Opinión


Desconcertada oposición

Desconcertada oposición | La Crónica de Hoy

Una triste realidad se puso de relieve en el barullo de la celebración del primer aniversario de la 4T: los adversarios del gobierno están totalmente desorientados. Y, al parecer, sin posibilidad alguna de levantar cabeza en el corto plazo.

De un lado se hallan quienes, acicateados por la concurrencia a la marcha contra la administración del presidente López Obrador, ven cercana la constitución de un bloque opositor robusto aunque variopinto, y el regreso a los tiempos de las mayorías artificiales.

Del otro, quienes consideran de plano que no hay oposición y ya encendieron la linterna para buscar un líder providencial, capaz de acaudillar al electorado multiforme que no votó por el tabasqueño.

Unos y otros se lamentan de la situación nacional, como si de verdad la cosa fuera  como para lamentarse.

Como si en julio de 2018 no hubiera ganado, limpiamente —lo reconocieron hasta las piedras—, una nueva mayoría conformada por la parte de país que por décadas fue ignorada por los dueños del poder.

Una mayoría que, desde luego, no le gusta a los detractores del mandatario, pero que tiene todo el derecho y la legitimidad para aplicar sus tesis, aquellas por las que votó 53 por ciento del electorado.

La democracia —señalan expertos en el tema— se funda en el reconocimiento de la fuerza de la mayoría; pero también el respeto por la  minoría.

La oposición es entonces indispensable en todo régimen democrático, a condición de que sea una oposición honesta, leal, nacionalista, y que juegue limpio.

Y tiene que ser escuchada; pero en modo alguno puede aspirar a que sus planteamientos sean necesariamente vinculantes. Para aspirar a concretarlos deberá esperar las próximas elecciones.

Los detractores de la 4T configuran un amasijo ideológico indescifrable, un puchero en el que flotan panistas, priistas, perredistas e híbridos de toda clase, con intereses inconciliables, salvo el común aborrecimiento al gobierno.

Semejante batiburrillo, no obstante, denota impaciencia. La administración federal cumple apenas un año —con aciertos notables, pero también con fallas y hasta clamorosos desastres—, mas ya le exige los resultados que el anterior régimen no dio en cuatro décadas.

Se abstiene, en cambio, de reconocerle aun lo más obvio: el haber consumado una transición pacífica y evitado un  cambio traumático, con un estallido social de consecuencias impredecibles, a la manera de las rebeliones violentas contra la derecha —eso son— en Sudamérica, donde la izquierda sólo ha podido ser expulsada a la mala.

Veamos. En Chile, donde los niveles de desigualdad —uno por ciento de los chilenos acumula un tercio de la riqueza— son idénticos a los de México, la gente se afana en echar del poder, a punta de bombas molotov, a Sebastián Piñera.

En Argentina, dentro de 72 horas el derechista Mauricio Macri tendrá que cederle la silla al peronista de centro izquierda Alberto Fernández, mientras en Brasil Jair Bolsonaro se aferra al poder hasta con las uñas, y Lula y Dilma ya están siendo absueltos. Y en Colombia, Iván Duque —patético mandadero de Álvaro Uribe— hace malabares para no derrumbarse.

En Ecuador el derechista Lenín Moreno está siendo echado a escobazos, si bien en Uruguay la izquierda perdió ante el derechista moderado Luis Lacalle, y en Bolivia tuvo que ser maquinado un cuartelazo para expulsar Evo.

De tal escenario se salvó México, para vergüenza de quienes se desternillaron de risa frente a las advertencias del riesgo de que se soltara un tigre, y de quienes por estos días se mofan de Alfonso Romo y Bernardo Bátiz.

El jefe de la Oficina de la Presidencia dijo que nuestro país tiene problemas serios, delicados y tristes, por ejemplo en el campo de la seguridad; pero añadió:

”Sí tú ves el mundo cómo está… Ahí tienes a España, que apenas está conformando su gobierno, Italia no tiene gobierno; en Inglaterra, con el brexit, hay un caos complicado…

“Si vemos a Chile, para qué te digo. Si vemos a Colombia, hoy hay disturbios; Argentina, con problemas muy fuertes… Ecuador, Bolivia… Y México, de veras, es un paraíso que muchas veces no valoramos”.

Y Bátiz, al ingresar al Consejo de la Judicatura, hizo notar que mientras en diversas partes del mundo los cambios han desencadenado problemas, en México “el régimen neoliberal fue rechazado en las urnas, en un proceso transparente y no impugnado; debemos congratularnos por eso”.

El panista converso al  obradorismo advirtió incluso que en nuestro país la gente manifiesta su hartazgo por la falta de oportunidades y la marginación que un sistema injusto, elitista, desigual y racista ha provocado por decenas de años.

Cualquiera que sea la realidad, es claro que acicateados por la concurrencia a la marcha anti Peje de hace una semana ya asomaron quienes anhelan el regreso a los tiempos de las mayorías postizas.

O sea, aquellas mayorías que resultaban de elecciones tramposas, compra de votos, alianzas contranatura, manipulación de medios, inducción de ciudadanos a punta de carretadas de dinero en publicidad, cooptación o franca adquisición, peso sobre peso, de legisladores…

Mayorías engañosas que durante décadas avalaron la formulación de políticas públicas y la concreción de cambios estructurales patentemente divorciados del grueso de los mexicanos.

La manifestación cívica contra el gobierno, en la capital del país, en efecto resultó la más concurrida de su género en lo que va del presente gobierno. Pero también la más elocuente.

Fue la comprobación de que los partidos de oposición, que deberían ser los interlocutores del gobierno, no existen. Y que sus dirigentes ya perdieron la vergüenza y ahora se meten a codazo limpio en huestes ajenas para tratar de tripularlas.

En la marcha, en la Ciudad de México, participaron panistas como Marko Cortés, Santiago Creel y Mariana Gómez del Campo, al lado de activistas dizque apartidistas como María Elena Morera y Javier Sicilia, o actores de dolorosas circunstancias familiares como Julián y Adrián LeBaron o Mariana Moguel.

Y en Guanajuato, en León, se sumó con su cara de cemento a la protesta el inefable Vicente Fox, con mejor suerte que en junio pasado cuando fue echado a trapazos de la marcha contra el primer aniversario del triunfo pejista.

Adscrito ya al mosaico de maniqueos que sin recato proclaman “¡la izquierda soy yo!”, Cuauhtémoc Cárdenas no marchó con el sancocho opositor; pero merecía lugar en el centro de la descubierta.

Se lo ganó a pulso son su declaración de que no ve una izquierda organizada, ni a ningún político importante ubicado “en lo yo llamaría izquierda”.

Y si bien se entiende que a nadie considere a la altura de los más grandes próceres de la Patria y mucho menos de su padre, Lázaro Cárdenas del Río, se antoja simple mezquindad el decir que desconoce en qué lugar se ubican Morena y el gobierno, desde el punto de vista ideológico.

“No conozco cuáles son las propuestas de Morena para elevar el crecimiento económico o para hacerlo sostenido y a largo plazo. Ni conozco sus propuestas respecto a la política exterior ni para reducir la desigualdad”, dijo.

¡Vaya, pues, que está confundida la oposición!

 

aureramos@cronica.com.mx

 

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