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El Gabinete de curiosidades del Dr. Zagal, de Héctor Zagal y Pablo Alarcón

«Amarse a sí mismo es el comienzo de una aventura que dura toda la vida», escribió Oscar Wilde. El retrato de Dorian Gray, quizá la obra más conocida de Wilde, refleja este espíritu de refinado hedonismo. La vida es la búsqueda de la belleza, y al artista, experto en belleza, le está permitido todo, o casi todo...

El Gabinete de curiosidades del Dr. Zagal, de Héctor Zagal y Pablo Alarcón | La Crónica de Hoy

Historias de homosexualidad

«Amarse a sí mismo es el comienzo de una aventura que dura toda la vida», escribió Oscar Wilde. El retrato de Dorian Gray, quizá la obra más conocida de Wilde, refleja este espíritu de refinado hedonismo. La vida es la búsqueda de la belleza, y al artista, experto en belleza, le está permitido todo, o casi todo...

En 1895 Oscar Wilde fue condenado a prisión por «crímenes de homosexualidad». Esto era castigado. Su gran amor, Alfred Douglas, fue el autor de unos versos que sirvieron para condenarlo a prisión: «Soy el amor que no puede decir su nombre».

Lord Alfred Douglas, Bosie para los amigos, tenía veintiún años cuando conoció a Wilde, quien tenía treinta y siete. El escritor, casado y padre de dos niños, quedó prendado del joven aristócrata. Wilde era la figura del momento: ingenioso, irónico y deliciosamente impertinente. Se permitía burlarse de la aristocracia en sus narices y, lo que es más importante, los aristócratas le aplaudían.

Muchos hubiesen dado su mano derecha por cosechar los éxitos de Wilde. Pero él tenía una debilidad, común entre los hombres del éxito: era orgulloso. Estaba muy seguro de sí mismo y estiró la liga demasiado, suponiendo que su prestigio lo protegería.

Wilde y Bosie no se preocuparon por ocultar su amor. Se les veía ir y venir por el teatro y los restaurantes más elegantes de Londres. Su comportamiento desafió a la hipócrita Inglaterra victoriana. El reino era una pestilente mezcla de buenas maneras, colonialismo, avaricia, religiosidad y sexualidad reprimida. La prostitución femenina y masculina se ejercía en barrios bien conocidos de Londres, al mismo tiempo que la reina proclamaba las buenas costumbres. Los mismos aristócratas y empresarios que condenaban la depravación eran clientes frecuentes de los burdeles.

Pero Bosie fue a más. El joven contrataba muchachos para llevarlos a los hoteles elegantes donde se alojaba con Wilde. El affaire enfureció al marqués de Queensberry, padre de Bosie. Él era un hombre violento, autor, por cierto, de las reglas del box moderno. Se rumoraba que Francis, el primogénito del marqués, había mantenido una relación amorosa con el primer ministro. Al parecer murió en un accidente de caza, pero se llegó a decir que el joven se había suicidado, víctima de la opresión paterna. Así que pueden imaginarse la cara del marqués-boxeador cuando su hijo Bosie le salió gay. Y no se lo perdonó a Wilde. El marqués documentó las aventuras de Wilde el sodomita para utilizarlas en su contra.

La relación entre Douglas y Wilde no terminó nada, nada bien. El escritor fue condenado a dos años de trabajos forzados. En la cárcel, sufrió toda clase de humillaciones. Durante su encierro, su obra Salomé se estrenó en París. Pero Oscar Wilde había perdido mucho dinero a consecuencia del proceso. Sus acreedores embargaron sus bienes y lo dejaron en la miseria. Su esposa e hijos se mudaron a Holanda y se cambiaron de apellido, para desvincularse de su triste fama. Wilde murió años después en París, casi sumido en la indigencia bajo un nombre falso. Se convirtió al catolicismo en el lecho de muerte. Bosie pagó el entierro y, después, intentó olvidarlo.

