Opinión


Del aquelarre a la hoguera: Una perspectiva feminista sobre la caza de brujas.

Del aquelarre a la hoguera: Una perspectiva feminista sobre la caza de brujas.  | La Crónica de Hoy

Mark Kurlansky, en su libro “La historia vasca del mundo” (2000), narra lo acaecido en una flota de bacalao proveniente St.-Jean-de-Luz en el país vasco. Era el año 1609, cuando a la embarcación llegaron espantosos rumores provenientes de tierra, de su provincia: al parecer, y sin que ellos lo hubieran previsto, estaban desnudando, apuñalando y ejecutando a muchas de las esposas, madres o hijas de los pescadores. Ante dichos enunciados, el grupo de marinos finalizó su pesca dos meses antes de lo previsto para volver a tierra. El barco se ancló frente al puerto del pueblo y la tripulación, garrotes en mano, liberó a un convoy de brujas que estaban por ser transportadas a la hoguera. “Esta resistencia fue todo lo que hizo falta para detener los juicios contra las brujas […]”, explica el autor.[1]

            Por desgracia, sucesos similares al caso en esta región del norte de la península ibérica no existen, o por lo menos no se tiene registro de reivindicaciones del tipo. La realidad es que, a partir del siglo XVI, la mítica caza de brujas derivó, tanto en Europa como en el continente americano, en miles de ejecuciones. La imagen de la bruja no se configuró hasta finales de la Edad Media, cuando la ortodoxia cristiana se veía amenazada por nuevas corrientes religiosas que jugaban con alterar el orden social. Los acusados de ser “adoradores del demonio” fueron muchos. Todo dependía de las conveniencias del poder en turno. Lutero fue acusado de ser hechicero. Ante exaltaciones sociales, cualquier líder podía ser etiquetado como hereje y juzgado por la inquisición. Los judíos fueron cruelmente señalados como entusiastas del demonio. Sin embargo, “más del 80% de las personas juzgadas y ejecutadas en Europa en los siglos XVI y XVII por el crimen de brujería fueron mujeres” (Federici, 2004)[2].

            La figura de la bruja se comenzó a dibujar en el imaginario popular con cuerpo de mujer a partir de la publicación del que después se convertiría en el libro de cabecera de la inquisición. Se trató de la obra Malleus maleficarum escrita por el inquisidor Heinrich Kramer en el año 1486. En este libro, el autor enuncia las distintas formas en que la debilidad femenina torna a las mujeres en seres propensos a la tentación demoniaca. Según el texto, la sexualidad de las mujeres es por naturaleza insaciable. Siendo pervertidas y embusteras, las brujas, de acuerdo con Malleus Maleficarum, no solamente son capaces de volar o causar tormentas, sino que también cuentan con la capacidad de privar al varón de su alma – y también de sus órganos sexuales.

En fin, estas acusaciones y el elevado número de mujeres siendo víctimas de dicha caza nos obliga a analizar de forma minuciosa este fenómeno histórico bajo la lupa del género. De tal forma, aunque historiográficamente la caza de brujas ha estado siempre asociada con la rebelión de ciertas mujeres durante su tiempo, no fue hasta el auge del feminismo, durante la década de 1960, que el suceso logró ser estudiado a partir del género.

La ecuación es sencilla: el medioevo significó la solidificación de un catolicismo patriarcal que lograba asentar sus bases económicas y sociales en el monopolio de lo sobrenatural. Las personas, en general, que significaban una amenaza contra esta estructura de poder, debían ser eliminadas. Personas, digo, porque claro que hubo hombres que al retar el estatus fueron acusados de hechiceros y quemados en la hoguera. A pesar de ello, inconsciente o conscientemente, las cuestiones culturales que guiaban al género durante esta época convirtieron a las mujeres en las portadoras de magia negra. Las acusadas solían ser las campesinas, las solteras o las viudas, las curanderas o las parteras, las mujeres que poseían grandes porciones de tierra o las que pasaban demasiado tiempo fuera de casa: las que, independientes del apoyo directo de un hombre, eran capaces de… ser, por mérito propio. “Cuando una mujer piensa por sí misma, piensa de forma maligna”, reza Malleus Maleficarum. Así, la caza de brujas tuvo un poderoso efecto disciplinario en las mujeres.

El libro “Calibán y la bruja” (2004) escrito por la filósofa e historiadora especialista en la caza de brujas, Silvia Federici, sitúa bajo la sombrilla de su tesis el hecho de que estos garrafales actos jamás hayan sido debidamente calibrados. Es más, la cifra exacta de mujeres torturadas y asesinadas en la hoguera no se puede determinar, porque el evento parece haber sido eliminado de las páginas de la historia occidental o convertido en folclore puro, en leyenda, en atracción turística como sucede con el caso de las brujas de Salem.  

                De hecho, dada su turbadora historia, esta pequeña ciudad de Massachusetts cuenta con un museo dedicado a las famosas brujas de Salem. El museo busca, a través del uso de figuras de yeso y diversos recursos digitales o sonoros, introducir al visitante en el más escalofriante y sobrenatural de los escenarios. Utiliza las básicas técnicas de las casas de terror de las ferias. Omite materiales didácticos que porten a la reflexión, y la información historiográfica concisa no existe: ¡Vamos, es más una atracción turística que un punto de análisis sobre esta desazón histórica! Y lo mismo pasa con la figura de la bruja en general, es parte del pensamiento mágico colectivo, una imagen que se comercializa, que se difunde que se utiliza para asustar o incluso reír. Sigue siendo considerada por el imaginario de la sociedad occidental como lo que debe ser destruido para contar con un “final feliz”.

