Opinión


De compras por el México de Maximiliano

De compras por el México de Maximiliano | La Crónica de Hoy

A lo largo del siglo XIX, algunos escritores acusaron a la Ciudad de México de veleidosa, capaz de aclamar a cualquiera que, con el suficiente poder, entrara en ella. Esa afirmación no era estrictamente cierta. Nadie había aplaudido en 1847 la entrada de los invasores estadunidenses a la capital del país. En cambio, a Maximiliano de Habsburgo y a su esposa, Carlota de Bélgica, una parte de la población, los recibió con aplausos, gritos y arcos triunfales. Pero en 1867, era evidente que el imperio se iba a pique, por la falta de recursos, por la terca resistencia republicana y porque a Napoleón III le había parecido que la llamada “expedición a México” generaba más problemas que beneficios.

Y aun así, en las poblaciones y regiones donde no se combatía, parecía que nada ocurría, o que ocurría muy poco. Así era la capital mexicana, mientras todo se orientaba a librar la última batalla en la ciudad de Querétaro, donde Maximiliano había decidido atrincherarse. Las fuerzas republicanas, comandadas por Porfirio Díaz pusieron sitio, entre abril y junio de ese 1867. Y entonces, la ciudad de México llegó a padecer hambre y sed. Pero meses antes, la vida aún parecía tranquila, sin sobresaltos. Con la suficiente estabilidad para que, quienes tenían dinero, pudiesen ir de compras muy a gusto.

Porque en esos años en que el Segundo Imperio había existido, numerosos comercios  y “cajones” habían prosperado con artículos de importación, y si eran de origen francés, tanto mejor. Corría un rumor, según el cual el comandante en jefe de las tropas francesas, el mariscal Aquiles Bazaine, contrabandeaba mercancías que luego vendía a las tiendas elegantes, quedándose con un importante beneficio. Si esto era cierto, a los amantes de la moda no les preocupaba mucho, siempre y cuando llevaran en los bolsillos lo suficiente para costearse sus antojos.

Entonces, como ahora, eso que llamamos consumismo, estaba presente. Flaquezas de la condición humana, si se quiere, pero ¿quién iba a resistirse, con el suficiente dinero en la bolsa, a las tentaciones que llenaban los escaparates y que se anunciaban en los almanaques y directorios comerciales de la época?

¿MANTILLAS, CORBATAS, TRAJES, GUANTES? “Al Puerto de Liverpool”, “Cajón de la Antigua Fábrica de Francia” “A la Francia Marítima”, “A los Precios de Francia”, “A la ciudad de París. Gran Cajón de Ropa”, “La Droguería Francesa” son algunos de los comercios que en el inicio de 1867 prosperaban en la Ciudad de México. Coexistían con empresas como “A la ciudad de México” o “La Ciudad de Londres”, que también se dedicaban a la importación de mercancías de lujo. Estaban también los establecimientos completamente mexicanos, que se dedicaban a satisfacer las mil y una necesidades de la vida cotidiana, como las Tlapalerías de las Sirenas y de las Palomas, que pagaban anuncios en alianza, o la Botica y Droguería de Ignacio Baz, los Casimires de San Ildefonso, o La Fama de los Cerillos. Todos estos negocios procuraban anunciarse, ponderando bien las maravillas que traían del otro lado del mar, o la calidad de sus productos.  Algunos ni siquiera se tomaban la molestia de traducir el nombre de sus establecimientos al español, como hacía el señor Warnholtz, propietario de la Fabrique de Chapeaux del Portal de Mercaderes, que no era otra cosa que una sombrerería.

En aquellos días, las voces populares aseguraban que la tienda más cara de la ciudad era Al Puerto de Liverpool, en el número 15 de San Bernardo, donde una mantilla para dama con dinero, de fabricación nacional, costaba 20 pesos. Era mucho dinero. Una mantilla importada de Bélgica no se compraba por menos de 50 pesos. Si uno considera que, en esos días, en la misma tienda, por una docena de corbatas para caballero, de tafetán español, se pagaban seis pesos, resultaba que ir a la iglesia emperifollada era muy, muy costoso. Las mujeres del pueblo se cubrían con sus humildes rebozos.

