Nacional


De cómo nació, en el México ochentero, la cultura del condón

Cualquiera puede, hoy día, entrar a una farmacia o a una tienda de autoservicio y comprar un paquete de preservativos. Tal vez le cueste un poco más de trabajo hallarlo, pero también puede comprar un condón femenino. Los adolescentes del siglo XXI saben del “sexo seguro” apenas entran a la secundaria. Pero hace treinta años, se libró una batalla de salud pública que no podía eludirse, que se volvió cuestión fundamental para todos los que vivieron aquellos años.

De cómo nació, en el México ochentero, la cultura del condón | La Crónica de Hoy

Empezó, hacia 1982 o 1983, como un rumor dentro de la comunidad gay mexicana, que ni de lejos tenía la presencia pública que hoy tiene. Algo, un padecimiento extraño, que parecía otra leyenda urbana más: en Estados Unidos había aparecido una enfermedad “rara”, que atacaba a varones homosexuales. Perdían las defensas, y morían. No había tratamiento, no había cura. Aquella historia fue recibida con escepticismo entre los más informados: no era posible, no podía existir un padecimiento que se cebara en un grupo social. Las enfermedades no discriminaban porque sí. Aquella historia llegó a ser desmentida, desechada como una intentona de grupos conservadores a los que incomodaba profundamente el terreno público ganado en el pasado muy reciente por la comunidad homosexual mexicana, que, apenas en 1978 había armado su primera marcha del orgullo gay. 

Pero no era una leyenda urbana; era una realidad. Sonaban las primeras voces que alertaban del surgimiento del Síndrome de Inmuno Deficiencia Adquirida, que muy pronto fue llamado simplemente SIDA; apareció en el vocabulario de los mexicanos el nombre del agente causante de la enfermedad: el virus VIH, de hecho, un retrovirus.

Con la aparición del SIDA en México, algunas realidades incómodas quedaron expuestas: una, que en ese país orientado a la incipiente globalidad, lleno de ganas de consumir todo lo que se ofertaba desde el extranjero, música, tecnología, entretenimiento, había una veta de conservadurismo que navegaba por la vida nacional con bajo perfil, y que, a la menor provocación enseñaba las uñas para defender lo que creían su derecho a decidir qué principios morales tenían que determinar la existencia de los mexicanos de los ochenta, comportamiento sexual incluido.

Otra realidad incómoda era mucho más evidente: se discriminaba y se perseguía a la comunidad homosexual, que poco a poco había ido generando, a fuerza de tenacidad, sus propios espacios. En el México de los 80 sí había redadas, y no era raro que Alarma! aquella revista de nota roja, impresa con toques amarillos y que no disimulaba su vocación por el escándalo, hiciera escarnio de aquellas razzias. “Lilos”, “maricones”, eran palabras que, como escupitajos, aparecían de repente en su portada. Iba a costar tiempo y muchas discusiones que toda la población entendiera que el SIDA no era una enfermedad “exclusiva”, que era un riesgo real para hombres y mujeres, para homosexuales y heterosexuales. 

Cuando el gobierno mexicano se vio obligado a reconocer que en nuestro país había casos de SIDA, y que era preciso generar una estrategia nacional de prevención, comenzó a cambiar la vida de los jóvenes mexicanos. Ellos fueron los primeros a quienes se dirigieron las primeras campañas que hablaban de un concepto nuevo: “sexo seguro”. Así empezó en México la cultura del condón.

MUCHAS ESCARAMUZAS, UNA GRAN ESTRATEGIA. Los primeros casos de SIDA en México se registraron en 1983. El gobierno mexicano se tardó dos años en admitir la existencia de aquellos pacientes. La información científica venía del extranjero a cuentagotas, y parecía ser un tema de publicaciones científicas, de las muy escasas secciones de ciencia de la prensa de la época. El Instituto Pasteur, de París, había logrado aislar el virus. Se decía que venía de África, que llegó a América por los países del Caribe. Se insistía en difundir rumores que mezclaban realidad con especulación: los varones homosexuales eran población de riesgo. ¿La población negra —hace 30 años nadie era políticamente correcto— también?

