Opinión


De cómo los caudillos insurgentes fueron elevados a beneméritos de la patria

De cómo los caudillos insurgentes fueron elevados a beneméritos de la patria | La Crónica de Hoy

Había algarabía y música en la Villa de Guadalupe en aquel septiembre de 1823. No era para menos. En acatamiento de un decreto emitido por el Congreso, en aquella localidad, al norte de la Ciudad de México, se había generado un curioso encuentro de cadáveres convertidos en ilustres por la voluntad política del Poder Legislativo. A lo largo de la guerra de independencia, los caudillos más relevantes de las fuerzas insurgentes habían sido capturados y ejecutados, bajo los cargos de rebelión y de traición. En un México que se abría a la vida como nación independiente, y que necesitaba construir sus referentes fundacionales, De esa manera, un puñado de tumbas se abrieron, en distintos puntos del territorio nacional, para dar a aquellos difuntos, en la capital del país, las honras fúnebres que en su momento no tuvieron.

Era indispensable: después de todo, se habían convertido, de manera formal, en los héroes de esa joven patria.

EL ENFRENTAMIENTO CON ITURBIDE. No había sido sencillo convertir a Miguel Hidalgo en “Padre de la Patria”, y a quienes compartieron con él la primera campaña insurgente, y a sus sucesores, en héroes fundacionales.  El primer intento ocurrió en 1822, mientras Agustín de Iturbide era aún emperador y fue uno de muchos desacuerdos entre El Dragón de Fierro y los congresistas. Porque lo que se discutía  era mucho más que un decreto. Iturbide estaba convencido de que se jugaba su paso a la historia, y, por añadidura, las inclinaciones republicanas de algunos congresistas preferían impulsar la figura de Miguel Hidalgo como real constructor de la Independencia.

En el México de 1823, a la caída de Iturbide, una de las primeras preocupaciones de los congresistas fue construir un panteón cívico propio, fincar en él elementos de unión y de identidad para el jovencísimo país que éramos, y acabar en definitiva con la idea de que Iturbide era el gran hacedor de la Independencia.

Por eso, se apresuraron a emitir un decreto, el 19 de julio de aquel año, donde declararon en el artículo 13 de aquel documento, Beneméritos de la Patria a Hidalgo, Allende, Aldama, Jiménez, Morelos, Abasolo, Matamoros, Leonardo y Miguel Bravo, Hermenegildo Galeana, Xavier Mina, Víctor Rosales y Pedro Moreno. Similar declaratoria se concedió a “sus padres, mujeres e hijos y así mismo las hermanas” sobrevivientes de Hidalgo, Allende, Matamoros y  Morelos, que serían pensionados por el gobierno mexicano.

En el artículo 14, el Congreso dispuso la reivindicación pública de todos aquellos personajes. A nadie se le olvidaba que todos habían sido ejecutados como delincuentes; que a Hidalgo y a Morelos se les había agregado la dolorosa degradación sacerdotal, y que a Allende, a Aldama y al español Mina se les había considerado traidores a las fuerzas militares de las que un día formaron parte.

Dice ese artículo:  “Y respecto que al honor mismo de la patria reclama el desagravio de las cenizas de los Héroes consagrados a su defensa, se exhumarán las de los beneméritos en Grado Heroico que señala el artículo anterior, y se depositarán en una caja que se conducirá a esta Capital, cuya llave se custodiará en el Archivo del Congreso.”

En la memoria de muchos de los congresistas estaba el recuerdo de la manera en que habían sido ejecutados aquellos personajes: fusilados por la espalda como traidores, cuatro de ellos decapitados y, separados los cráneos, enviados a la Alhóndiga de Granaditas para susto y escarmiento del pueblo, y afrenta final de parte de sus contrincantes. El Congreso reivindica a la insurgencia: son beneméritos, son héroes. Explicitada su valía, el país se apoyaba en las virtudes de esos personajes como el cimiento de la nueva nación.

LA PROCESIÓN HACIA LA CAPITAL. Emitido en julio de 1823, el decreto dispuso que, con prontitud, habría que exhumar los cadáveres de los insurgentes enumerados, y traerlos a la capital, para que “con toda la publicidad y pompa” fuesen depositados en la Catedral de la Ciudad de México, el 17 de septiembre de ese mismo año.

