Opinión


El centro cede

El centro cede  | La Crónica de Hoy

" todo se desmorona; el centro cede”. Escrita por W.B. Yeats hace un siglo, ésa es una de las líneas que, formando parte de un poema, son más recordadas en textos de carácter político. En 1919 aquel autor dublinés había presenciado la terrible Primera Guerra y acababa de comenzar la batalla por la independencia de Irlanda. En ese momento escribió El segundo advenimiento, cuya intensidad apocalíptica ha sido tomada como emblema de los más difíciles cambios de época.

   La ensayista Michiko Kakutani cita esa línea para comenzar un ensayo sobre las perplejidades que suscitan los años recientes. El título es toda una declaración ideológica: “Los 2010s, fueron el fin de lo normal” (The New York Times, 27 de diciembre). Desorden, desconfianza, desesperanza y miedo, son algunos de los síndromes contemporáneos que esa comentarista identifica en un escenario en donde las viejas referencias están siendo desplazadas por coordenadas inciertas.

   La desconfianza prácticamente universal en los gobiernos y la política se retroalimenta cada día en las valentonadas e impericias de personajes como Donald Trump y Jair Bolsonaro —para no mencionar tan pronto a ya suponen quién— y es el acicate principal de esa incertidumbre. La gente sabe qué es lo que no le gusta y para subrayar esa desazón es capaz de tomar decisiones aciagas, sobre todo en las urnas pero no sólo allí, aunque no acierta a saber qué es lo que realmente quiere. Los cuerpos de ideas que nutrían la política convencional tienden a difuminarse, las instituciones que encauzaban la representación y la expresión públicas se encuentran en crisis y el intercambio de pareceres por lo general es apabullado por miríadas de tuits. La antigua normalidad ha sido desplazada por una acuciante cultura del sobresalto.

   Para describir esa sensación de desamparo, autores como Kakutani acuden a la contundencia de la poesía. La frase “todo se desmorona” remite al castillo de naipes que se desploma rotundamente o, mejor, al castillo de arena que se va deshaciendo de manera irrecuperable. Aún así la metáfora es insuficiente. Los naipes y la arena son estructuras por definición endebles. En cambio, a las armazones políticas y legales las creíamos tan sólidas que suponíamos que podían renovarse y sobrevivirse a sí mismas. Ahora prácticamente no hay institución, desde las elitistas organizaciones de la diplomacia internacional hasta las más modestas oficinas municipales, que no sea desafiada por sus propias inoperancias o por la desconfianza que las circunda. Se trata de un tránsito de época, diagnostican quienes pueden situarse a tanta distancia que adquieren perspectiva histórica. Son cambios, en todo caso, que no terminan de llegar ni sabemos cómo procurar.

   El desmoronamiento no es casual. Yeats explicó hace un siglo, al referirse a la mudanza histórica que le tocó vivir, “el centro cede”. Aquello que articulaba la vida pública —ya sea que se trate de monarquías, imperios, sistemas económicos, personajes, partidos, causas, doctrinas, creencias…— ya no cumple esa función. A la debilidad o la insuficiencia de ése o esos centros articuladores se les intenta suplir con artificios retóricos o con medidas parcas que, a falta de mejores fuentes de certidumbre, cautivan a muchos. Por todas partes aparecen políticos de papel maché, ideológicamente huecos pero con discursos apasionados que no disimulan, sino que proponen como méritos, el oportunismo y el pragmatismo.

   La política (también la economía y en buena medida la cultura) han estado articuladas de manera centralizada. El centralismo ha sido recurso para la eficacia. Si no es gracias a los consensos y al convencimiento, las decisiones del poder funcionaban porque eran tomadas y propulsadas desde el vórtice del sistema. Ese principio vale para todo tipo de regímenes políticos.

