Opinión


Democracia o autoritarismo

Democracia o autoritarismo | La Crónica de Hoy

*Pablo Xavier Becerra Chávez

 

 

Desde el inicio del actual gobierno se ha desarrollado una discusión sobre hacia dónde va nuestro país, si en una ruta para consolidar la democracia o hacia un régimen autoritario.

Para el presidente López Obrador se ha iniciado la cuarta transformación de la vida nacional, que está construyendo una verdadera democracia, en la cual el pueblo por fin cumple el papel decisivo, guiado, por supuesto, por él. En esta visión presidencial lo que teníamos hasta su triunfo electoral no era una democracia plena, sino apenas una tímida caricatura, opacada totalmente por la corrupción, la impunidad y el dominio de la mafia del poder. Las elecciones eran caras y se caracterizaban por el fraude electoral, con excepción por supuesto de la de 2018. En la visión presidencial es necesario reconstruir (o regenerar, como lo indica el nombre de su partido) todo.

Para algunos críticos del gobierno actual es posible detectar fuertes signos de una tendencia autoritaria, de una fuerte tentación presidencial de avasallar a los otros poderes y a los organismos autónomos, una actitud intolerante hacia la oposición y la prensa crítica, e incluso de una fuerte tentación por reelegirse. Veamos los componentes del rompecabezas.

El presidente López Obrador desde su inicio contó con una cómoda mayoría en las dos cámaras del Congreso de la Unión, y además ha logrado consolidar una alianza con el PVEM y algunos otros legisladores escindidos del PRD, lo que le ha permitido alcanzar la mayoría calificada en la de diputados y estar a unos cuantos escaños de ella en la de senadores. De tal manera, el actual Presidente tiene lo que varios de los presidentes del pasado no tuvieron: mayoría en el Legislativo. Esto le ha permitido sacar adelante buena parte de su agenda de modificaciones legales sin mayor problema. Donde sufre un poco es en las reformas constitucionales, particularmente en el Senado, pero ahí también ha logrado concretar algunas gracias a la capacidad negociadora de Ricardo Monreal.

Al Poder Judicial, el Presidente lo golpeó fuertemente al inicio de su gestión, particularmente con el tema de los elevados sueldos de jueces, magistrados y ministros. La táctica presidencial surtió efecto y logró que los ministros de la Corte declararan que se bajarían los sueldos, no al nivel que exigía AMLO, pero finalmente el poder de los tribunales se alineó con la política presidencial en la materia. Un episodio obscuro se presentó con la renuncia de la Presidenta del Tribunal Electoral, mediante la presión del Presidente de la Corte, lo cual pone severamente en riesgo la autonomía del Poder Judicial. Queda en entredicho hasta qué punto la Corte podrá ser un contrapeso al poder presidencial durante el sexenio.

Con respecto a los organismos autónomos, el golpeteo presidencial ha sido incesante. AMLO no ha disimulado su antipatía hacia esos organismos, desde el que organiza las elecciones hasta los que tienen que ver con otras áreas económicas especializadas, como la regulación energética. AMLO acusa al INE de organizar elecciones caras y poco confiables. Cuando esa instancia multó al partido Morena por el fideicomiso para apoyar a los damnificados del terremoto, AMLO, entonces Presidente electo, se le fue a la yugular y acusó a sus consejeros de ser parte de sus adversarios, los conservadores.

Cuando el titular de la CRE cuestionó las propuestas presidenciales para consejeros de ese organismo, el Presidente ejerció su “derecho de réplica” (como él dijo) y en plena conferencia mañanera acusó de conflicto de intereses, corrupción y lavado de dinero a ese funcionario y sus familiares, con el apoyo de la Secretaría de la Función Pública y el titular de la Unidad de Inteligencia Financiera. El nombramiento de los consejeros de la CRE ha establecido el modelo para los nombramientos en otros organismos autónomos. Ante propuestas de muy bajo nivel y su rechazo por el Senado, el Presidente volvió a presentar las mismas propuestas, y ante el nuevo rechazo simplemente los nombró él mismo.

Con respecto a la oposición política, la actitud presidencial es de desprecio y ninguneo. Ningún presidente anterior había tratado a la oposición como el actual. Para AMLO toda la oposición es conservadora, no hay matices. Cuando Salinas, dijo frente a los gritos de la oposición: “ni los veo, ni los oigo”, esa expresión quedó grabada como el máximo ejemplo del desprecio presidencial hacia la oposición. Ahora, no faltan quienes justifican al actual Presidente sus andanadas permanentes contra la oposición, a la que AMLO permanentemente desacredita con el argumento de que quienes lo critican fueron los artífices del modelo neoliberal, de la corrupción y la impunidad.

AMLO también vive en una permanente cruzada contra la prensa crítica, a la que acusa de ser fifí (que según él desciende directamente de la prensa que festejó el golpe de estado contra Madero) y conservadora. Pero curiosamente no critica a las grandes televisoras que antes eran sus enemigas, sino a periodistas o medios en específico. En este contexto, AMLO libra una guerra diaria contra el periódico Reforma, al que acusa de haber apoyado a Salinas, de haber solapado los fraudes electorales en su contra, etc. Sin lugar a dudas, esto forma parte de la visión muy personal de la actividad política que tiene AMLO, para quien tener un enemigo fácil de ubicar y atacar es fundamental.

AMLO vive todos los días un desdoblamiento de personalidad. Por las mañanas, en sus conferencias de prensa diarias, ataca a sus adversarios favoritos: los “conservadores”, los “fifís”, los que “gritan como pregoneros”, etc. Pero por las tardes, cuando debe compartir un mitin con algún gobernador de un partido distinto al suyo, llama a la reconciliación y recuerda a sus seguidores que la campaña ya terminó. ¿Cuál AMLO es el verdadero? Los dos. Vive en campaña electoral permanente —tal vez para su posible reelección— y para ello necesita enemigos a los cuales atacar, pero al mismo tiempo debe tomar decisiones y aplicar políticas en consenso con los gobernantes de otros partidos.

Estas fuertes tendencias autoritarias se complementan con la política social, que concentra el otorgamiento de beneficios en la figura Presidencial, así como con el liderazgo nato que ejerce sobre su partido Morena. El resultado final es un presidente con un gran poder en un contexto institucional débil y con una oposición igualmente débil.

 

*Profesor-investigador del Departamento de Sociología de la Unidad Iztapalapa de la Universidad Autónoma Metropolitana.

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