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Eduardo Matos Moctezuma: arqueólogo de arqueólogos”, escribe Leonardo López Luján

Recuerdo que, en aquel verano interminable, una sobredosis de futbol, bicicleta y televisión, hizo que mi madre me espetara en más de una ocasión el típico “a ver si ya haces algo de provecho”. Su insistencia me trajo a la mente a Eduardo Matos Moctezuma, a quien había visitado con mi padre un año antes en sus excavaciones.

Eduardo Matos Moctezuma: arqueólogo de arqueólogos”, escribe Leonardo López Luján | La Crónica de Hoy

Eduardo Matos Moctezuma en una estampa como torero. María Félix y Eduardo Matos.

Parte I

Haciendo Memoria

A mediados de 1980, cuando concluí mis estudios de secundaria, tuve que enfrentarme a un prolongadísimo periodo vacacional que era el preámbulo forzoso de la preparatoria. Recuerdo que, en aquel verano interminable, una sobredosis de futbol, bicicleta y televisión, hizo que mi madre me espetara en más de una ocasión el típico “a ver si ya haces algo de provecho”. Su insistencia me trajo a la mente a Eduardo Matos Moctezuma, a quien había visitado con mi padre un año antes en sus excavaciones. Entonces, con el arrojo propio de un adolescente, tomé el teléfono, le marqué y sostuve con él una conversación tan breve como eficaz. Al mostrarle mi entera disponibilidad para sacar tierra y piedra sin necesidad de una paga, Eduardo me respondió de manera lacónica: “Ven mañana al Templo Mayor. Preséntate a las ocho, ya sabes cómo llegar”.

Y ahí me tienen al día siguiente en la calle de Seminario, junto con los 600 trabajadores que de manera cotidiana se daban cita para exhumar la más célebre pirámide del mundo mesoamericano. Desde entonces, y gracias a esa oportunidad única en la vida, he colaborado con Eduardo en el equipo que ha hecho florecer como nunca los estudios mexicas. Estos 39 años de experiencias compartidas son más que suficientes para que hoy les pueda hablar acerca de mi maestro con conocimiento, pero sobre todo, con un grandísimo orgullo.

¿Cómo condensar una vida tan fructífera en ese breve lapso? Quizá sería más conveniente invitar a las jóvenes generaciones presentes en esta sala a revisar la biobibliografía de Eduardo Matos Moctezuma que con gran cuidado preparó Lourdes Cué y que vio la luz en 2003 bajo el sello de El Colegio Nacional. Igualmente interesantes son las cuatro semblanzas contenidas en el libro de homenaje editado en 2006 por el INAH, y coordinado por David Carrasco, Lourdes Cué y un servidor. Recomiendo también las largas entrevistas que el propio David y yo le hicimos a Eduardo a partir de 1994. Intituladas Breaking Through Mexico’s Past fueron publicadas en inglés en 2007 por la University of New Mexico Press y al poco tiempo en nuestro idioma por la Editorial Porrúa, pero ahora como Los rompimientos del centauro. En cierta forma, la existencia de tales obras me exculpa del apresurado recuento que les haré a continuación.

UN HOMBRE, UNA INSTITUCIÓN.  De entrada, si tuviéramos que definir con unas cuantas palabras al Eduardo que está a punto de cumplir sus 79 diciembres, diríamos simple y llanamente que es un hombre jovial, particularmente inquieto y siempre lleno de proyectos. Lo caracterizan una profunda curiosidad por lo que sucede a su alrededor y una inigualable determinación, al tiempo que lo guía un sentido a ultranza de la ética profesional y la responsabilidad, además de un gusto enfermizo por la puntualidad.

Como es bien sabido, Eduardo Matos Moctezuma es, en la actualidad, profesor-investigador emérito del Museo del Templo Mayor y, sin duda alguna, se encuentra ya entre los más grandes arqueólogos de todos los tiempos. Su trayectoria lo ubica claramente como “un hombre institucional”, pues llegó hace poco a los 59 años de servicio en el Instituto Nacional de Antropología e Historia. Allí ha ocupado casi todos los puestos imaginables. Comenzó en 1960 como “practicante en ciencias histórico-geográficas”. Luego fue designado subjefe del Departamento de Monumentos Prehispánicos y, más tarde, su director. También fungió como jefe de la especialidad de arqueología en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, y, casi de inmediato, como director de dicha institución. Asimismo, presidió durante un año el Consejo de Arqueología, para después convertirse en titular del Museo Nacional de Antropología y, finalmente, del Museo del Templo Mayor, todo esto sin contar el largo periodo en que estuvo al frente del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social.

LOS INICIOS. Pero más que ofrecerles una lista de cargos, ejercidos todos con liderazgo y sabiduría salomónica, lo que nos interesa aquí es hacer hincapié en la dimensión intelectual de Eduardo Matos Moctezuma. Ese largo recorrido comienza en 1959, cuando a los 19 años de edad ingresó a la ENAH. Abrevó entonces en la mejor arqueología de la época, pues fue discípulo o colaborador directo de gigantes como Ignacio Bernal, Román Piña Chan, Jorge Acosta, Ignacio Marquina, Calixta Guiteras, José Luis Lorenzo, Richard McNeish, Bodo Spranz y Miguel Messmacher. En 1965, ante un jurado presidido por el catalán Pere Bosch Gimpera e integrado por Arturo Romano, Leonardo Manrique, Noemí Castillo y Julio César Olivé, Eduardo sustentó con autoridad su tesis La revolución urbana en la Cuenca de México. Así, obtuvo el título de licenciado en Arqueología por la SEP y, automáticamente, el de maestro en Ciencias Cntropológicas por la UNAM.