Poco a poco, la información comenzó a ser más sólida, en la medida en que las autoridades mexicanas asumieron los hechos y se dieron cuenta de que estaban ante un problema de salud pública, y que los retos eran dos: detectar y atender los casos de SIDA que ya existiesen en el país, y, por otro lado, difundir y aclarar las muchas versiones parciales, equivocadas o deformadas intencionalmente, que corrían entre la población.

Las leyendas urbanas referentes al SIDA circularon de manera enloquecida. Lo mismo se dijo que el VIH había sido inventado por la CIA —sí, por la CIA—, que era un arma biológica “escapada” por accidente. Otras versiones, más paranoicas, aseguraban que el retrovirus había sido “sembrado” deliberadamente en las comunidades homosexuales, y que ciudades que acogían sin discriminación a esas comunidades, como San Francisco, eran puntos de riesgo.

El conservadurismo católico más extremo apareció en las planas de los periódicos a aportar sus interpretaciones: el SIDA era, nada menos, que un “castigo divino”, que no solo se asociaba a la homosexualidad, sino a la promiscuidad. Es decir, quien padecía la enfermedad no sólo era gay, sino también disoluto. La prensa sensacionalista acuñó definiciones que eran discriminadoras y parciales: el SIDA fue llamado “peste del siglo XX”, “peste rosa”, con grotesca vulgaridad.

Así surgieron las primeras campañas de prevención del SIDA; así se fue construyendo una gran estrategia de salud: a contracorriente del miedo, y como un enorme ejercicio de lo que hoy llamamos divulgación de la ciencia y que en aquellos días era un tópico mucho menos frecuente de oír en la vida de todos los días.

EL RETO Y EL APRENDIZAJE. No había medicinas, no había tratamientos contundentes que curaran el SIDA. Mientras las autoridades mexicanas repetían un día sí y otro también que la enfermedad no era exclusiva de ningún grupo social, que, potencialmente, lo mismo podían contraerla jóvenes que viejos, hombres que mujeres, homosexuales que heterosexuales. Costó mucho trabajo explicar las razones por las cuales los varones homosexuales habían sido el primer grupo humano en experimentar los estragos del SIDA. Hubo quienes se ofendieron cuando esas primeras campañas afirmaban que toda persona sexualmente activa podía contraer el padecimiento. A pesar de que muy pronto se informó a la población que el VIH no solamente se adquiría por contacto sexual, que la saliva, la sangre contaminada podían ser factores de contagio, la especulación siguió inquietando a la gente.

Entonces se empezó a hablar de “sexo seguro”, del uso de preservativos como la medida más inmediata, más sencilla, menos compleja, más accesible. Y entonces empezó la batalla por determinar quién mandaba en los asuntos de alcoba de los mexicanos.

Y EL CÓNDÓN SE HIZO ASUNTO PÚBLICO. Puesto que los antivirales conocidos no funcionaban en los pacientes contagiados de SIDA, el uso del condón se convirtió en el eje de la estrategia de prevención. Desde aquellos días se aseguraba que en muchos países se trabajaba para generar una vacuna contra el padecimiento. Los optimistas veían, a la vuelta de un par de años, la existencia de esa vacuna. Pero en lo que llegaba, la prevención era lo único que tenía el país en las manos como un hecho cierto.

Así, la recomendación era usar condón, no importaba si se fuese homosexual o heterosexual, hombre o mujer. El activismo de la época alentó a las mujeres a llevar ellas mismas preservativos, a no dejar el asunto en manos de sus parejas. En los bares y lugares de encuentro de las comunidades gay aparecieron cajas de condones gratis, enviadas por el gobierno mexicano. En los centros de salud públicos, poco a poco, se fue instituyendo la política de entregar un puñado de condones a quienes asistían a consulta, “por si eran necesarios”.

