Opinión


Educar para la libertad

Educar para la libertad | La Crónica de Hoy

La educación para la libertad tiene como objetivo formar hombres libres. Un hombre es libre cuando piensa por sí mismo, cuando posee una visión propia del mundo, cuando toma decisiones sin obedecer la voluntad de otros hombres. 

Formar hombres libres debería ser principio superior de nuestra educación, pero ese propósito, muchas veces, se ha perdido de vista. Las leyes educativas no lo establecen como prioridad, pero los educadores deben tenerlo presente, todo el tiempo, no sólo cuando imparten la asignatura de Formación Cívica y Ética.  

En su furia anti-neoliberal, el presidente ha terminado por tirar, junto con la tina, al agua sucia y al bebé. Neoliberalismo no es liberalismo. Muchos mexicanos somos críticos del neoliberalismo, pero queremos para México los valores liberales.  

Que los ciudadanos mexicanos tengan un carácter robusto, posean una sólida autoestima, piensen de manera autónoma y sean críticos de la realidad en que viven es un propósito educativo laudable. Claro, liberalismo no equivale a individualismo exacerbado, a egoísmo, a una voluntad aislacionista al estilo del Nietzche. 

La educación debe unir –como lo marca la ley—la libertad con la solidaridad. La libertad se adquiere en la escuela cuando se ponen en práctica pedagogías que atienden la personalidad entera de cada alumno. La solidaridad se adquiere en un ambiente escolar donde se promueve la empatía, el respeto y las habilidades sociales. 

En México se han reunido muchas circunstancias para obstaculizar la educación para la libertad. Una de ellas es que la relación maestro-alumno es muy baja, es decir, los grupos de clase son muy numerosos y esto dificulta la atención personalizada al alumno. 

Otra circunstancia adversa es el dominio que ha tenido el libro de texto (gratuito) sobre las prácticas de enseñanza que utilizan los docentes. Lamentablemente, una buena acción (ayudar a la economía familiar con libros gratuitos) ha redundado con el tiempo en un efecto negativo (la afirmación de una pedagogía libresca). 

Pero la circunstancia más decisiva es que, en términos relativos, y en el largo plazo, la inversión en educación ha venido disminuyendo dramáticamente. El dinero educativo no alcanza. La matrícula es enorme, el número de maestros es reducido, insuficiente, sobre todo si se piensa en el ideal de tener –en todos los grupos— sólo treinta alumnos y contar en cada aula con docentes auxiliares.

Las necesidades materiales son crecientes y los recursos para atenderlas decrecientes (siempre en términos relativos). Los gastos para edificios, mantenimiento, mobiliario, computadoras, laboratorios, bibliotecas modernas, campos deportivos, y gimnasios para 250 mil escuelas (desde preescolar hasta preparatoria), en cantidad suficiente (holgada) son inmensos y los recursos siempre insuficientes. 

Pero el gasto mayor es en salarios para maestros cuyo monto absorbe, probablemente, más del 90 % del presupuesto educativo. Hay más de 2 millones de maestros. Sus salarios son relativamente bajos y esa condición contribuye –más que cualquier otra—a la devaluación social de la profesión magisterial. 

La educación para la libertad, no obstante, debería ser preocupación central de las escuelas normales y de los programas de formación continua de docentes. ¿Qué estrategias pedagógicas crear para enfrentar estos obstáculos y conseguir la meta de educar para la libertad? He aquí un tema de investigación educativa y de desarrollo técnico de la docencia.  


 

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