Opinión


Diarios de la epidemia del SARS, China 2003

Diarios de la epidemia del SARS, China 2003   | La Crónica de Hoy

(Segunda Parte)

 

22 de abril (martes)

 

 

"que dice Carlos Puig que si quieres tener una entrevista con él y con Ciro Gómez Leyva en su programa de la radio", me dice Pilar esta mañana mientras revisa sus correos en la computadora. Entonces le llamó al embajador para pedir su autorización y acepto finamente la entrevista. El virus del SARS me ha regalado los 15 minutos de exposición radiofónica a la que todos tenemos derecho.

Preparo (...) apuntes para la entrevista.

Una de las primeras consecuencias visibles de esta enfermedad es que ha resultado una  prueba de fuego para el nuevo grupo en el poder encabezado por el presidente Hu Jintao, como  máximo representante de la así llamada “cuarta generación” del gobierno comunista en China, es decir, aquellos que vivían su infancia  cuando Mao Tse Tung conquistó el poder en 1949.

El SARS se ha presentado entonces como una suerte de doloroso rito iniciático para el gobierno recién estrenado, y ha servido lo mismo para ajustar la enorme y en algunos casos anquilosada maquinaria del Estado; para evidenciar las vastas zonas de rezago social que enfrenta el país; y también para revivir la vieja estructura molecular del Partido Comunista, pues ciertamente  un papel importante en la guerra contra el SARS lo están jugado los comités distritales y vecinales del PCCH, que se encargan ahora de ejecutar y vigilar en los niveles más bajos las severas medidas decretadas por el gobierno para detener al enemigo viral.

Estas medidas incluyen cuarentenas masivas, denuncias de personas sospechosas de contagio, cierres de carreteras, el anuncio de la cancelación de la próxima semana  y la alteración completa de la vida cotidiana a la  que se han disciplinado centenas de  millones de seres humanos con relativa facilidad.

Las otrora temibles brigadas rojas que fueron la base social que dio sustento a la Revolución Cultural, de alguna manera han sido recuperadas no sin causar inquietud entre aquellos que sufrieron los horrores de la era de la persecución y el fanatismo proletario a finales de la década de los sesenta.

Como un paisaje ya casi olvidado de la era revolucionaria, en los últimos días era común encontrarse en los callejones y las plazas  de Pekín con reuniones informativas al aire libre, encabezadas por los dirigentes vecinales del Partido —con una banda roja y amarilla atada al antebrazo—, quienes proporcionan información y coordinan con el resto de los vecinos las acciones diarias a tomar para enfrentarse a la epidemia, y que comprenden la de­sinfección cotidiana de los sitios públicos —incluyendo los baños en aquellos barrios donde este servicio es comunitario por no existir sistemas de drenaje en las viviendas—, suministro de víveres para las familias que se encontraban en cuarentena, flores y ceremonias de bienvenida para recibir a aquellos que han terminado felizmente el aislamiento, o movilizaciones para tapizar calles y avenidas de la ciudad con información sobre higiene personal y medidas preventivas básicas para hacer frente a la enfermedad. Una verdadera cruzada sanitaria de raíz institucional, pero con un fuerte contenido de masas.

 

23 de abril (miércoles)

Esta mañana le he marcado a la señora Lee. Nuestra reserva de víveres comienza a escasear al cumplirse dos días de cuarentena. De inmediato se organizó un operativo para reabastecernos la despensa con lo más indispensable. El apoyo incluyó algunos guisos calientes preparados por el cocinero de la embajada.

Para hacernos llegar la comida se implementó un mecanismo muy simple: me arrojaron una soga a la terraza de mi departamento, en el otro extremo de la cuerda fueron amarrando en bolsas de plástico los productos, y yo sólo tuve que jalar de la cuerda para quedar reabastecidos. La operación la repetimos tres o cuatro veces, pero en todo momento yo debí mantenerme lo más alejado de la ventana, con cubrebocas y guantes de látex.

Convertida en la ciudad más afectada de China, al momento de escribir estas notas Pekín suma 1,400 casos de contagio, de los cuales se contabilizan 75 muertes y un ritmo de crecimiento de poco más de cien nuevos casos por día, que en una metrópolis de 14 millones de habitantes obliga a ponderar el problema en su justa dimensión.

Esto quiere decir que la posibilidad de contagiarse hasta este momento es de una en diez mil; y más aún, que de acuerdo a la tasa de mortalidad de 5 por ciento que presenta el SARS (reconocida por la propia Organización Mundial de Salud) la probabilidad de perecer a causa del mal para un residente de Pekín es tan sólo de una en 200 mil, una proporción no muy diferente al riesgo adquirido por un pasajero al momento de abordar un avión. Siempre y cuando, por supuesto, ese vuelo no incluya a un miembro de la tripulación contagiado por el virus, tosiendo y esparciendo los gérmenes a diestra y siniestra. 

Es por ello que algunos se preguntan ahora, sobre todo tras los primeros signos de que la epidemia comienza a ceder terreno en otras partes, como Vietnam, Toronto y Singapur, si acaso no se recordará más tarde al SARS como una más de las  alarmas que terminaron por apagarse, como el Ébola africano del 95,  o la fiebre aftosa del 2001; o si acaso no estamos ante la reedición de un fenómeno del miedo como un asunto global, es decir, el comienzo de una época marcada por la indefensión y la incertidumbre colectiva: del sida y el Antrax al terrorismo y la guerra, de los virus cibernéticos a las catástrofes ecológicas o sanitarias, el siglo XXI se nos presenta como una amenaza constante, lo que abona el terreno para la aparición de esta nueva pesadilla que no estaría sino confirmando el nuevo sino mundial.

Con todo, y pese al alivio que podría representar las estadísticas anteriores, la partida ahora se encuentra del lado del pesimismo y de la angustia, un temor acicateado en parte  por la presentación desproporcionada del problema en la prensa internacional  —“el miedo y los medios”, diría Umberto Eco—; o bien por la preocupación legítima de la gente que ha visto vulnerada su seguridad ante un enemigo invisible y del que aún se conoce muy poco; y  a causa también de los primeros titubeos del gobierno local en el manejo informativo y sanitario de esta crisis, mismos que ahora se intenta rectificar con medidas que algunos llegan a considerar draconianas, pero que constituyen además de un recurso necesario ante la expansión indomeñable de la epidemia, la muestra de que en China existe el entarimado institucional que requiere una crisis de esta naturaleza, lo que no ocurría en otros países de la región que serían aún más vulnerables ante una situación semejante.

Desde que el pasado 20 de abril se ofreció la información completa de la situación en Pekín, confirmado las sospechas de la OMS en el sentido de que existían muchos más casos de los hasta entonces documentados, y tras las dimisiones del Ministro de Salud y del Alcalde de Pekín, la información fluye con mayor precisión y se realizan reportes y monitoreos diarios. Se construyó un nuevo hospital en tiempo record a las afuera de la ciudad con mil camas para atender exclusivamente a los contagiados de SARS, más de 10 mil personas purgan cuarentenas precautorias en diversos puntos de la ciudad con vigilancia policial que garantiza su enclaustramiento —entre ellos nosotros, aunque sin policías, claro, bendita inmunidad diplomática que, pese a todo, no garantiza la inmunidad viral—; se cerraron escuelas y bibliotecas, las principales universidades, los sitios de entretenimiento; e incluso se suspendieron los enlaces matrimoniales en el ánimo de hacer todo lo que esté al alcance para disminuir el riesgo de contagio en sitios concurridos.

 

edbermejo@yahoo.com.mx
Twitter: @edbermejo

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