Los que se convirtieron en jóvenes adultos en aquellos días, se encontraron, a menudo, con organizaciones civiles dedicadas a difundir, como parte de la vida privada, el sexo seguro. El condón dejó de ser un recurso anticonceptivo a secas, un preventivo contra las enfermedades de transmisión sexual, a las que cada vez menos gente llamaban “enfermedades venéreas” o, peor aún, “enfermedades secretas”. El preservativo dejó de ser un asunto de extrema discreción, cuando no de plano clandestino. Se habló de condones en la prensa, en la radio, en revistas, en mítines y marchas. Acaso fue la primera vez que, en México, se hablaba con tanta libertad, con tanta resonancia mediática y desde el gobierno, de una nueva manera de vivir la sexualidad.

Entonces, hubo que aprender.

LA VIDA DISTINTA. A muchas escuelas, universidades y preparatorias llegaron los ecos del activismo. Se repartían condones como quien reparte galletas o chicles, para inquietud de los padres de familia. Hubo que reconocer que muchos de esos padres y madres no sabían, en realidad, qué vida llevaban sus hijos puertas afuera del hogar. Entre la gana de no enterarse y la angustia por que uno de los o las jóvenes de la casa pudieran convertirse en un número qué agregar a la naciente estadística de casos de SIDA, a veces de manera participativa, a veces dejando correr las cosas, en los hogares mexicanos se empezó a admitir a ese huésped incómodo, incomodísimo, el condón, como parte de la vida diaria.

Por otro lado, era muy difícil ignorarlo: el gobierno federal repartió toneladas de folletos informativos, pagó campañas en los medios de comunicación electrónicos para contrarrestar el mar de infundios que inquietaban a la gente sencilla, que de buenas a primeras se enteraba que la muerte de una estrella del cine internacional, nada menos que el galán Rock Hudson, había muerto de SIDA.

En esos días, hubo jóvenes que se enteraron, en talleres relámpago que llegaban a sus escuelas, que los condones tienen derecho y revés. También aprendieron cómo se colocaban, y que no hay “tallas”, y que el VIH era algo que le podía pasar a cualquiera. El nombre de la prueba de laboratorio que servía para detectar el VIH, la prueba ELISA, apareció en numerosas trivias. 

Hasta en el Metro aparecieron los mensajes que alentaban el uso del preservativo. Surgió el enfrentamiento, que daba origen a debates que no dejaban de tener su elemento chusco: altos funcionarios de la Iglesia católica criticaron anuncios donde aparecía un condón desplegado, porque “parecía que tenía algo dentro”. La Unión Nacional de Padres de Familia y sus similares estatales exigieron que a sus hijos nadie les fuera a contar de condones. Nació el argumento de la abstinencia sexual como la única manera de eludir la amenaza del SIDA, y los constantes reclamos y la exigencia al gobierno que dejara de promover el uso del condón. Lo único que lograba, aseguró el conservadurismo mexicano, era auspiciar el “libertinaje”. Afortunadamente, el gobierno federal no cedió a las presiones, y, en cambio, creó en 1988 el Consejo Nacional para la Prevención y el Control del Síndrome de la Inmunodeficiencia Adquirida, el Conasida.

Sí hubo, en aquellos años, el miedo a la epidemia. Sí hubo casos conocidos, y hubo muertes. Se exigió al gobierno dar atención médica a los pacientes de SIDA, conseguir medicamentos que paliaran el horror de la enfermedad terminal. El activismo de la comunidad gay fue importante y notoria en aquellos días. Una noche, al final de la década, en la Plaza Río de Janeiro de la ciudad de México, hubo una multitud que encendió veladoras por los muertos a consecuencia del SIDA. En esa, la segunda mitad de los años 80, México aprendió a llevar condones en el bolsillo, “por si se ofrecía”, y aprendió una lección —que a ratos se olvida— en materia de empatía y de conocimiento del otro. Los jóvenes aprendieron a vivir su sexualidad de otra manera. La lección, a ratos, pareciera que se olvida. 

Apenas en estos días de 2019 se anuncia que todo está listo para iniciar las pruebas de una vacuna contra el VIH...

Comentarios:

Destacado:

LO MÁS LEÍDO

+ -