Opinión


De la sartén al fuego… ¿y de regreso?

De la sartén al fuego… ¿y de regreso? | La Crónica de Hoy

El debate, en principio absurdo, sobre si México era o es un país de clases medias tiene relevancia política inmediata. Por eso  vale la pena retomarlo. En estas páginas ya lo ha hecho, en la edición del domingo, Ricardo Becerra. Abonaremos a la discusión.

Concebir a México como un país de clases medias tiene como objetivo reivindicar el modelo de crecimiento económico de los años recientes.

Según esto, pasamos de ser una nación prevalentemente de pobres a una en la que un buen porcentaje de la población se autodefine como clasemediera y tiene consumos que así lo justifican. ¿Es cierto eso? Sólo jalando hasta el delirio el concepto. Y no es un delirio nuevo.

En febrero de 2011, el entonces secretario de Hacienda, Ernesto Cordero, para justificar el supuesto efecto social de la deducibilidad fiscal de las colegiaturas particulares, declaró que había familias “muy luchadoras” que con seis mil pesos mensuales (poco más de $8 mil 500 de hoy), y “muchos esfuerzos”, pagaban hipoteca, mensualidad del carro y colegiatura en escuela privada.

En marzo de ese año, el mismo personaje dijo que México “hace mucho que dejó de ser país pobre” y que, de acuerdo con las mediciones internacionales “ahora es de renta media que viene a consolidar las clases medias”. El entonces presidente Felipe Calderón respaldó la idea y, para demostrar que éramos de clase media, nombró la cantidad de familias con televisión y refrigerador.

El que un país sea “de renta media” en un mundo todavía marcado por la pobreza no significa que sea “de clases medias”, sino que es menos pobre que otros. Y la posesión de electrodomésticos era indicador de pertenencia a las clases medias en los años del desarrollo estabilizador, hace medio siglo. No lo es en el siglo XXI, cuando hasta los payasitos de crucero tienen celular.

En su momento, escribí que esas declaraciones eran como si López Mateos hubiera declarado en 1963, pomposamente, que México era un país de clase media, porque la mayoría tenía zapatos y luz eléctrica (que eran lo que definía a ese estrato a finales de la Revolución).

Y ahí siguen los adláteres de ese pensamiento dando vueltas a la noria, como si la evidencia de decenas de millones de mexicanos con ingresos y carencias en la satisfacción de sus necesidades básicas no fuera suficiente.

¿Por qué lo hacen? Porque creen que es posible convencer a la población de que regresar al viejo modelo de crecimiento es una buena idea. Porque no están dispuestos a entender que se trataba de un desarrollo demasiado desigual en lo social, que había obturado los antiguos mecanismos de movilidad y en el que la economía no había crecido lo suficiente como para hacer que, aun sin esa movilidad, las nuevas generaciones vivirían mejor que las anteriores.

Precisamente por ese divorcio de la realidad, esa ignorancia feliz acerca de las condiciones reales de vida de la población, esa creencia de que las mayorías estaban conformes, pudo López Obrador ganar las elecciones con tanta facilidad. Y ahora insisten en querer vendernos esos espejitos.

Aún antes de la pandemia, había evidencias de que el gobierno de López Obrador no cumpliría la mayoría de sus promesas de justicia social, en parte porque también AMLO está anclado en los años del desarrollo estabilizador, y en su mito. Aparte de los aumentos al salario mínimo y la reforma laboral, lo que vimos fue un gobierno tremendamente centralista y vertical, casado con el superávit fiscal, que hacía recortes ciegos al gasto público y que apostaba a fichas viejas e imposibles, como la resurrección de Pemex.

Ahora, con los efectos de la depresión mundial a cuestas, y cuando más urge dar un giro en la política económica, el gobierno lopezobradorista insiste en negar la realidad. Esto acrecentará la pobreza y generará tensiones sociales de todo tipo. Ha quedado claro que la intención no es la justicia social, sino el uso político de los recursos públicos para mantener el estado de cosas… pero con otro grupo en el poder.

Es seguro que hay muchos mexicanos que esperaban totalmente otra cosa del gobierno de López Obrador. Es la sensación de decepción de quien saltó de la sartén al fuego. ¿Pero no es absurdo pedirles que salten de regreso a la sartén? ¿No es ridículo asegurarles que no está caliente, sino apenas tibiecito? ¿Venderles la idea de que eran clase media cuando evidentemente no lo eran? La reacción lógica será mantener la fe en el nuevo cambio, y aceptar la degradación social como precio por no tener que volver a los tiempos pasados, que eran todo menos una “edad de oro”.

Lo que el país necesita es mirar hacia adelante. Ya ha mirado demasiado hacia atrás. Y si la oposición quiere recuperar a esa parte del electorado que alguna vez fue suya, requiere, en primer lugar, renovar su forma de pensar; entender que lo que ofreció ya no es apetecible y que la debilidad de López Obrador está en lo que no cumplió, mientras que su fortaleza está en haberse deshecho del viejo grupo en el poder y, al menos discursivamente, del viejo modelo.

México necesita un nuevo pacto social, y eso requiere de un equilibrio político suficiente como para poder forzar a un gobierno poco dispuesto a negociar. Pero ese nuevo arreglo, y más en las actuales condiciones económicas, tiene que poner en primer lugar la justicia social, lo que implica un papel más activo de un Estado con mejores instrumentos fiscales, una economía incluyente, y condiciones para generar inversión.

Ninguna de esas cosas se logra con la nostalgia hacia una época que no favoreció a las mayorías. Lo que se puede lograr, en todo caso, es repetir una derrota estrepitosa.

 

fabaez@gmail.com
www.panchobaez.blogspot.com
Twitter: @franciscobaezr

Comentarios:

Destacado:


LO MÁS LEÍDO

+ -