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De cómo el rock mexicano resurgió y renació

La represión al rock de factura nacional duró toda la década de los setenta. No desapareció, pero se volvió prácticamente clandestino. El rock se había refugiado en los llamados “hoyos fonquis”, y la sola idea de efectuar un concierto masivo todavía le ponía la carne de gallina a las buenas conciencias, al inicio de la octava década del siglo XX. La leyenda negra inventada alrededor del inolvidable Avándaro era un ladrillo incómodo que, con el nuevo decenio empezó a disolverse: las expresiones musicales de las nuevas generaciones eran ya algo imposible de ignorar.

De cómo el rock mexicano resurgió y renació | La Crónica de Hoy

El rock mexicano no estaba muerto. Había permanecido oculto, y, al convertirse en un sobreviviente, se fortaleció lo suficiente para volver a emerger a la vida pública y defender su derecho a existir. Con los años ochenta, entre el agobio económico y la presión social que significaba la llegada, a la condición de jóvenes adultos, de una generación que pugnaba por hacerse su propio espacio, el rock sirvió para abrir camino, para abordar lo que les gustaba y lo que no, para transformar espacios e inventar otros. Los jóvenes del siglo XXI se asombrarían de la manera en que, paso a paso, todos al mismo tiempo, hicieron a un lado las barreras de las buenas maneras, los intentos de censuras y la mala, malísima vibra de los cuerpos policiacos, encargados de “mantener el orden”.

Y era una malísima vibra, porque buena parte de aquellos muchachos simplemente querían escuchar música y pasarla bien en un lugar que no fuera la sala de su casa. A querer que no, el país se abría al cine, al inevitable rock del resto del universo más acá de la Cortina de Hierro. Y aun así, algo que quería ser cautela a veces influía en la manera de ver, por ejemplo, una película. Ese filme, que ahora es un clásico de culto, Quadrophenia (1979), que mostraba las inconformidades de las pandillas británicas de los años sesenta, se exhibía en México, en los llamados “cines de arte”, porque en los grandes y viejos cines del país probablemente no sería negocio, y porque no había que darle ideas a los chavos. Esas eran, más o menos las mismas razones por las que El Submarino Amarillo (1969), la película animada de los Beatles, que tenía una trama, en el fondo bastante inocente, pero con una estética psicodélica que olía a viaje con LSD, solamente se llegaba a ver en los cineclubes universitarios. Ese era el México que se asomaba a la década de los ochenta, con millones de jóvenes que no sólo querían rock (como se burlaba la parodia del actor Héctor Suárez): podían hacerlo.

Y SALIERON DE LAS SOMBRAS. El rock mexicano de los ochenta se olvidó de aquella idea, según la cual, para triunfar y hacerse un sitio en el mundo de la música había que cantar en inglés. Al inicio de la década, había grupos que aguantaron en aquella semiclandestinidad a la que la censura doméstica los había orillado. El Three Souls In My Mind sabía lo que decía con “Abuso de Autoridad”: Vivir en México es lo peor/ nuestro gobierno está muy mal/ y nadie puede protestar/ porque lo llevan a encerrar/ Ya nadie quiere ni salir/ ni decir la verdad/ ya nadie quiere tener más líos con la autoridad.

No era un mero fenómeno chilango. El rock estaba en todas partes: en la frontera norte jamás se había ido, y de Guadalajara surgió Toncho Pilatos. En el centro del país, se escuchaba hablar de Paco Gruexxo y de Chaac Mol, que tenía resonancias evocadoras de la música prehispánica que nadie vivo había escuchado nunca. Al desintegrarse Chaac Mol, Jorge Reyes seguiría generando esa sonoridad que hablaba, como en un sueño, de cosas nunca oídas.

