Opinión


De pie, Presidente

De pie, Presidente | La Crónica de Hoy

“A Juárez no se le puede arrancar del corazón de la patria,sin arrancarle a la patria su propio corazón.”

Jesús Urueta (1867-1920), político, orador y periodista mexicano,conocido como el Príncipe de la Palabra.

 

El 21 de marzo, en la alcaldía Benito Juárez, Ciudad de México, levantamos un homenaje especial en honor al presidente vitalicio, Benito Pablo Juárez García.

Una escultura de bronce de más de seis metros y dos toneladas, obra del escultor Ricardo Ponzanelli, que es la más fiel, físicamente hablando, a Juárez. Su rostro fue modelado directamente de la máscara mortuoria del presidente.

Queridos lectores, la semana pasada seguramente se encontraron con más de una columna dedicada a enaltecer las muchas virtudes del presidente vitalicio. En esta ocasión, yo les voy a platicar cómo muere Juárez.

Juárez tenía un problema de angina de pecho. Tenía cierto dolor en el corazón causado por la falta de irrigación sanguínea al músculo cardiaco, empezaban a morir sus células.

En 1872, Benito Juárez empezó a sentir un dolor muy agudo. Entró a la habitación su sirviente Camilo. —Llama al doctor Alvarado, tengo un dolor muy fuerte en el pecho. —Llegó el doctor Ignacio Alvarado y dijo a Camilo: —Tráeme agua hirviendo, borbollando. —El doctor Alvarado, desgarró la camisa del presidente y, estando Juárez consciente, empezó a verter el agua hirviendo en el moreno pecho de su paciente.

—¡Doctor, me está quemando!

—Perdone si lo lastimo Señor Presidente, pero es necesario.

Juárez se levantó, todavía quería recibir audiencia. El médico se lo prohibió terminantemente.

Otra vez el dolor. La angina de pecho acabó con el presidente.

Juárez parecía dormido. Ni una sola mueca de dolor. Ese rostro de 1872, con el que el presidente pasaba a ocupar su columna en el Eterno Oriente, es el mismo que el día de hoy se encuentra a las afueras de las estación del metro Parque de los Venados.

De pronto, un anciano exministro de Juárez, llega a verlo en su lecho de muerte. Juárez en un féretro. Con una espada flamígera, aquel anciano golpea tres veces el ataúd.

—¡Levantaos, Señor Presidente! Levantaos. ¡De pie, de pie, Señor Presidente! Usted siempre permaneció de pie.

Los verdaderos liberales volveremos a levantar los ideales de Benito Juárez en el siglo XXI.

 

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