Opinión


Del pensamiento ocioso, a Carlo Ginzburg e Irene Vallejo

Del pensamiento ocioso, a Carlo Ginzburg e Irene Vallejo | La Crónica de Hoy

Me gusta el pensamiento que no tiene un fin utilitario y lo pongo en práctica con más frecuencia de la que usted se imagina. Lo que casi nunca hago es llevar al papel los pensamientos ociosos, pero cuando uno tiene la cabeza puesta en un texto utilitario que demanda concentración, las mejores válvulas de escape, o, mejor dicho, las mejores bancas de parque en las que podemos sentarnos antes de regresar al texto utilitario son las que construimos con los textos de pensamientos ociosos que tuvieron la fortuna de verbalizarse, o más concretamente, escribirse.

El pensamiento ocioso potencialmente escribible, me gusta más que fijable porque si un estado de la lengua es imposible fijar porque de él sólo recuperaremos sus sombras como aparentemente lo dijo Platón tras ser “fijado” una y otra vez, imaginemos un estado del pensamiento ocioso que es un híbrido del sueño y la vigilia. Se le parece al sueño porque es fácilmente olvidable si no se le apunta. Aunque el ocio me obliga a ser más explícito. Para recordar el sueño hay que apuntarlo todo o de preferencia grabarlo, en cambio al pensamiento ocioso potencialmente escribible, le bastan algunas claves mínimas para articularse nuevamente en la memoria.

Pero si uno es amigo del olvido y tiene relaciones de dependencia con las exomemorias, como todos los hijos de la hipermodernidad, tanto el papelito como el archivo digital que contiene las claves para recuperar un pensamiento ocioso potencialmente escribible, no las encontraremos, al menos no cuando las necesitemos.

Si aceptamos este destino sin hacer aspavientos, podemos decir que hay casos en los que el azar juega un papel importante en los pensamientos ociosos potencialmente escribibles. El mío es de ellos.

El punto es que hace unas semanas en un Diccionario de Sinónimos, Antónimos e Ideas afines editado por Teide en 1969, en tercera edición “colaborativa” de Santiago Pey y Juan Ruiz Calonja que le gana las vencidas a Google en ciertos momentos clave de mis búsquedas, bien editado, pequeño y al que le debo una nueva encuadernación que lo dignifique por los servicios prestados, me encontré entre sus páginas un papelito doblado en dos con la clave esquematizada de un pensamiento ocioso. En realidad, se trataba de una secuencia de palabras de una suerte de ociosidad que estuve pensando hace como diez años.

Transcribo la secuencia: Cine “mudo”– periodo SILENTE Chaplin (tristeza)– ver de nuevo “tiempos modernos” y –[en estos corchetes imagine el lector una carita triste.]

Tampoco descubría nada nuevo pero el pensamiento ocioso a propósito del verdadero periodo silente de Chaplin tras la aparición del cine sonoro me obliga a explicar la secuencia: con la palabra mudo entre comillas ponía de manifiesto que era una forma torpe de llamarlo como muchos lo han escrito ya, con la palabra silente en mayúsculas quería referirme a mi manera al verdadero periodo de silencio del gran actor y mostrar mi empatía por su tristeza de la que también hay kilos de páginas escritas y no se cuantos bytes más consumiendo energía. La carita triste, en cambio, tiene otro significado era, y es, un signo de enojo contra mí y explico ahora mi contrariedad.

Mi pensamiento ocioso consistió en imaginar a un Chaplin gordo con su sombrero de bombín, apoltronado con el control remoto del televisor en modo “zapping” y con dos orejeras bajo el estereotípico sombrero negro. La carita triste se deriva de que el pensamiento ocioso, aunque escribible, como lo acabo de hacer, tenía una mejor salida mediante una viñeta y la naturaleza me negó el don del trazo libre.

Otra característica del pensamiento ocioso potencialmente “verbalizable”, “escribible” o “viñetizable”, es que permite la articulación en un campo de completa libertad. Y aquí entra Ginzburg de quien cito las palabras traducidas del italiano al español por la doctora Laura Gandolfi en un seminario extraordinario organizado por nuestra Máxima Casa de Estudios:

“Sabemos muy poco, por ejemplo, de la manera en que la criptomemoria, es decir, la memoria inconsciente, actúa mediante acciones incontroladas en el momento en que nos acercamos a un texto. Hablo por experiencia directa, una experiencia ligada a mi labor de estudioso de historia, pero creo que una experiencia análoga es compartida, en distintos niveles por todos los que se acercan a un texto. Tal vez muchos no lo admitan, ya que se trata de relaciones inconscientes que actúan en nosotros sin que nos demos cuenta; pueden ser relaciones ligadas a elementos del mismo texto, o bien ligadas a otros textos, quizás leídos años antes, y almacenados en nuestra memoria, o bien relaciones extratextuales, que nos proyectan fuera del texto en una realidad que hemos vivido o imaginado.”

Y bueno, del libro de la simpática y brillante Irene Vallejo, El infinito en un junco, subrayé unas líneas que pusieron en juego la memoria inconsciente y mi reserva de nombrar como mudo al cine previo al sonoro, la cito y la gloso con un solo párrafo para recomendar su magnífico trabajo:

“El cine, que empezó siendo un espectáculo mudo, persiguió ansiosamente el tránsito al sonoro. Mientras duró la etapa silente, las salas dieron trabajo a unos curiosos personajes, los explicadores, que pertenecían a la antigua tribu de los rapsodas, trovadores, titiriteros y narradores. Su tarea consistía en leer los rótulos de las películas para el público analfabeto y animar la sesión. En los comienzos, su presencia era tranquilizadora porque la gente se asustaba al ver por primera vez una proyección. No entendían cómo podía brotar una calle (o una fábrica, un tren, una ciudad, el mundo) de una sábana. Los explicadores ayudaban a suavizar el extrañamiento del cine, cuando las imágenes en movimiento entraron en nuestras vidas. Acudían provistos de artilugios como bocinas, carracas y cáscaras de coco para reproducir los sonidos que se veían en pantalla. Señalaban a los personajes con un puntero. Respondían a las exclamaciones del público. Improvisaban expresivos monólogos al hilo de la acción. Interpretaban, daban carácter a la silenciosa trama. Desataban carcajadas. En el fondo, intentaban llenar el inquietante vacío que creaba la ausencia de voces. Los explicadores más divertidos y elocuentes llegaron a ser anunciados en los programas de los cines porque muchos espectadores acudían a las salas atraídos por ellos, y no por las películas.”

La glosa es mínima: Cuando la retórica se pone en marcha con elegancia como en el caso de Irene Vallejo, el orden de los términos en latín por lo regular alude a nombres de obras literarias, y algunas palabras o citas que así lo requieren. Esa retórica en la que el juego de técnicas se asume implícitamente sin necesidad de enunciarse encajando banderillas con latinajos a la menor provocación, es lo que nos agrada del trabajo de esta brillante filóloga que recorre la historia de la lectura y sus interfaces de una manera persuasiva y altamente recomendable.

 

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