Por más que mucha gente se hiciera la desentendida, la influencia punk había llegado a México: ahí estaban Dangerous Rhythm y Rebel d’Punk —estos últimos, por cierto, de la súper chilanga colonia San Felipe de Jesús— para demostrarlo. “De los Rebel” era una canción interesante, reflejo de esos espacios que se estaban abriendo a fuerza de terquedad: “Museo del Chopo”. No fueron los únicos. Nacieron bandas que no escondían lo punk: Massacre 68, Polo Pepo y la Sociedad Corrupta, Síndrome del Punk. Tenían nombres duros, para un mundo duro: Histeria, Virginidad Sacudida, Descontrol, Asfixia, Catalepsia. Muchos de estos grupos ganaron adeptos en las colonias populares y marginales de la capital y de ciudades frontera, como Tijuana.

No todo era punk. En Guadalajara, un grupo, Sombrero Verde, ensayaba un rock que no negaba su ánima mexicana. Sonaba como a algo “latino”, sonaba como a rock aderezado de reggae.

Pero avanzando la década, los rockeros mexicanos salieron a la luz, se multiplicaron. Jamás se volverían a esconder.

Y LLEGÓ EL GUACARROCK. Y que aparece Botellita de Jerez, con Arau, con Vega-Gil, con Barrios, el Mastuerzo, ese que tenía —y tiene— tatuado en el brazo aquella frase que no existe, pero que todo mundo da por cierta porque si no la leyó de niño en su libro de texto gratuito, se la contaron: “Ese oso se asea”. Llegaron a la vida pública sin tomarse en serio, y sin tomar en serio a la hasta entonces monolítica solemnidad de la vida pública nacional. Era rock, pero tenía resonancia de los sones tradicionales, a ratos algo como cumbia, por instantes como blues. Ellos dijeron que se llamaba “guacarrock”, combinación de las palabras “aguacate” y “rock”, no vayan a pensar mal. Hubo Guararrock del Santo, Guacarrock de la Malinche. ¿Por qué? ¿Por qué no?

Sus letras podían ser un reclamo a un país maltrecho que maltrataba a su gente; pero también aplicaba inyecciones de ácido a las columnas de las instituciones nacionales, al grito de “Pinche Malinche/ lo Cortés no quita lo Cuauhtémoc”. Después de años enteros de haber soportado en la televisión al cómico Luis de Alba haciendo su parodia de “niño bien”, de “pirrurris”—palabra, desde entonces, agregada al léxico popular nacional— de la Universidad Iberoamericana, que disparaba la palabra “naco” a diestra y siniestra, como descripción —negativa— o como insulto, los botellos proclamaron “Todo lo naco es chido”.

Botellita de Jerez le puso botonaduras a sus jeans, espuelas a sus tenis. Usaban camisetas sin mangas y se peinaban con las greñas de altos copetes tan ochenteras. En sus letras está aquella pasión nacional, la lucha libre, y está el Metro de la Ciudad de México —por aquellos días el único de todo el país—. Con “Alármala de Tos” le mejoraron el color al célebre semanario de nota roja y crímenes sangrientos que medio país leía.

Como grupo capitalino, sus letras eran al mismo tiempo crónica de ese mundo que era el ya monstruoso Distrito Federal: “Oh, Dennys,/ no la hagas de Toks en Wings/ Tu Vips or no tu Vips/ Dats di Woolworth…” o algo así. Hablaron de la baticumbia —¿qué de raro tendría en México?— e insistieron: pese a los ejes viales, San Juan de Letrán existía, y ellos le llamaban “Saint Johnny de Letrán”. Vamos, si ni siquiera a Octavio Paz se tomaban en serio, y prueba de ello era la pieza “El laberinto de la soledad”, que resultaba más que elocuente: “Con tanta chingadera/ me chingan / desde hace un chingo”.

A muchos les gustaban los botellos. Ya no los amaron tanto cuando los vieron aparecer en una telenovela de Televisa, “Alcanzar una estrella”, alternando con los Timbiriches Mariana Garza, Eduardo Capetillo y Bibi Gaytán.

Pero no todo era el universo botello. Aquello, ya nadie lo pudo parar.

