Escenario


Diego Enrique Osorno y la contracultura poética en México

Lo que nos espera tras la cuarentena. El periodista y cineasta comparte con Crónica detalles de su documental Vaquero del mediodía, en el que sigue el rastro del poeta Samuel Noyola y que retrasó su estrenó por las medidas contra el Covid-19 

Diego Enrique Osorno y la contracultura poética en México | La Crónica de Hoy

Foto: (Especial Yair Hernández / Tercera Vía) Fotograma del filme.

“Desde nuestra propia experiencia, observamos que, dentro de esta masa burocrática inútil, aún existen personas con un enorme compromiso humano”, dijo.

 

Uno de los sectores que han sido mermados con las constantes coyunturas gubernamentales, sociales e incluso religiosas, es la cultura, la cual ha intentado sobrevivir ante una corrección política y las limitaciones ideológicas de la última década. Si bien, esto ha sucedido en cada periodo generacional, no cabe duda que la inmediatez de las opiniones digitales ha orillado a ciertas figuras a blindarse o aislarse de la corrosión generada por la polarización actual. 

Samuel Noyola, poeta regiomontano, es probablemente una prueba palpable de cómo el arte puede llegar a instancias de absoluta lucidez, para después ser devorado por aquellos demonios criados por una sociedad que ha dejado la sensibilidad de su entorno en segundo plano. 

Años atrás, el cineasta Diego Enrique Osorno tuvo un encuentro con el autor del libro Tequila con Calavera, el cual se convertiría indirectamente en un autor arropado por el mismo Octavio Paz, ganador del premio Nobel de Literatura en 1990. Al intentar un reencuentro con Noyola, el director de Entrevista con un Zeta (2013) descubriría la desaparición del talentoso escritor, iniciando una investigación profunda acerca de su paradero. 

El autor del libro El cártel de Sinaloa (2009) externó a Crónica las razones por las cuales inició dicha investigación, así como su vínculo con el protagonista de su documental más reciente documental Vaquero del mediodía: 

“En 1999 conocí a Samuel en Monterrey, en una época donde mi interés por la poesía predominaba por encima del periodismo, siendo consciente de la leyenda en la que él (Noyola) se había convertido, tanto por ser el discípulo perdido de Octavio Paz como por considerarse un poeta maldito, con un carácter complicado que generaba miedo en mucha gente, y fue esa figura la que, incluso influyó para acercarme a mi carrera periodística”, dijo el escritor al recordar su primer acercamiento con el poeta. 

“Años después, estando instalado en la Ciudad de México, decidí buscarlo para intentar un intercambio de ideas, y fue cuando descubrí su desaparición, con la posibilidad de que viviera en desamparo; durante mi investigación descubrí mundos muy contradictorios alrededor de Samuel. Por un lado, la revolución nicaragüense; su vínculo con Octavio Paz; el mundo de los vagabundos; todo acerca de las zonas populares de la Ciudad de México; el universo del tarot; en fin, todo me creó una necesidad por descifrar el misterio de ¿quién es Samuel Noyola?”, complemento Diego ante su vínculo directo con el documental. 

“No puede haber un gran poeta, sin un mito que lo sostenga” es una frase que el documental utiliza como una analogía del uso del dolor, sufrimiento y catarsis con el objetivo de otorgar funcionalidad al arte, y de lo cual nos habla el director en función de los conductos creativos que descubrió del propio Noyola: 

“Es justamente una de las preguntas que estaba en mi cabeza durante todo el proceso, y que, creo, alcanza al mismo espectador. Hablando de la correlación entre el sufrimiento y la obra artística, es casi un cliché, sin embargo, con la oportunidad de documentar la vida de un poeta con la profundidad que alcanzamos, el cliché cobra mayor dimensión convirtiéndose en una interesante inquietud, no solo de la creación artística sino también un cuestionamiento humano relevante para todos”, expresó Enrique Osorno. 

“La película plantea el mito del Vaquero del mediodía, pero a la par estamos observando la historia de Samuel Noyola como ser humano, creando una experiencia con dos caminos a seguir, sin necesidad de conocer un contexto cultural específico”, agregó el documentalista al hablar de la cercanía de la historia con el espectador.

Los trabajos del periodista galardonado con el Premio Nacional de Periodismo 2013, funcionan como una primera plataforma para indagar en los círculos de arte o política, esencia que aún mantiene en su más reciente trabajo de acuerdo a sus propias palabras: 

“He hecho este ejercicio en caso todo lo que hago. Un ejemplo claro es La muñeca tetona (2017) que parte de una premisa sencilla y trivial, para usarla como mecanismo para hablar del mundo intelectual y el poder; dicha herramienta en el caso de la historia de Samuel es llevada a un nivel más ambicioso, ya que la reflexión que se intenta lograr es la búsqueda de la redención a través de la poesía en tiempos de barbarie”, dijo respecto a la intencionalidad de su trabajo. 

Finalmente, el director Diego Enrique concluyó con la postura del trabajo ante la problemática de las desapariciones forzadas, y el papel de las autoridades en los procesos de búsqueda: 

“La crisis de desapariciones en el país ha desbordado al estado, y no solo es evidente en nuestro trabajo, sino que han sido diversos esfuerzos periodísticos los que han evidenciado la incapacidad e indolencia del estado frente a dicha crisis; sin embargo, desde nuestra propia experiencia, observamos que, dentro de esta masa burocrática inútil, aún existen personas con un enorme compromiso más humano que siguen intentando hacer algo al respecto, y esto realmente me sorprendió”, finalizó sobre los procesos gubernamentales ante las desapariciones forzadas. 

Finalmente, el director de Silvestre (2016) invitó a las personas a no enmarcar su trabajo en una atmósfera de crítica social, sino también en una reflexión acerca de la literatura, la vida en las calles, la propia salud mental e incluso con lo metafísico, creando una experiencia diferente y diversa para el que viva esta experiencia.

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