Opinión


Detrás de la última puerta

Detrás de la última puerta | La Crónica de Hoy

*Dr. Gerardo Gamba

 

Lo conocí en una guardia cuando era interno de pregrado en el Hospital General de México. Era un paciente que estaba internado en el pabellón de Cardiología en el que me tocó rotar. Fue mi segunda rotación después de la de Patología. Me quedaban aún la de Urgencias, la de Infectología y después de tres meses en un centro de salud en Santa Úrsula, Coapa, vendrían las rotaciones de Pediatría y Ginecobstetricia. Corría el año de 1983 y era la primera vez que tendríamos la oportunidad y responsabilidad de atender enfermos, en ocasiones, en ausencia de algún médico residente. Con el pasar de los años, cada vez que veo a un estudiante que termina los ciclos clínicos y va a iniciar el internado de pregrado pienso: no sabes lo que te espera, pero te va a gustar. Aunque pueda ser cansado y a veces doloroso, vas a tener vivencias que definirán el resto de tu vida, tanto profesional, como personal.

Juan Alberto era un muchacho de 14 años de edad. Yo no era más que ocho años mayor que él, pero ciertamente, con mucho mejor suerte que la que había tenido este niño en su vida. A los cinco años de edad había contraído fiebre reumática y el padecimiento le dejó como consecuencia una serie de daños valvulares en el corazón que, por supuesto, pasaron desapercibidos por varios años en el pueblo en el que vivía, con nulo acceso a algún médico con el conocimiento, experiencia e interés necesario como para detectar el problema en forma temprana. Le ponías un estetoscopio en el pecho y escuchabas un concierto de soplos sistólicos y diastólicos, dignos de retar al más experimentado cardiólogo. Entonces no existían los ecocardiogramas con los que hoy se puede hacer un diagnóstico preciso en cada válvula. Las cavidades cardíacas estaban tan dilatadas que el muchacho tenía el corazón del tamaño de un melón y estaba por supuesto con franca insuficiencia cardíaca.

Postrado en una cama, se movía todo el tórax con cada latido cardíaco y no podía hablar de corrido porque le faltaba el aire. Recibía la dosis tope de los medicamentos de la época para el tratamiento de la insuficiencia cardíaca: digital, diuréticos y algún vasodilatador, pero no era suficiente. Estaba al borde del edema agudo pulmonar.

Lo único que podría haber hecho diferencia en ese momento sería un trasplante cardíaco, pero aun faltaban muchos años para que se hiciera el primero de estos procedimientos en México, que 15 atrás había inmortalizado a Christiaan Barnard, el primer cirujano que hizo un trasplante cardíaco en el mundo, en diciembre de 1967, en la Ciudad del Cabo, en Sudáfrica.

El paciente murió 18 días después por una neumonía, pero Barnard pasó a la historia de la medicina para siempre. Hace algunos años un sobrino mío que estudiaba entonces en Estados Unidos, llegó a la casa en Acapulco en donde pasábamos una vacaciones, con un muchacho extranjero que me presentó como un nieto de Barnard: ¿Barnard? le dije yo, ¿del cirujano que hizo el primer trasplante cardíaco? A lo que el muchacho contesto: Así es, creo que estoy condenado a que siempre me presenten de esta manera.

Lo que más me impresionó de Juan Alberto fue la conciencia tan clara que el muchacho tenía de la muerte cercana. A pesar del grado avanzado de insuficiencia cardíaca y probablemente como parte de su delirio, me decía que quería convencer a una enfermera del servicio, por la que sentía atracción, de tener una relación sexual con él, para no irse de este mundo sin conocer esa sensación. Así han de haber sido los humanos en los siglos anteriores al XIX, cuando no existía el concepto de que muchas muertes se podían prevenir o evitar con tratamientos médicos. Supongo que en esos siglos, desde muy temprana edad se tenía conciencia de que la muerte podía llegar a edades tempranas y que alcanzar la edad adulta era parecido a ganar el premio de una tómbola. Con frecuencia digo en broma que el concepto de que el matrimonio es para toda la vida se inventó cuando la esperanza de vida era de 35 años. Hoy en día, cualquier muchacho de 14 años de edad supone sin dudarlo que va a vivir al menos hasta los 80 o 90 años y aquellos que no entienden cómo se calcula la esperanza de vida, creen que van a vivir hasta los 120 o 140 años. Esta perspectiva nos da una idea de lo mucho que ha avanzado la medicina en dos siglos.

Juan Alberto se fue empeorando durante la guardia. No había nada qué hacer. Lo último que me dijo fue: “Qué bueno que estás aquí, doctor, porque no me quiero morir solo”. Horas mas tarde falleció. Lo acompañé todo el tiempo que pude. Cuando murió lo tenía tomado de la mano. No se fue solo. Al salir de la guardia, en el Metro de regreso a casa me acompañó en silencio su recuerdo. Me dejó una enseñanza enorme. No debemos olvidarnos que desde sus orígenes, una de las funciones primordiales del médico es consolar y acompañar a los enfermos en esa difícil transición que hay entre la vida y la muerte.

Todos hemos experimentado alguna vez la sensación que da ingresar a un lugar desconocido. Siempre da miedo. No sabe uno qué hay detrás de la puerta. Pero si alguien te acompaña, te sientes más seguro. Peor aún cuando es el viaje póstumo. Nadie sabe qué hay detrás de esa última puerta. Se han hecho varias propuestas y hasta han ocurrido guerras para defenderlas. Pero, de cualquier forma, cuando llega el momento, sí que da miedo. Hacer que el viajero se sienta acompañado es lo mejor que podemos ofrecerle a quien llega a ese irremediable momento.

 

Director de Investigación, Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán y Unidad de Fisiología Molecular, Instituto de Investigaciones Biomédicas, UNAM.

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