La jotería

 

¿Qué tiene que hacer un gobierno metiéndose en la cama de los ciudadanos? Las autoridades de todos los tiempos han sido muy entrometidas. Incluso ahora, algunos quisieran un policía de alcoba.

Lo peor es que hubo un tiempo en que a los homosexuales no solo se les encerraba, como a Wilde, o se les «trataba», como a Turing, sino que se les mataba. La Inquisición española quemaba sodomitas y las autoridades civiles de la Holanda del siglo XVIII los ahorcaban.

Nezahualcóyotl, señor de Texcoco, poeta y sabio, ordenó ejecutar a los homosexuales.1 Los mexicas tampoco eran muy tolerantes: «La palabra cuiloni, según Sahagún, significaba “puto, excremento, corrupción, pervertido, perro de mierda, mierducha, infame, corrupto, vicioso, repugnante, asqueroso, afeminado, el que se hacía pasar por mujer”, e incluso, según otros autores, el “puto que padece”, es decir, el que lleva el papel pasivo en el coito».2 Bastida, citando el Vocabulario en lengua castellana y mexicana y mexicana y castellana de fray Alonso de Molina, escribe: «Otro vocablo encontrado en el diccionario es el de yollococoxqui (enfermo del corazón), traducido por Molina como “loco ­desatinado”, aunque la palabra cocoxqui, además de enfermo, también significaba homosexual o afeminado o “el que lo hace a otro”, en clara referencia al ser activo en una relación carnal».3

Según fray Bernardino de Sahagún, profesor de latín en el Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco y gran conocedor de la sabiduría mexica, la homosexualidad se castigaba con la muerte.

En el siglo XX, la situación de los homosexuales en México no era mucho mejor que en Inglaterra. Prueba de ello es la hiriente variedad de palabras para referirse al homosexual: marica, maricón, puto, puñal, mariposón, loca, manita caída, le hace agua la canoa, del otro lado, cachagranizo. Poco a poco, gay va desplazando algunas de ellas. No obstante, el odio está ahí, agazapado, esperando dar el zarpazo. En 2018, circuló en las redes el video de un joven boxeador mexicano que se quejaba de la «plaga» de los homosexuales. Incluso aplaudía que los asesinaran en los campos de concentración de Hitler.

¿Y de dónde viene la palabra joto? Según la Academia Mexicana de la Lengua, se originó de la penitenciaría de Lecumberri en Ciudad de México. Porfirio Díaz inauguró el Palacio Negro en 1900. Fue construida de acuerdo con la arquitectura panóptica “el ojo que todo lo ve” ideada por Jeremy Bentham. En Lecumberri había una «crujía J», donde encerraban a los homosexuales. Si te metían ahí, entonces eras un «joto».

¿Les suena Salvador Novo? Fue cronista de la Ciudad de México, gourmet, escritor, funcionario público y dandi. A su modo fue un rebelde. Le encantaba escandalizar a las buenas conciencias con su llamativo anillo de ópalo, sus gaznés, sus coloridos chalecos, su cara maquillada y uñas de manicure. A pesar de sus provocaciones, Novo gozó del favor de varios presidentes y secretarios de Estado.

Enemigos no le faltaron. El pintor Diego Rivera, comunista y macho, se burló cuanto pudo de él; lo pintó despiadadamente en uno de sus murales. Salvador Novo, pensaba Rivera, no solo era un escritor burgués, sino que para colmo era «puto». Los corifeos de Diego pidieron al gobierno que despidiera a Novo y amigos por degenerados.

Pero Salvador Novo no se calló y respondió escribiendo La diegada, un soneto mordaz. Claro que el poeta no salió indemne y, con el paso del tiempo, la gente se burlaría de «Nalgador Sobo»...

 

1
Cfr. Antonio Salcedo Flores, «El universo sociojurídico de los culhuas o antiguos texcocanos en
<http://alegatos.azc.uam.mx/index.php/ra/ article/view/321/312>.

2
Leonardo Bastida Aguilar, «Lo nefando de
la homosexualidad» en <https://www.jornada.com.mx/2015/02/05/ls-central.html>

3
Idem.

 

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