Opinión


Educación emocional: Compromiso y deuda con nuestras juventudes

Educación emocional: Compromiso y deuda con nuestras juventudes | La Crónica de Hoy

Daniel Goleman (referente de la inteligencia emocional junto a Peter Salovey y John Mayer) puso en el camino de sus investigaciones el término analfabetismo emocional, que, aunado a los conceptos de otros autores, podemos considerar como la deficiencia para poder comprender, explicar, conocer, reconocer, dirigir, aceptar, expresar, gestionar, crear y compartir nuestras propias emociones con aquellos con los que nos relacionamos, en el momento y en el contexto en el que lo hacemos.

Así, hablar de analfabetismo emocional es señalar un déficit en los conocimientos, habilidades y competencias personales y sociales no sólo de carácter intelectual o cognitivas, sino afectivas y emocionales, que el ser humano ha experimentado a lo largo de su vida escolar, familiar, comunitaria o laboral.

¿Desde dónde y bajo qué procesos e instrumentos podremos atender y revertir este analfabetismo emocional?

Más allá del lugar común y del uso excesivo e indiscriminado que se ha hecho sobre el ahora cliché “antes de conocer y amar a los demás, conócete y amate a ti mismo”, uno de los fundamentos de la inteligencia emociona,l y en contra del analfabetismo emocional, es precisamente partir de la autoconsciencia, del autoconocimiento, pero en estrecha relación con el contexto, en donde la existencia social del ser humano no implica la negación de su individualidad, sino una interacción compleja y dialéctica entre uno y otro para el desarrollo integral de su personalidad.

Lo anterior resulta ser la base fundamental de la Educación Emocional, entendida como un proceso educativo permanente formal (escuela), no formal (laboral) e informal (contexto sociocultural) mediante el cual se vinculan complementariamente la cognición con la emoción para el desarrollo de conocimientos, habilidades y competencias que permitan al individuo afrontar de manera pacífica, con un adecuado manejo de los conflictos interpersonales, los obstáculos y desafíos para el logro de los objetivos personales, colectivos y sociales.

Así, la Educación Emocional es imprescindible en una época transicional en que todo fluye con increíble rapidez líquida, en que el desarrollo de las tecnologías de la información y comunicación, si bien optimizan el espacio-tiempo de las actividades humanas, han llevado al asilamiento neurótico del individuo con un insoportable estrés y ansiedad, que, finalmente, lo conduce hacia la apatía e indiferencia, incluso ante la vida, la existencia y la muerte, colocando fundamentalmente a los jóvenes en una situación de vulnerabilidad emocional y social.

Con base en lo anterior la Educación Emocional de las juventudes tiene como objetivos generales (en los que coinciden de diferente grado y manera las corrientes de la pedagogía afectiva, de la inteligencia emocional, la neurociencia, la psicología humanista y de las teorías de las emociones y de las inteligencias múltiples) la de generar habilidades y competencias que hemos detectado en tres grandes rubros, y que se exponen sinópticamente: Emocionales de tipo personal, como la conciencia crítica de sí mismo, conocimiento de las propias emociones, la autoseguridad, automotivación, iniciativa y optimismo, así como la regulación de los impulsos y flexibilidad ante los cambios. Emocionales de tipo interpersonal, como la empatía, la tolerancia activa (aceptar al otro en cuya interacción se señalan errores y aciertos en el actuar) y la identificación de las emociones de los demás para establecer relaciones positivas. Y emocionales de tipo social, como la comunicación asertiva para la cooperación y colaboración grupal y en equipos, dialogicidad entendida aquí como la libertad de expresar los sentimientos y emociones para el aprendizaje mutuo, negociación y resolución pacífica de conflictos, resiliencia y liderazgo democrático como agente de cambio para la toma consensuada de decisiones.

Es importante señalar que esta Educación Emocional debe llevarse a cabo (en el contexto familiar, comunitario, laboral y escolar/curricular), no sólo compartiendo conocimientos teóricos y prácticos sobre las emociones, sino poniendo afecto a los procesos educativos, que, en conjunto, nos permitirán rescatar lo que en la alborada de nuestra inteligencia nos permitió caminar, avanzar y progresar: la actitud emocionalmente creativa, liberadora y hasta divertida, que parece diluirse en la desesperanza aprendida de la cotidianidad.

Por ello consideramos oportuno señalar que las instituciones de educación básica, media superior y superior, las diversas organizaciones de la sociedad civil, los centros laborales, y todo organismo e institución pública o privada que desarrollen procesos de formación, capacitación e instrucción, deberían considerar la Educación Emocional como un tema transversal, al igual que la perspectiva de género, los derechos humanos, la transparencia o el desarrollo sustentable. Sin duda, así lo exige esta época transicional, mediante el objetivo común no sólo de resolver pacíficamente los problemas que nos aquejan, sino de crear mejores seres humanos, sociedades y un mejor mundo posible.

Tenemos, entonces, el compromiso y la deuda con nuestras juventudes de ir más allá de la óptica vetusta del Enseñar para Saber Hacer, de ir con ellas para Enseñarnos a Saber Ser, a educarnos por intermediación del mundo (parafraseando a  Freire) para despertar en todos nosotros el gusto por la libertad, la igualdad y la fraternidad, con ese sentimiento y emoción de ser corresponsables de la humanidad y su destino.

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