Opinión


El estado fascista

El estado fascista | La Crónica de Hoy

Ante las recurrentes invocaciones que López Obrador realiza de Benito Mussolini resulta necesario recordarle que el fascismo significó en la historia moderna un intento fallido por parte de un “movimiento de regeneración nacional” para el establecimiento de un sistema político antidemocrático. Se desarrolló en Italia entre los años 1915 cuando se integró como una organización nacional y 1945 cuando el Duce, como se hizo llamar el líder máximo durante dos décadas, fue capturado y fusilado por un grupo de partisanos mientras huía junto con un pequeño grupo de seguidores, haciéndose pasar por el cónsul español, en un convoy nazi que abandonaba el país.
Los restos de Mussolini y sus acompañantes fueron colgados boca abajo en un tejado de la Plaza Loreto de Milán para ser objeto de las burlas y el desprecio de los allí congregados. Fue el ignominioso final del dictador que había destruido el antiguo régimen liberal prometiendo convertir a Italia en una nación “grande, temida y respetada”. Un líder populista que presumía de poseer un ejército de “ocho millones de bayonetas”, una formidable fuerza aérea capaz de “oscurecer el Sol” y que declaraba contar con el apoyo incondicional del 95% de la población.

El movimiento fascista de Mussolini fue, junto con el nazismo, una respuesta al desafío de organizar la sociedad de masas que emergió con el siglo XX tras la Primera Guerra Mundial. El fascismo ha sido concebido por los historiadores como una fuerza política que representa la negación del liberalismo y como la expresión efímera de un complejo de estructuras enraizadas de tipo social y económico orientadas al establecimiento de un sistema despótico. El fascismo fue la expresión de cuatro procesos interrelacionados: una “revolución transformadora” que dividió al país (Gaetano Salvemini), un “partido-movimiento” sustentado en grupos paramilitares -denominados camisas negras- con un aparato propagandístico para la construcción de mitos sobre el líder (François Furet), un movimiento anti-intelectual que destruyó al precedente régimen cancelando a la oposición (Norberto Bobbio) y, finalmente, un Estado autoritario y dictatorial (Nicos Poulantzas).

Mussolini consideraba que la democracia había sido superada por el régimen fascista y para garantizar su permanencia en el poder promovió la expulsión definitiva de la vida nacional de otras fuerzas políticas consideradas antagónicas. Para monopolizar el poder se otorgó nuevas atribuciones y prerrogativas como Jefe del Gobierno, estableció mayores controles sobre la población y declaró la extinción del mandato parlamentario del resto de los partidos. Impuso radicales normas de censura, severas leyes raciales y en el colmo del autoritarismo, convirtió a su partido en un órgano constitucional del Estado. El gran intelectual italiano Antonio Gramsci, muchos años prisionero de Mussolini, consideró al fascismo como: “un movimiento autoritario que corrompe y arruina al parlamento, la magistratura y al ejército abandonando a las instituciones a los caprichos histéricos del pueblo de los monos”.

Las referencias del presidente mexicano al fascismo son múltiples, unas derivan del desconocimiento de lo que ese régimen totalitario significó en la historia de la civilización contemporánea, pero otras provienen de la admiración que cultiva sobre el carácter corporativo y clientelar de ese sistema de dominación política, de la jerárquica organización social fundada en el desprecio de los valores democráticos y en un nacionalismo conservador. López Obrador se inspira en esta forma política para cimentar sus delirios de grandeza y el paso a la historia que cree merecer, ocultando los crímenes del fascismo que aún no han sido olvidados por la comunidad internacional.

isidroh.cisneros@gmail.com

 

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