Opinión


Dr. Lorenzo Córdova, Consejero Presidente del INE

Dr. Lorenzo Córdova, Consejero Presidente del INE | La Crónica de Hoy

Sí, finalmente Andrés Manuel López Obrador alcanzó el sueño de su vida, que fue cumplir su primer año como Presidente de los Estados Unidos Mexicanos.

El sueño de su vida cumplió un año en el poder. Muchos de mis colegas e intelectuales están vertiendo sus balances sobre los pasados doce meses; y algunos lo hacen con el mismo humor de los 19 años transcurridos desde su primera candidatura. Yo le quiero llamar la atención sobre un elemento: el poder. Y vaya que AMLO lo tiene y lo disfruta. A diferencia de sus antecesores, AMLO concentra más poder que ningún otro presidente desde Carlos Salinas de Gortari, su némesis.

También muchos analistas y columnistas hemos señalado que entre sus aspectos negativos, levanta la mano como el principal, su autoritarismo, que como el sudor que el clima de su tierra le provoca e igual le escurre por la mente y el cuerpo. No voy a indicarle a usted qué pensar al respecto, sino a exponerle lo que los harvardianos Steven Levitsky y Daniel Ziblatt plantean en su magnífica obra Cómo mueren las democracias, para que usted saque sus conclusiones. Digo, por si le preocupa que, dentro del cambio de régimen que establece la Cuarta Transformación se nos vaya a morir la aún  incipiente democracia que tantos recursos nos ha costado.

Levitsky y Ziblatt estudiaron cómo es que en distintos países y a lo largo de los siglos XX y XXI, gobiernos democráticamente elegidos al poco se tornaron autoritarios a la vista de sus ciudadanos; analizan gobiernos de derecha y de izquierda con el propósito de alertar a su propio país, los Estados Unidos, de los riesgos que están corriendo en la era de Donald Trump

Pero vayamos a lo nuestro.

La primera característica de un comportamiento autoritario es el rechazo o la débil aceptación de las reglas democráticas del gobernante, que se manifiesta a través de varias conductas, pero de manera sobresaliente su rechazo a la Constitución. El propio López Obrador declaró hace una semana que “las reformas de mi gobierno equivalen a una nueva Constitución”.

Más claro, ni el agua. Según él, para allá vamos… de su mano, como lo demostró la zocarronería al anunciar que había aprobado la extinción de dominio y la prisión preventiva oficiosa, disposiciones que ignoran por completo un principio fundamental del Derecho, que es la presunción de inocencia, esencial para la justicia y la protección de los derechos individuales.

Por cierto, AMLO y sus legisladores incondicionales llevan el récord de reformas constitucionales —ocho— y en segundo lugar las 59 leyes y reglamentos que han aprobado.

La segunda característica es la negación de la legitimidad de los adversarios políticos que se expresa cuando el gobernante afirma que sus rivales constituyen una amenaza existencial o los describe como delincuentes y los descalifica para participar de manera plena en la esfera política.

En este último aspecto, los ejemplos sobran. Cada vez que AMLO tiene un micrófono en la mano, expresa toda clase de descalificaciones a sus enemigos, pues no parece considerarlos sólo adversarios. No aporta argumentos al respecto y ésta es la clave. En un juego democrático limpio, justo y legal, los que piensan distinto al gobierno en turno tienen todo el derecho de hacerlo y de manifestarlo para que en el libre intercambio de ideas y datos veraces, la ciudadanía decida hacia quién orientar sus simpatías. Pero la franca realidad es que para AMLO, el que no está conmigo, está contra mí… El único poseedor de los datos que cuentan es él y ni siquiera los comparte. En consecuencia, el adversario/enemigo es un neoliberal, un fifí, conservador, neofascista, mezquino, enemigo del cambio, chayotero, canalla, cretino, en fin, la mafia del poder

Lo que más llama la atención es que el presidente no tendría ninguna necesidad de insultar todos los días a sus adversarios. Cuenta con la sólida legitimidad de los 30 millones votos con que ganó la Presidencia y aunque haya perdido 10 puntos porcentuales de aceptación hasta octubre pasado, nadie antes había logrado apoyo popular tan avasallante. Domina el Congreso. En la mano tiene al Poder Judicial, tal y como él quería gobernar ¿Por qué, entonces, su obstinado discurso divisionista? ¿Para qué derruir cualquier otra fuente de información o de pensamiento? ¿Qué más necesita para afianzarse en la silla presidencial...?

¿Por miedo de perder el poder?

¡¿Es que estamos ante un presidente con miedo..?!

Mañana le agrego algo más…

 

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