Lo cierto es que, no podemos reescribir la historia, pero sí, en memoria de estas víctimas solicitar que se construyan espacios públicos que cuenten con datos verdaderos y fidedignos, desvinculados de la mitología, del pensamiento mágico y la superstición.

Recordemos que la superstición, el miedo irracional colectivo, es una técnica que funciona de maravilla para facilitar el control de masas. Entonces, cada vez que la aldea se topaba con algún problema que estuviera fuera de sus posibilidades como epidemias, tormentas, malas cosechas, hambrunas, - realmente, lo que sea – se culpaba a la bruja. La visión dualista del bien y el mal apenas instaurada durante la Baja Edad Media nutría al símbolo del diablo como el enemigo supremo de la humanidad. La bruja, al ser su amiga, su esclava, su amante, pone en peligro a la humanidad y obra con el único fin de hacer el mal. El proceso de demonización es más bien una técnica para eliminar todo rasgo de empatía, hacer desaparecer la posibilidad de solidaridad.  Ellas habían sido demonizadas y, a través de esta demonización, disciplinadas.  

“A partir de esta derrota [la caza de brujas] surgió un nuevo modelo de feminidad: la mujer y esposa ideal – casta, pasiva, obediente, ahorrativa, de pocas palabras y siempre ocupada en sus tareas.” Silvia Federici, (2004).

La demonización de la figura femenina logró domesticar a la mujer. La imagen de la mujer con un apetito insaciable, la rebelde, salvaje que se formulaba con la bruja, tras la sanguinaria persecución mutó a la fotografía de la mujer casta y pura, esa que es asexual y siempre más virtuosa que el hombre. “La niña buena”, “La niña bien”, “La que es material para casarse”, “la hogareña”, “la madre ejemplar”, “la virgen”. La huella fue tan honda, la percepción social de género se clavó tanto que hoy, 400 años después de la caza de brujas, se perpetúa.

¿Dices que no? Hoy en el siglo XXI, la demonización de la mujer sigue dividiéndonos en buena y malas: ¿Eres de las íntegras que merece casarse, o eres de las insurrectas que se quedará sola por lo que le resta de vida? Esta percepción dual hace que, en México, muchos osen satanizar las acciones feministas de protesta– unido a la forma en que la mujer viste, habla o actúa – antes que a la garrafal violencia de género que parece estarse convirtiendo en una nueva caza de brujas.

Como mencioné anteriormente, no podemos reescribir la historia, pero el presente sí puede redireccionarse. Despojando de todo carácter sobrenatural al fenómeno de la caza de brujas, nos damos cuenta de que seguimos estando muy próximos a este suceso.

Entre el año 2010 y el 2015, en México, La Comisión Ejecutiva de Atención a las Víctimas estimó 2 millones 900 mil ataques sexuales, de los cuales únicamente 83 mil se denunciaron. De los 83 delitos sí denunciados, únicamente 29 se consignaron a un juez.[3] Los asesinatos de mujeres por razones de género aumentaron un 104% en los últimos tres años. En total, por lo menos 9,225 mujeres han sido víctimas de homicidios dolosos en México durante estos últimos tres años.

Aun así, hay quien sigue encendiendo hogueras para quienes luchan contra esta situación. Porque soy de un país en donde las personas se escandalizan más por los monumentos vandalizados, que por estas cifras. La visión de la mujer domesticada se ha naturalizado y perpetuado tanto que en la mente de un amplio número de ciudadanos que no es el hombre el que debería sentir vergüenza por las 9 mujeres asesinadas al día. Es ella la que es situada sobre tela de juicio por salir a la calle, por hablar en alto, por exigir seguridad, respeto, equidad.

Los grupos feministas son los nuevos aquelarres; en las redes y en los señalamientos sociales se encuentra la leña para encender las hogueras. Se le juzga a ella por insurrecta, a ella por rebelde, a ella por saltarse los cánones del género, a ella por bruja. Por pedir un país en el que se sienta segura de caminar a solas por la calle, por pedir libertad, por demandar no ser tratada como un objeto. Peticiones más que coherentes, lógicas, racionales. 

 Al final, le guste a quien le guste, el feminismo es la única revolución del siglo XXI que está por trastocar los órdenes y las jerarquías del juego social. No podemos reescribir el pasado, pero sí redireccionar el curso del presente. Y hasta que no haya un cambio de paradigma, esta avalancha no parará.

“Somos las nietas de todas las brujas que nunca pudieron quemar” Tish Thawer, (2015). [4]

 

 

 


[1] Kurlansky, Mark (2000), La historia vasca del mundo, Barcelona, Ediciones del Bronce.

[2] Federici, Silvia (2004), Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Traficantes de sueños, Madrid.

[3] “Abusos contra mujeres: o no se denuncian o se quedan impunes”: https://noticieros.televisa.com/especiales/abusos-mujer-impunidad-violencia-genero/

[4] Thawer, Tish, (2015), The Witches of BlackBrook. Amber Leaf Publishing.

Comentarios:

Destacado:

LO MÁS LEÍDO

+ -