los hombres del poder

El ingenio y la agudeza populares produjeron en México y en muchos otros países ese gran recurso igualador, desacralizador que es el chiste, dirigido a los hombres del poder. Naturalmente, los presidentes son las víctimas naturales de tal fenómeno, pero no son los únicos: los actores políticos, en general, con sus flaquezas y sus ambiciones, también han sido blanco de esas agudas saetas.

De chistes y bromas ácidas: el humor contra los hombres del poder | La Crónica de Hoy

En esta caricatura, hecha contra Francisco I. Madero en 1912 se expresa con claridad uno de los grandes motores que impulsan los chistes contra presidentes y políticos: lo que se espera de ellos, lo que se cree de ellos y lo que son en realidad. 

Cuenta la anécdota que, en junio de 1911, cuando Francisco I. Madero entró, triunfante a la Ciudad de México, rumbo a la presidencia de la República, uno de tantos que asistía al multitudinario recibimiento gritó: “¡Viva la democracia!”. Junto a él, miraban a don Pancho un par de peladitos, hombres del pueblo. Uno de ellos le preguntó al otro: —“¿Qué es eso de democracia?” —“Es la señora que va junto al señor Madero”, fue la respuesta.  

Pero, andando el tiempo, Madero fue objeto de ácidas burlas, muchas de ellas provenientes de sus adversarios políticos, que, lo menos que hacían era apodarle Presidente Pingüica, a causa de su corta estatura —medía 1.48 metros— y, en todos los tonos posibles, desde la comedia teatral hasta el cartón, se le recordaba su enorme diferencia con don Porfirio, y se le reprochaba su vegetarianismo, su espiritismo y que, a juicio de sus  malquerientes, no estuviera a la altura de su cargo. Lo dibujaron con un abrigo que evidentemente era de una talla más grande, que era, nada menos que la presidencia: “Queda un poco grande”, decía el dibujo que representaba a Madero. “Pero así es la moda”. La mayor parte de las burlas no eran realmente chistes populares, sino que provenían de grupos de poder no del todo conformes con la desaparición del régimen porfirista.

Los agitados años revolucionarios no fueron entorno propicio para el surgimiento de chistes sobre los hombres poderosos. Eso sí, se acuñó, con humor negro el verbo “carrancear”, que se usó en la ciudad de México primero, y luego en muchas regiones, para remitirse a los robos que algunas tropas, carrancistas para más señas, cometían cuando entraban a una población. Fueron años en que circulaban los famosos bilimbiques, papel moneda de fugaz valor, bueno solamente cuando en una ciudad cualquiera dominaban aquellos que lo habían producido. Cuando, en la capital, Venustiano Carranza retiró todo el dinero en plata y dejó en uso los bilimbiques, apareció, sí, una cuarteta maligna, que denunciaba lo que el pueblo sintió como un robo: “El águila carranclana/ es un animal muy cruel/ se traga toda la plata/ y caga puro papel”. Como don Venustiano se enojó mucho, ofreció una recompensa para agarrar al insolente autor del versito. De los recovecos del regocijo popular apareció otro verso, seguramente del mismo autor: “¿Recompensa? / ¿Y eso con qué se paga?/ ¿Con lo que el águila come?/ ¿O con lo que el águila caga?” 

Pero entre los hombres de la Revolución había uno que sí tenía sentido del humor, y que no necesitaba de nadie que inventara chistes a su costa, porque era muy capaz de inventarlos. Ese hombre era Álvaro Obregón, que, repuesto del trauma que le significó la pérdida de su brazo, en junio de 1915, contaba jocosamente cómo uno de sus ayudantes localizó la extremidad, arrancada al general por la explosión de una granada: “sacó del bolsillo un peso de oro y lo levantó en alto. De entre los escombros, como un pájaro de cinco alas. Era mi mano, que al sentir la proximidad de una moneda de oro, abandonaba su escondite para agarrarla con un impulso arrollador”. Más aún, la pérdida del brazo, aseguraba Obregón, con mucho humor y con bastante cinismo, lo hacía el más indicado para gobernar, porque, teniendo una sola mano, solo podría robar la mitad que los demás. 

Por lo que se sabe, no abundaron los chistes en torno a Plutarco Elías Calles en sus años de presidente. Pero, cuando en octubre 1927, el general Francisco Serrano, que aspiraba a competir con Álvaro Obregón por suceder a Calles en la presidencia, murió asesinado en Huitzilac, ­corrió por todo el país un secreto a voces: Calles y Obregón habían decidido quitar de la competencia a Serrano.  Fue el teatro ligero, el género chico, el que, entre burlas y veras, acuñó el juego de palabras que señalaba a Calles como responsable directo de la muerte de ­Serrano. El mismo juego de palabras se usaría, un año después, para preguntarse por la autoría intelectual del asesinato de Álvaro Obregón: “¿Quién mató a Serrano?  -¡¡Cálles…e usted!!” o bien, “¿Quién mató a Obregón?  –Cálles…e y pórtese bien…”.