Al igual que los demás integrantes de su generación, Eduardo Matos quedó profundamente marcado por la Revolución cubana, la Guerra Fría, el movimiento del Black Power y los trágicos sucesos del 68. Dichos acontecimientos lo hicieron adoptar una posición crítica tanto en lo que a política se refiere, como en su propio quehacer profesional. Así, en abierto rechazo a la llamada Escuela Mexicana de Arqueología, fundada por Alfonso Caso y sus contemporáneos en los años treintas, Eduardo hizo suyas las posiciones del materialismo histórico, sustentadas en la lectura cuidadosa de las obras de Louis Althusser, Eric Hobsbawm, Maurice Godelier, Vere Gordon Childe y Miguel Othón de Mendizábal.

En aquellos años formativos, Eduardo Matos se sumó como ayudante a numerosos proyectos arqueológicos del área maya y del centro de nuestro país. Ya como estudiante, ya como profesionista en ciernes, destacó en los equipos que exploraban los sitios de Comalcalco, Bonampak, Tepeapulco, Tlatelolco, Teotihuacan, el Centro Histórico de la Ciudad de México, Totemihuacán, Malpaso y Cholula, proceso a lo largo del cual iría forjando su estilo personal de trabajar.

TULA. Mucho más trascendentes, empero, fueron las excavaciones que él mismo encabezó durante su madurez en las dos máximas capitales altiplánicas del Posclásico. Me refiero a Tula y a Tenochtitlan, ciudades ambas que investigó con equipos interdisciplinarios a partir de los años setenta. En la primera de ellas y de manera innovadora para un proyecto mexicano, Eduardo siguió una doble estrategia con el fin de comprender a cabalidad el fenómeno urbano. Emprendió, por un lado, un estudio de macroárea, valiéndose de fotografías aéreas y recorridos de superficie para identificar, en un área de 15 kilómetros cuadrados, más de un centenar de sitios que iban del remoto Preclásico al momento de la llegada de los españoles. Localizó allí los principales yacimientos de caliza y obsidiana, identificó los usos del suelo y definió los sistemas hidráulicos principales. De manera complementaria, realizó un estudio de microárea en el núcleo del asentamiento. Por medio de excavaciones extensivas liberó de los escombros el Juego de Pelota 2 y el tzompantli asociado, en tanto que la exploración de pozos estratigráficos le sirvió para descubrir que la ciudad tuvo sus orígenes hacia el 700 d.C. en el denominado Tula Chico. De esa manera logró definir las principales transformaciones socioeconómicas que vivió la región a lo largo de los siglos e intentó definir las leyes subyacentes.

TENOCHTITLAN. De manera muy especial debo mencionar el Proyecto Templo Mayor, fundado por Eduardo en 1978 bajo el auspicio de la Presidencia de la República, el INAH y la Fundación Jenkins. Su investigación partió del postulado teórico de que la pirámide principal de Tenochtitlan era el reflejo ideológico de la estructura social mexica. Por consecuencia, las dos capillas que coronaban el edificio, una dedicada al dios guerrero Huitzilopochtli y la otra al dios pluvial Tláloc, serían la apariencia fenoménica de una economía basada en la imposición militar y la exacción de tributo a los pueblos sojuzgados, por un lado, y la agricultura y la cosecha de granos, por el otro.

Con esas ideas como faro, en tan sólo cinco años se lograron liberar de los escombros 13 mil metros cuadrados del Centro Histórico de la Ciudad de México, lo que equivale al 10% de la superficie que habría abarcado el recinto sagrado y al 0.1% de la extensión que habría tenido Tenochtitlan a principios del siglo XVI. Entonces no sólo se exhumaron las 13 ampliaciones que hoy conocemos del Templo Mayor, sino otras 14 construcciones religiosas que lo circundaban, un cúmulo considerable de pinturas murales y esculturas adosadas a la arquitectura, así como 107 ofrendas con más de 7 mil objetos. En forma paralela, Matos coordinó la conservación in situ de los monumentos recién descubiertos; la restauración en el laboratorio de los artefactos y los ecodatos recuperados; el acondicionamiento de la zona arqueológica para la visita turística; la creación de un museo de sitio que exhibe los tesoros resultado de las excavaciones; y la fundación de un centro de investigación que ha producido en cuatro décadas más de 1,200 publicaciones y un centenar de tesis de grado y de posgrado.

LA FAMA. En términos de mi joven hija Emilia pudiéramos decir que, entre 1978 y 1982, el Templo Mayor se volvió un auténtico trending topic y que Matos se convirtió en una “figura pública” y, por qué no, en un reconocido influencer. En mi memoria están muy presentes algunas de las personalidades que visitaron las excavaciones. Mandatarios y mandamases como José López Portillo y El Negro Durazo, Valery Giscard d’Estaing y François Miterrand, Jimmy Carter y Henry Kissinger, el rey Juan Carlos y la reina Sofía, Maurice Bishop y Erick ­Honecker; artistas y gente del espectáculo como Jane Fonda y Olga Breeskin, Carlos Saura y Franco Zeffirelli, Rufino Tamayo y José Luis Cuevas; premios nobel como Octavio Paz y Gabriel García Márquez y un largo etcétera. Sin embargo, por mi inclinación hacia la ciencia, confieso que quienes más me impresionaron fueron Jacques Cousteau y su hijo Philippe, ambos maravillados por los corales y los caracoles marinos que yo estaba excavando. Como suele suceder, gente malintencionada comenzó a rumorar que Eduardo se pasaba todo el día guiando al jet set local e internacional, cosa que puedo desmentir con muchas fotos que demuestran que él, al igual que nosotros, se ensuciaba las manos y los pantalones en las trincheras. Aclaro que no se trata de fotomontajes.

 

Integrante y presidente en turno de El Colegio Nacional.

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