El trabajo no fue sencillo. En 1823, la ruta era compleja y arriesgada: lo primero fue exhumar en Chihuahua los cadáveres decapitados de los primeros insurgentes, llevarlos a Guanajuato para reunirlos con sus respectivas cabezas, que ya reposaban en el panteón de San Sebastián. Así ocurrió. Luego, empezó un recorrido un tanto alucinante por las poblaciones  que habían sido escenario de los primeros días de la insurrección: parecía que todo mundo quería homenajear con discursos y música, a aquellos pobres despojos, convertidos en la esencia misma de la patria. En esa extraña fiesta fúnebre, los restos de los primeros insurgentes pasaron por San Miguel El Grande, por Celaya, por Apaseo el Grande y por Querétaro.

Mientras tanto, del Cerro del Bellaco desenterraron a Xavier Mina; rescataron de la hacienda de la Tlachiquera, en León, el cuerpo decapitado de Pedro Moreno (la cabeza, hasta donde se sabe, nunca se recuperó.  De Hermenegildo Galeana y los hermanos Bravo, no se pudo conseguir noticia. De Valladolid traían los restos de Mariano Matamoros, y de Ecatepec los de Morelos. Así, aquellos difuntos acudían a su cita con la historia naciente del país que habían soñado.

LA CEREMONIA. Era la segunda semana de septiembre de 1823, y en la Villa de Guadalupe empezaron a concentrarse los enviados que traían los restos de todos los personajes de la insurgencia. El proceso corría con tranquilidad, y no hubo dignatario eclesiástico que objetara que los restos de sacerdotes y laicos, tenidos por excomulgados, fuesen a descansar al templo más importante del país.

 Carlos María Bustamante dejó en su Diario Histórico, la crónica de aquellos días, y periódicos como El águila y El Sol, hicieron crónicas de la ceremonia. Llovía a cántaros en aquellos días, pero la mañana del 15 de septiembre,  los restos de Morelos, enteros, hacían su entrada a la Villa de Guadalupe, con tres bandas de música que ejecutaban sones y valses. Nada de marchas fúnebres.

Los restos de los insurgentes iban en cinco urnas. Se armó una enorme procesión, con caballería con uniformes de gala, avanzando al toque de trompeta. Después, la primera urna (¿con los restos de Hidalgo, Allende, Aldama y Jiménez?) llevada por tres antiguos realistas y un solo insurgente; a continuación las otras cuatro urnas. Seguían las urnas integrantes de la Diputación Provincial y del Ayuntamiento, compañías de infantería y nuevamente, caballería. Detrás, “más de trescientos coches de duelo”.

Llegaron a la Ciudad de México a las tres de la tarde, y el cortejo enfiló a Santo Domingo, donde “se depositaron los huesos” para pasar la noche. A la mañana siguiente, en muy solemne procesión, los restos de los insurgentes avanzaron en calles silenciosas pero llenas de gente. Muchos de los vecinos habían adornado sus casas, conforme al anuncio que el día anterior se había circulado por toda la ciudad, con cortinas blancas y lazos negros.

Entre grandes ceremonias, rodeados de milicia, de niños con tambores, los restos llegaron a Catedral. Bustamante decía que Vicente Guerrero tenía un semblante lloroso, juzgó el cronista, porque recordaba a Morelos. Hubo misa, y sermón de una hora pronunciado por el Dr. Argándar, vocal del Congreso de Apatzingán designado por el cura de Carácuaro, responsos y, por fin, los restos se quedaron en la capilla de san Felipe de Jesús, entre repiques de las campanas.

Todo esto ocurrió el 17 de septiembre de 1823. Tiempo después, aquellos restos ilustres fueron trasladados a la cripta de Catedral, a la que se entraba por un acceso que estaba detrás del Altar de los Reyes.  En su honor se escribieron numerosas poesías. Ésta es una de ellas:

 

A los mortales despojos

de los inmortales Varones

que habiendo echado los cimientos

de la libertad de la patria,

sacrificados con vileza, murieron
      heroicamente.

México reconocida y llorosa

les tributa los honores fúnebres

el día 17 de septiembre de 1823

 

Y, entonces, satisfechos, y con la conciencia tranquila, los congresistas procedieron a conmemorar, el 20 de septiembre, el aniversario del inicio de la revolución de independencia. Habían dado, a sus héroes fundacionales, lo que, en años posteriores, todo mundo estuvo de acuerdo en llamar “un sepulcro de honor”.

Restos insurgentes.

 

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