Para aquellas corbatas, naturalmente, se necesitaban camisas. Los clientes, por cierto, no eran los mexicanos más humildes, que solían usar prendas de manta o algodón. Claro que también había camisas de algodón en los almacenes elegantes, como Al Puerto de Liverpool. Allí, la docena de camisas de algodón costaba 18 pesos —seguía ganando la mantilla— pero si el asunto era muy, pero muy elegante, como para ir a los Lunes de la Emperatriz, lo aconsejable era optar por las camisas de seda inglesa, muy finas, de a 30 pesos la docena.

Nadie que se tuviera por dama elegante podía ir por la vida sin guantes. Una docena de ellos, de red o de seda, costaba 5 pesos en la misma tienda.

Pero, como siempre, había competencia. Miremos a un comercio ubicado a unas cuantas cuadras de al Puerto de Liverpool: el Cajón de la Antigua Fábrica de Francia. “¡Mirad qué precios, mirad!”, era su reclamo publicitario. Y es que, comparado con los precios de su rival, el Cajón tenía muy buenas ofertas. Ahí, el traje de casimir para caballero estaba a disposición de muchos bolsillos: el más barato costaba 14 pesos,  y el más caro 30. Si se quería algo de mejor calidad, se podía uno mover a la sección de Trajes Finos, donde el menos costoso se iba por 22 pesos y el más caro por 33. Especialistas en ropa para caballeros, tenían de todo, y para toda ocasión: un frac de paño, parecidos a los que solía usar el presidente Juárez, costaba 15 pesos, una levita 20.

En el Cajón, un sombrero fino costaba esos mismos 20 pesos;  un sombrero de menor calidad, 16. Allí, las corbatas no se vendían por docena, como en la competencia, y costaban un peso cada una. 

Si pensamos que el salario anual del emperador era de millón y medio de pesos, de haber querido, Maximiliano podía haber comprado la tienda entera.

¿QUÉ MANDA EL  MÉDICO? ¡CORRE CON EL BOTICARIO! Había muchos mexicanos que se curaban con remedios franceses, generalmente producidos por algún médico del que no se sabía sino que eran prestigiados en su país, y que eran los creadores de las píldoras fulanas o los tónicos zutanos. El abanico de medicamentos e importación que se consumían aquí era enorme, y en las droguerías también se podían conseguir los químicos y materiales para practicar el arte de la fotografía.

¿Qué aparecía la sombría amenaza del tifo? Había que correr por el Jarabe Sanador del Profesor Baz, que también ofrecía las Pastillas Vermífugas —para las lombrices intestinales— hechas con raíz de granada.

Pero los males importantes, como los sofocos, las palpitaciones o la famosa clorosis —agotamiento, debilidad— que aquejaban a numerosas señoritas elegantes, no se curaba con menos que el Elíxir del Doctor Thermes, y los “ojos enfermos” se aliviaban con la Verdadera Agua para los Ojos de la Cité Bergere, a base de sesquilanato de zinc y de hierro. La Casa Duvignau, especialista en enfermedades respiratorias, ofrecía su jarabe con la Fórmula del Profesor Chaussier, ideal para bronquitis y asma, y, para la tos, nada menos que los Bombones Persas, que, aclaraban para los recelosos, no contenían opio.

Así eran aquellos consumistas, enfermos de amor por Francia, que eran capaces de “endrogarse”, con tal de adornarse y de sanarse con los productos traídos del otro lado del mar.

 

En el último año del imperio de Maximiliano, las ofertas en el Cajón de la Antigua Fábrica de Francia eran una verdadera competencia para otras tiendas que presumían de elegantes.

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