   En ausencia o ante deficiencias del centro, esa estructura tiende a derrumbarse. En la mayoría de los casos quienes conducen a los sistemas políticos, o aspiran a ocuparse de ellos, tratan de reemplazar ese centro. Para eso sirven las elecciones, lo mismo que los golpes de Estado. La disputa por la centralidad ha sido el eje de toda lucha política. La política misma, ha sido una actividad centralizadora: los partidos son jerárquicos y meritocráticos, los congresos condensan a las élites que representan a cada segmento de la sociedad, el presidencialismo es un régimen piramidal. Así ha sido siempre, pero esa centralización ha comenzado a ser desplazada por un paradigma nuevo.

   El filósofo español Daniel Innerarity propone que las sociedades ahora se articulan sin un centro, a partir de redes de relaciones tan versátiles y elásticas que, para gobernarlas, se requiere de una política más horizontal. En su libro Una teoría de la democracia compleja. Gobernar en el siglo XXI, que comienza a circular en estos días, ese profesor de la Universidad del País Vasco explica: “La sociedad en la que vivimos es, en sentido estricto, una sociedad sin vértice ni centro. Especialmente en una sociedad del conocimiento las relaciones de interdependencia ya no son jerárquicas sino heterárquicas, o sea, estructuradas en forma de red y modificando dinámicamente sus formas de interacción… La complejidad contemporánea es la diversificación de los centros de decisión que ninguna ordenación de carácter jerárquico está en condiciones de controlar”.

   En estas sociedades, “los nuevos espacios tienden a la desaparición de los centros y a la formación de redes; no se configuran a partir del modelo de las antiguas concentraciones, sino que ofrecen el aspecto de una red”.

   Esa nueva forma de trato, intercambio y propagación de toda clase de bienes, decisiones e ideas en las sociedades contemporáneas, requiere de nuevas maneras para el ejercicio del poder y la política. Muchos políticos y los mismos sistemas moldeados en el paradigma piramidal y centralizador difícilmente se adaptarán a esa nueva realidad, a la que ni siquiera alcanzan a comprender. De hecho, una de las causas de las tensiones políticas que conocemos actualmente es la disparidad entre los viejos modos y los requerimientos de una sociedad que no admite decisiones tomadas de manera jerárquica desde las cúpulas del sistema político tradicional y que quiere que le expliquen, le ofrezcan argumentos y datos, que la convenzan.

   En prácticamente cada uno de los conflictos políticos recientes en el mundo se pueden apreciar los efectos de esa contradicción. Los gobernantes defienden y ejercen un principio de autoridad que no siempre resiste la prueba de las exigencias —suspicacias incluidas— en nuestras sociedades. Los gobernantes más dispuestos a entender ese cambio son los que logran acuerdos con los grupos que proponen o discrepan. Es claro que el gobierno mexicano, y también los partidos, no tienen más modelo político que el de índole jerárquica. Al licenciado López Obrador no le ha interesado alterar la estructura ni los ritos del tradicional presidencialismo, con todo y la subordinación que ese régimen les impone al resto de las instituciones políticas y a la sociedad. Su única ambición ha sido colocarse él en el centro de ese sistema. Ese retorno al presidencialismo totémico implica menoscabos graves para la democracia (reforzamiento del centralismo administrativo y político, acometidas contra organismos autónomos, desdén a la pluralidad y a la rendición de cuentas, entre otras actitudes) pero también una creciente dificultad para gobernar. Por muchas simpatías que tenga entre los ciudadanos, López Obrador no puede presidir a una sociedad cuya diversidad desdeña y que reproduce formas de interrelación que el gobierno no entiende.

   Son tiempos peliagudos: el desvanecimiento de las antiguas certezas y referencias, los vehementes esfuerzos para restaurar e imponer la vieja política y la confusión acentuada por el bullicio mediático y digital, nos han traído a una situación en donde, para volver a los versos de Yeats (en la traducción de Antonio Rivero Taravillo) “los mejores están sin convicción, y los peores / llenos de apasionada intensidad”.

 

 

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