Opinión


El debate del siglo

El debate del siglo  | La Crónica de Hoy

En plenos días santos se llevó a cabo en Toronto lo que los organizadores calificaron como “el debate del siglo”: un intercambio filosófico entre el sociólogo esloveno Slavoj Žižek y el psicólogo canadiense Jordan Peterson. El tema a discutir era “Capitalismo, Comunismo y Felicidad”. Lo más interesante es que el debate generó cientos de miles de comentarios en internet a nivel mundial y se convirtió en tendencia en las redes.

De alguna manera, el intercambio Peterson-Žižek habla del triste estado de cosas en el mundo en que vivimos. El local es un promotor del conservadurismo tradicional, que ha escrito best-sellers y es una estrella en YouTube. El visitante, un pensador/provocador de estilo histriónico, que habla el lenguaje de la izquierda, y que, aunque es autor de decenas de libros, se hizo famoso por su “Guía de Pervertidos al Cine”, un film que analiza el cine desde el particular canon de este sociólogo.

Peterson empezó criticando la obra más endeble de Marx, El Manifiesto del Partido Comunista, que es más panfleto político que ensayo de análisis, y lo hizo simplificando el panfleto a nivel de caricatura. En su argumentación, del Manifiesto sale, en automático, el comunismo tipo soviético, al que puso como el ejemplo más claro de “dictadura del proletariado”. Supuso que Marx considera que el proletariado es “bueno” y la burguesía, “mala”. Repitió, paso por paso, el mantra de todos los conservadores del mundo: el socialismo reparte pobreza, el capitalismo reparte riqueza; con el capitalismo los ricos se hacen más ricos, pero los pobres dejan la pobreza. Explicó este éxito con el hecho de que la pobreza extrema (ganar menos de dos dólares al día) se redujo a la mitad y con la expectativa de que se va a acabar antes de 2030.

¿Cómo se pasa de ahí a la felicidad? A través de las encuestas: hay más gente feliz en las naciones ricas que en las pobres. De ahí pasó a la crítica de lo que la derecha anglosajona llama “marxismo cultural”, que son las políticas identitarias. La equiparación “proletariado bueno–burguesía mala” pasa a ser “negro bueno–blanco malo” o “mujer buena–hombre malo”. La queja final: que se tienda a dividir a la gente, en vez de pensar que todos somos iguales.

La respuesta de Žižek  no fue la que Peterson esperaba, porque el esloveno piensa (o tiene ocurrencias) fuera de los cuadros. Lo que señaló es que donde mejor funciona actualmente el capitalismo es en China, que es una dictadura comunista. Ejemplificó que el verdadero enemigo para el régimen chino no es la persona occidentalizada, sino quien quiera organizar a los trabajadores. Y que lo evidente, ahora, es que el matrimonio que normalmente hubo entre capitalismo y democracia está en crisis. Han sido las propias contradicciones del libre mercado dejado a su venia las que han creado los preocupantes fenómenos populistas de este siglo.

Resaltó Žižek que el mercado global no es verdaderamente libre, sino manipulado; también, que lo común en los seres humanos no es la búsqueda de la felicidad, sino la envidia. Por eso, la gente está dispuesta a renunciar a determinadas cosas con la condición de que esas cosas tampoco las tenga otra persona.

Žižek  dijo que la felicidad es sólo un subproducto, por lo que buscarla suele resultar contraproducente. Y puso un ejemplo paradójico de lo que él considera un pueblo feliz: el checoslovaco luego de la invasión soviética que acabó con la Primavera de Praga.

¿Por qué eran felices los checoslovacos, según Žižek? Porque la invasión soviética les había quitado la carga de la responsabilidad sobre su gobierno, porque había libertad para cosas cotidianas como hacer una fiesta o acostarse con quien quiera, y porque había suficientes cosas materiales y porque las pocas veces que no las había servían como recordatorio de que normalmente sí había.

Como no encontró una defensa del marxismo en su adversario, Peterson le preguntó a Žižek  por qué seguía basando en el marxismo su visión del mundo. El esloveno respondió que él no veía a un Marx simplista, sino a uno capaz de ver contradicciones aún en sus propios escritos (y citó al respecto los factores que —Marx mismo lo señaló— contrarrestan la tendencia decreciente de la tasa de ganancia) y capaz de explicar, en términos generales, el funcionamiento de un sistema económico.

Cuando Žižek  preguntó al canadiense que le diera el nombre de un pensador importante del “marxismo cultural” en boga, Peterson no fue capaz de nombrar a uno, porque no lo hay. Lo que existe es un señalamiento generalizado de que las universidades en América del Norte están dominadas por profesores de izquierda y políticamente correctos. A eso se remitió Peterson.

En este “debate del siglo”, mientras Peterson presentó un elogio del capitalismo a partir de una caricatura del socialismo, Žižek  hizo un elogio de su propio pesimismo respecto al futuro de la humanidad. Tal vez el punto culminante haya sido cuando el esloveno propuso darle la vuelta a la famosa Tesis XI sobre Feuerbach que tanto gustan de citar los marxistas, y decir ahora: “de lo que se trata, más que de cambiar el mundo, es de interpretarlo”.

En otras palabras, ninguno ofreció una salida, más allá del lugar común de que el capitalismo requiere regulación, y de la obviedad de que no se pusieron de acuerdo sobre qué niveles de regulación son los óptimos.

Al iniciar el evento del debate, Peterson presumió que los boletos para verlo en vivo estaban más caros que la final del hockey sobre hielo. Eso habla de que vivimos en un mundo de mercadotecnia, donde hasta la filosofía vende, si está bien presentada como evento deportivo. No importa que haya sido una pelea de pesos pluma, en la que el vencedor se dio el lujo de no noquear al rival, algo así como la Canelo–Chávez Jr.

Y, si a eventos deportivos nos vamos, el partido de beisbol en el que Julio Urías lanzó una joya de pitcheo estuvo más entretenido que este “debate del siglo”. A ratos pienso que también fue más profundo. Vivimos en un siglo superficial, qué duda cabe.

 


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