Opinión


Educar para la prevención de riesgos y la resiliencia

Educar para la prevención de riesgos y la resiliencia | La Crónica de Hoy

Hasta 1985, septiembre había sido para los mexicanos sinónimos de festejo y alegría, luego de los sismos del día 19 y 20 de ese año la concepción cambio.

34 años después, coincidentemente el día 19 de septiembre, luego de conmemoraciones y simulacros, la fatalidad se hizo presente en varias entidades del país derivado de la actividad sísmica, demostrando, una vez más, la vulnerabilidad del hombre ante la naturaleza.

Han pasado más de tres décadas y todavía cabe preguntarse: ¿Qué ha aprendido la sociedad mexicana de los lamentables sucesos? ¿Cómo se ha avanzado en la construcción de una cultura de prevención?

Cierto es que lo desconocido genera temor, y para contrarrestar temores se debe fomentar el conocimiento y la preparación. En ese sentido, en los últimos años, varias instituciones académicas del país, tanto a nivel técnico como profesional, implementaron carreras relacionadas con la Protección Civil. En algunos casos, gobiernos como el de la Ciudad de México crearon especialidades y posgrados en este tema  en la Escuela de Administración Pública (EAP).

Un caso que llama la atención es la creación y operación de la Escuela Nacional de Protección Civil (Enaproc), dependiente del Centro Nacional para la Prevención de Desastres (Cenapred), ya que es una institución educativa de nivel medio superior y superior orientada a la formación y capacitación de técnicos, profesionales y especialistas en materia de protección civil y gestión integral del riesgo, que sigue prácticamente sin ampliar su matrícula a ocho años de su creación

La Enaproc, además, tiene un conjunto de programas de formación a distancia dirigidos al público en general, entre los que destacan: Técnico Básico en Gestión Integral del Riesgo; Los desastres y sus efectos psicológicos; Evaluación de estructura; Prevención de riesgos en tu escuela, entre otros.

El objetivo ha sido generar la profesionalización de personas que ayuden y atiendan a la población en situaciones de emergencia, desastres o crisis inesperadas y que con ello se puedan reducir índices de mortalidad, se disminuyan riesgos, eviten muertes o afectaciones sociales, económicas y de salud. Pero sobre todo, busca llevar a cabo un trabajo de sensibilización que contribuya a fomentar hábitos en las personas, como parte de una cultura efectiva de prevención en la sociedad.

Las catástrofes naturales pueden destruir vidas y anular años de desarrollo en pocas horas o incluso segundos. Las poblaciones de todo el mundo están cada vez más expuestas a peligros naturales como: sequías, inundaciones, huracanes, terremotos, epidemias, etcétera. Y también a crisis provocadas por el hombre a través, sobre todo, de conflictos y crisis.

Ante ello, organismos internacionales como la FAO tienen la labor de fomentar resiliencia de las personas y sus medios de vida ante situaciones de riesgo y amenazas naturales.

Entendamos la resiliencia como la capacidad de prevenir desastres y crisis, así como amortiguarlos, tenerlos en cuenta o recuperarse de ellos a tiempo y de forma eficiente y sostenible, incluida la protección, el restablecimiento y la mejora de los sistemas de vida frente a las amenazas.

En otras palabras, resiliencia es el poder de las personas y/o comunidades para enfrentar catástrofes o crisis, aminorar daños y recuperarse rápidamente.

En el mundo, muchos países han vivido desastres naturales o bien han enfrentado situaciones que han destruido a su población y/o parte de su territorio y su patrimonio. No obstante, han visto en ello la oportunidad de fortalecerse como nación constituyendo una sociedad que tiene como prioridad una cultura preventiva.

Gran parte de esos resultados  está estrechamente  vinculada a la educación  y convicción de cada una las personas para protegerse  a sí mismo, a su familia y a su comunidad, especialmente con una visión estrategica de futuro.

Por ello no bastan los simulacros, ayudan pero nunca serán suficientes, tenemos que pensar que nunca se repiten de la misma manera los fenómenos y sus impactos sociales. El terremoto de 1985 afectó a sectores de la población capitalina que los recientes sismos de 2017 no tocó. Hace 34 años, la telefonía celular era inexistente y en nuestro mundo contemporáneo, su uso masivo e instantáneo inhabilitó las redes y muchos no pudimos comunicarnos. Nuestra resiliencia ha hecho que seamos poco sensibles a sismos de baja intensidad; afortunadamente, las nuevas formas de medir la sismisidad nos permiten saber que ha habido microsismos con epicentro en alcaldías como Álvaro Obregón y recientemente en Coyocán, que debemos considerar en nuestra realidad y entorno.

Por ello hago un llamado a la Secretaría de Educación Pública y a todas las instituciones educativas de nivel medio superior y superior a que trabajemos bajo la óptica de las nuevas condiciones y con una visión prospectiva de mediano y largo plazo. A días de conmemorar un aniversario más de los sismos que afectaron a la Ciudad de México y a varias entidades de la República, sirva esta reflexión  para destacar en cada uno de nosotros la resiliencia como parte de esa anhelada cultura de la prevención de riesgos y la necesidad de la actualización permanente de la protección civil.

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