De Lázaro Cárdenas abundaron los sobrenombres burlándose de su aspecto físico, y de Manuel Ávila Camacho no se conocen chistes notables. Cómo iba a ser de otro modo, cuando su hermano mayor, el temible Maximino, había hecho la burla mayor del presidente, llamándolo “bisteck con ojos”, y no precisamente como un gracejo inocente.

HISTORIAS DE PRESIDENTES Y POLÍTICOS. Cuando llegó la era de los presidentes civiles, el chiste se volvió un recurso frecuente para dar vuelo a creencias populares, como la permanente deshonestidad de los políticos: Una noche de 15 de septiembre, el presidente Alemán se acerca al balcón de Palacio. Su secretario particular le ­susurra: “Señor, falta la banda”. El presidente responde: “¿Cómo? Si aquí están  Casas Alemán, Beteta, Gual Vidal y los otros…” —“No, señor”, aclara el asistente. “Me refiero a la banda presidencial”.

Pero si a Miguel Alemán el humor popular le acusó de ladrón, a su sucesor, Adolfo Ruiz Cortines lo acusó de viejo. Ni siquiera lo era tanto cuando llegó a la presidencia: tenía 63 años. Pero circuló mucho el chiste en el cual llevaba rotos los bolsillos de los pantalones y al meter las manos murmuraba: “¿Pasitas? ¿Pasitas? Yo no compré pasitas”. Ni un presidente tan querido como Adolfo López Mateos se salvó del ácido humor popular, que lo rebautizó “López Paseos”, por sus frecuentes viajes al extranjero, o, aludiendo al gusto presidencial por las mujeres hermosas, afirmaba que don Adolfo le preguntaba a su secretario particular: “¿Qué toca? ¿Viaje o vieja?”.

En los años que siguieron, los chistes sobre presidentes o los apodos que les acomodaron fueron reiterativos en algunos factores, reales o imaginados: el aspecto personal, como ocurrió en el caso de Gustavo Díaz Ordaz y Carlos Salinas de Gortari, la falta de talento para su alto cargo, como fue el caso de Luis Echeverría y Ernesto Zedillo, y de sus errores y frases desdichadas, como ocurrió con José López Portillo, que nunca pudo sacudirse los efectos negativos, muchas veces reflejados en chistes sangrientos, de aquel momento en que ofreció “defender el peso como un perro”.

El caso de los chistes sobre Echeverría es llamativo: durante su mandato circularon montones de ellos. Al presidente, no solo le hacían gracia: los coleccionaba. Cuando los amigos de sus hijos adolescentes llegaban de visita, Echeverría les pedía que le contaran los nuevos chistes que conocieran. Y es que había algunos de gran ingenio: A Echeverría le obsequian una camioneta de las que estaban muy en boga en aquellos años, con aplicaciones de madera en los lados. Al día siguiente, se oyen ruidos en un patio. Se asoma doña María Esther, la esposa del presidente: “¿Qué estás haciendo? “ “La estoy desempacando”, responde Echeverría. Junto con pegado, apareció la segunda parte del chiste: Finalmente, Echeverría decide probar su camioneta. El vehículo es automático. Da una vuelta, y regresa quejándose de que no sirve: “Iba en la carretera, con la palanca puesta en la ‘D’ de ‘Despacio’. Cuando me rebasó un auto, metí la ‘R’ de ‘Rapidísimo’ y que se rompe”.

En la medida en que se fue construyendo el andamiaje de una democracia, disminuyeron notoriamente los chistes sobre presidentes y políticos. Acaso la función desacralizadora del chiste fue haciéndose menos necesaria, y ahora en los tiempos de las redes sociales, se ha pasado del chiste al meme.

Sin embargo, de otras épocas, nos quedan chistes buenísimos, como el del campesino acarreado a fines de los años sesenta, en un mitin de la campaña para gobernador de Carlos Hank González: el hombre insiste en decir “Juan” en vez de “Hank”. Cuando lo corrigen, replica irritado: “Qué, ¿acaso creen que por una torta y un refresco, también tenemos que hablar alemán?”

Y ahí va uno más: breve, letal: Ramón Aguirre, jefe del Departamento del Distrito Federal en tiempos de Miguel de la Madrid creía que podía aspirar a la candidatura presidencial que finalmente obtuvo Carlos Salinas de Gortari. Un día ­corrió la noticia: había sido víctima de un atentado. Arrojaron una enciclopedia dentro de su auto.

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