Opinión


De cómo, en 1856 y al compás de “Los Cangrejos”, desapareció el gran convento de San Francisco

De cómo, en 1856 y al compás de “Los Cangrejos”, desapareció el gran convento de San Francisco | La Crónica de Hoy

La escena debió ser, por decir lo menos, un tanto alucinante: caída la noche, cuatrocientos hombres armados de mazos y barretas, estaban parados ante los muros del convento de San Francisco de la Ciudad de México. Apenas terminaba la jornada de conmemoración cívica por el aniversario del inicio del movimiento de independencia, y don Juan José Baz, aquel político, liberal rabioso, gobernador del Distrito Federal, protagonista de aquel sainete ante las puertas de la Catedral que se conocía burlonamente como la “batalla del Jueves Santo”, se moría por dar el primer golpe a la gruesa muralla; un golpe que empezaría a cambiar la historia del país.

La misión de Baz era derribar los muros del poderoso y enorme convento franciscano, el más grande y el más notorio de la Ciudad de México. Y sin embargo, aún había cierta inquietud en el ánimo de sus trabajadores. Eso de jugarse el pase al cielo por andar reventando las propiedades eclesiásticas era un asunto que había de reflexionarse con mucho cuidado y no menos cautela.

Pero era un hecho consumado: un decreto del presidente Comonfort, publicado la mañana de ese mismo 16 de septiembre de 1856, condenaba a la orden franciscana a perder el convento. Los terrenos, que incluían la gran huerta, varias capillas, celdas y el cementerio de la orden, se convertirían en una nueva calle. Eso sí que era una transformación: el sueño del progreso alentado por los liberales mexicanos pasaba por la transformación de la ciudad, y, si de paso era un golpe político que demostraría que nadie estaba jugando, tanto mejor.

UNA CONSPIRACIÓN FRACASADA. ¿Cuál era la ruta que le abrió paso a Baz hasta los muros de San Francisco? Un par de días antes, el 14 de septiembre, Manuel Pagaza, mayor del Cuerpo de Nacionales “Independencia”, notó que, al anochecer, un grupo de hombres se movía en el atrio del convento de San Francisco. Eran días en que los ánimos estaban exaltados. Liberales y conservadores desconfiaban unos de los otros. El inusual movimiento inquietó a las autoridades. Notificado Baz, se ordenó registrar San Francisco. En la celda de fray Alfonso Magnegracia encontraron a nueve individuos ajenos a la orden y, nada menos que 3 mil pesos. La inspección duró hasta las 12:00 del día 15, y todos los laicos, más de veinte, y media docena de clérigos, fueron retenidos para ser interrogados.

Era un hecho: por andar involucrados los frailes franciscanos en algún complot contra el gobierno, o al menos eso parecía, estaban en serios problemas. Don Ignacio Comonfort, liberal convencido, cuyos momentos de vacilación solían inquietar a sus correligionarios, decidió que era momento de mostrar firmeza. El correctivo aplicado a los franciscanos conspiradores tenía que ser ejemplar, pero, para dar al castigo sustento ideológico, emitió dos decretos que contaban toda la historia.

El primero, emitido el día 16, disponía que “para la mejora y el embellecimiento de la capital de la República, en el término de quince días, quedará abierta la calle llamada Callejón de los Dolores, hasta salir y comunicar con la calle de San Juan de Letrán y se denominará Calle de la Independencia” ¿Qué significaba eso? El decreto era explícito: “Se demolerán los edificios y se ocuparán los terrenos necesarios, por causa de utilidad pública, previa indemnización ajustada con los propietarios”.

Pero ocurría que la propietaria era la orden franciscana, que estaba metida en un grave problema por andar de “sediciosa”, y “los terrenos necesarios” eran parte del convento. Para cuadrar las cosas, Comonfort emitió, el día 17, un segundo decreto que hacía público el encontronazo y asestaba a los franciscanos un golpe directo: “En atención a que en la madrugada del 15 del mes actual ha estallado una sedición en el convento de San Francisco… sorprendiéndose in fraganti delito, y en los claustros y celdas del mismo convento muchos conspiradores, y entre ellos varios religiosos…” el Presidente de la República determinaba  la supresión del convento franciscano de la ciudad de México, y se declaraban bienes nacionales todas sus posesiones, con excepción de la iglesia principal y las capillas.

Así, la indemnización ya planteada por las primeras leyes liberales se esfumaba para los franciscanos: la utilidad pública y el argumento de la conspiración los despojaron de ese beneficio. La nueva calle se abriría, y los terrenos del enorme convento pasarían a ser propiedad del gobierno.

¡A CANTAR “LOS CANGREJOS”! Ésa era la historia que había llevado al gobernador del Distrito Federal al pie de los muros de San Francisco. Como advirtiera la duda, la inquietud entre aquellos hombres que había traído para aplicar las disposiciones del primer decreto del Presidente, Baz pensó que un buen motivante sería la poesía conocidísima de Guillermo Prieto, convertida en canción desde los últimos tiempos de Santa Anna, y que tenía mucho tiempo de figurar entre las preferencias populares, por lo que tenía de burlón. Así, entonando “Cangrejos al combate, cangrejos a compás, un paso pa’delante, doscientos para atrás”, los barreteros se fueron emocionando. Cuando llegaron al “¡Zuz, ziz, zaz, viva la libertad!, aquellos 400 hombres ya estaban emocionados. Surgió el primer mazazo contra el muro centenario. De ahí en adelante, todo fue demoler y cantar aquella marcha, que, decían algunos, era una especie de “Marsellesa” a la mexicana.

Esa noche, cayeron los muros que delimitaban San Francisco. En los quince días de los que hablaba el decreto y un poco más, desaparecieron la enfermería, parte de las capillas y algunas celdas. Faltaban cuatro años para que la Reforma liberal se concretara suprimiendo otros de los grandes conventos, pero el primer paso, o mejor dicho, el primer golpe, estaba dado, entre cánticos y exaltación.

 

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