Opinión


De la calidad, el mérito, la evaluación y los docentes

De la calidad, el mérito, la evaluación y los docentes | La Crónica de Hoy

El proyecto del presidente López Obrador de lograr una transformación social con desarrollo —es decir, crecimiento con justicia, democracia y paz— no tiene precedente y merece el reconocimiento de todos. Pero para que esa gigantesca empresa tenga éxito se necesita contar con una educación equitativa y de excelencia.

La búsqueda de la equidad no debe negar la aspiración a lograr la excelencia de la educación. La calidad, o excelencia, es irrenunciable en educación. Si se abandona el criterio del mérito y de la calidad, se estará construyendo un sistema educativo que no va a lograr la igualdad hacia arriba sino hacia abajo.

Lo que está en juego es mucho: en primer lugar, son millones de niños pobres que hasta hoy reciben una educación deficiente o mala; en segundo, la posibilidad de que se produzca una efectiva renovación cultural y moral de México.

El problema de la educación mexicana no es sólo de equidad, lo es también de calidad. Por otro lado, la calidad se asocia íntimamente a la evaluación. La evaluación no puede ser descalificada, es parte intrínseca de la pedagogía y es una condición insoslayable de la buena educación. Se logra la calidad cuando el maestro evalúa al alumno oportuna y adecuadamente.  

Se pueden tener buenos maestros cuando satisfacen ciertos requisitos, requisitos que sólo se miden mediante la evaluación. Ignorar esto sería grave error. La justicia social se disputa en los aprendizajes de los alumnos y en la calidad de la enseñanza de los maestros.

Olvidar el principio del mérito en la docencia y eliminar la exigencia de una mínima calidad en la enseñanza es una pauta que conducirá tarde o temprano a disminuir más los aprendizajes y a agravar la declinación de nuestro sistrema educativo.

Es verdad que los maestros son héroes ignorados, profesionales que se esfuerzan día con día para educar a sus alumnos en condiciones, en la mayor parte, adversas. Pero tampoco debemos dejar de lado la evidencia de que las prácticas docentes en general siguen patrones tradicionales y arrojan resultados globales insatisfactorios.

Es muy acertada la decisión gubernamental de fortalecer las escuelas normales porque estas instituciones —como sabemos— fueron olvidadas, marginadas y agredidas por las anteriores administraciones. Esta política antinormalista se aplicó durante décadas y produjo, como era de esperarse un deterioro en la formación inicial de maestros, aunque, hubo algunas de esas escuelas que mantuvieron su nivel de excelencia (la Benemérita Veracruzana, la Nacional de Maestros, la Normal Superior, la Benemérita de Coahuila, etc.)

Las escuelas normales están saliendo apenas de una larga noche de abandono. Es verdad que requieren una profunda transformación y esa transformación incluye, a mi juicio, primero, un incremento significativo de sus recursos financieros y, segundo, una renovación de su organización académica. Pero sería un error mostrarnos satisfechos con el estado actual de la formación actual de docentes. Por fortuna, está hoy en proceso una renovación del conjunto de las escuelas normales y tenemos la confianza de que pronto ellas podrán incorporarse al objetivo educativo de la Cuarta Transformación que consiste en educar ciudadanos para la construcción de una sociedad justa y democrática.

 

Gilberto Guevara Niebla

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