EL CORO DE INFINITAS VOCES: TECNO, RUPESTRE, BLUES. Los memoriosos afirman que en México hubo rock progresivo, y ahí están Queso Sagrado y Syntoma, entre otros, para probarlo. Hay quienes dicen que en la línea en que estaba Chaac Mol, creció algo que llamaron “etnorock”. Pero lo cierto es que el rock mexicano se sentía más seguro en cada paso que daba, y en esos primeros años ochenta se fue quitando la muleta de los nombres en inglés: Kenny and the Electrics se convirtió en Kenny y los Eléctricos; Dangerous Rythm se sintió mejor siendo Ritmo Peligroso y Three Souls In My Mind, por fin, compactó su rollerísimo nombre y lo cambiaron por el breve Tri. A muchos de ellos los atrajo Comrock, un sello discográfico que decidió aventarse el tiro y grabarlos. Por fin, el rock mexicano volvía a un estudio; sus discos circularían en el país: del Tiangüis del Chopo para México entero.

Y es que en México entero se hacía rock: Sombrero Verde, de Guadalajara, mutó en Maná; en Tijuana andaban los de Artefakto haciendo algo que se ha denominado Tekno-rock. Tlalnepantla aportó a Banda Bostik y Texcoco a Tex Tex. Ya no solamente era asunto de rock, como demostraría Real de Catorce, que le hacía al blues.

Pero eran tiempos de crisis y no todas las formas de expresión musical se iban por el recurso de la agrupación más o menos tradicional. Ahí estaban, músicos que con su guitarra y su alma, hacían letras que pintaban ese México, a ratos desesperanzado, que les había tocado vivir. A esos los llamaron “rupestres”, y el gran rupestre era un tamaulipeco que adoptó y se dejó adoptar por el monstruo urbano que era el Distrito Federal, y escribía como si fuese un chavo de la Doctores o de Tlatelolco, o del Centro: Rodrigo González, Rockdrigo.

Rockdrigo es ya célebre cuando el terremoto de 1985 se lo lleva, derrumbado el edificio donde vivía. Pero deja letras que son reflejo de la parte dura de aquellos años; habla de aquella ama de casa, como tantas aún en el país, que barren el tiempo, que saben que su reino no está puertas afuera de su hogar mientras el marido se entretiene en la cantina, viviendo horizontes siempre iguales. Canción de amor triste, chilanga, chilanguísima si la hay, es “Metro Balderas”: Hace 4 años que a mi novia perdí/ en esas muchedumbres que se forman aquí/ La busqué en andenes y en salas de espera/ pero ella se perdió/ en la estación de Balderas…. Estación del Metro Balderas/ ahí dejé/ embarrado mi corazón.

No fue Rockdrigo el único rupestre; acaso el más recordado. Pero de EBlén Macari a Rafael Catana; de aquel grupo de Guadalajara, El Poder Ejecutivo a Cecilia Toussaint y Arpía, allí estuvieron y sonaron, y además de ellos, los duros, los que hacían metal y hard rock, también reclamaron su sitio.

Los poco enterados, apenas se habrán dado cuenta de la existencia de aquella banda que trajo a la cultura ochentera la idea de la ópera rock: Cristal y Acero, que atrajo la atención con Kuman en 1982. Luzbel era otro grupo metalero notorio y, por esas cosas que pasan, una banda de Tijuana, La Cruz, que existía desde 1972, apenas en 1986 grabó un disco. Fueron muchos: Transmetal, Fongus, Mask, de Guadalajara. Llegó a existir lo que llamaban Escuadrón Metálico, integrado por varios grupos metaleros.

Era tan irrefrenable la oleada rockera en México, que otro grupo metalero, Valquiria, gana en 1988 un festival musical convocado por la firma Yamaha, y viajan a Tokio donde concursan y obtienen un séptimo lugar mundial. Nada despreciable para una expresión musical que, siendo estrictos, tenía ocho años de haber abandonado el semiclandestinaje.

Lo importante es que el rock mexicano, aparte de resurgir en los ochenta, dejó de ser fenómeno capitalino; que no era patrimonio de una sola clase social y que sus letras acompañaban a los jóvenes del país, que se asomaban a la vida en un país desgastado por las crisis, y que, no obstante, tenían mucho que decir.

Y eso, oh, público conocedor, que todavía no llegaban los emocionados días del Rock en tu Idioma. (Continuará).

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