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El general Vicente Riva Palacio escribe Adiós, Mamá Carlota

La guerra de Reforma y la guerra de Intervención nos dejaron cientos de páginas escritas por los periodistas liberales y republicanos, porque también entendían su oficio como una forma de resistencia que probó ser muy eficaz, en particular en lo referente a los muchos poemas, textos y canciones satíricas que, en vista de lo exitosos que resultaban y lo rápido que se extendían por el territorio mexicano, podían doler tanto o más que un balazo.

El general Vicente Riva Palacio  escribe Adiós, Mamá Carlota | La Crónica de Hoy

Un correo llegó al campamento del escritor y general Vicente Riva Palacio, en algún momento de la primavera de 1866, y le perturbó  la comida, que había sido sabrosa, y que prometía un buen cierre con una taza de cafecito de Uruapan, que manos amigas le habían conseguido. Lo que el mensajero le llevaba bien valía la interrupción: además de las excelentes noticias acerca de los triunfos de las tropas republicanas en el norte del país, había novedades significativas. Carlota, la princesa de los belgas y esposa de Maximiliano, había abandonado México, y, hasta donde se sabía, marchaba a Europa para conseguir ayuda financiera y militar, para evitar el desmoronamiento del segundo imperio mexicano.

Los que estaban ahí presentes y lo contaron después, aseguran que Riva Palacio se quedó pensativo un buen rato, saboreando, a traguitos, su café. De pronto, se levantó de la mesa, y le habló a su secretario:

—Ahijado, traiga usted papel y pluma, y escriba lo que voy a dictarle.

Las musas llamaban a la puerta del escritor que se había convertido en guerrillero.

“ADIÓS, OH, PATRIA MÍA”. La verdad es que en aquellos días de mayo o junio de 1866, Vicente Riva Palacio se aburría bastante, porque no tenía un destino militar fijo, o una misión de armas concreta que desplegar en tierra michoacana.

Originalmente, en 1862, y ante la realidad consumada de la invasión francesa, Riva Palacio, dramaturgo muy exitoso, periodista conocido y leído, había decidido tomar las armas y participar en la resistencia con algo más que la famosa “guerrilla de pluma”, expresión acuñada por Guillermo Prieto, y que servía entre los entendidos para designar la montaña de periódicos, hojas volantes, cartas, versos y poemas sueltos producidos por numerosos periodistas y escritores, dispersos por todo el territorio nacional.

A veces arañando sus últimos pesos, o viviendo a salto de mata, aquellos hombres no habían dejado de escribir, y, en ocasiones, sus materiales se convertían en puyas exitosas que los mexicanos celebraban y repetían, incluso los que no sabían leer y escribir, que eran los más. Guillermo Prieto, que hasta fines de 1865 viajó en la comitiva del presidente Juárez, no bien tenía un rato de tranquilidad y algún dinero, producía un periódico de inconfundible tono satírico. El Nigromante, su eterno compinche, andaba por los rumbos de Mazatlán, publicando cosas menos festivas pero igualmente combativas. Francisco Zarco editaba un periódico, La Acción, refugiado en su natal Durango, y solía nutrirlo de la información que Prieto publicaba en el Diario Oficial, otra de sus responsabilidades oficiales. Otros, a falta de recursos, recurrían al género epistolar: Ignacio Manuel Altamirano, refugiado en su pueblo, Tixtla, escribía larguísimas cartas al presidente Juárez, a Riva Palacio, a Porfirio Díaz, a cualquiera que pudiese darle información de las acciones republicanas. “Yo pregunto todo para escribir”, decía el buen Ignacio, para crear, de ese modo, una red de comunicación que a veces tardaba meses en concretarse, pero que no sólo era estratégica: era también esa palmada en el hombro, ese abrazo reconfortante que hizo mucha falta en los momentos más duros de la guerra. Todo eso no eran victorias militares, sino hojas y hojas de papel. Impresas, escritas a mano, en el papel que fuera y como se pudiera.

¿Y Riva Palacio?

En 1862, y pagándola de su bolsillo, Riva Palacio armó una guerrilla que peleó, a las órdenes de Ignacio Zaragoza, en la acción de Barranca Seca, a principios de mayo. También por órdenes de Zaragoza, operó en la ruta que va de Veracruz a Puebla, hostilizando al invasor, y después fue enviado a Tehuacán. Luego aquella pequeña fuerza sirvió a las órdenes de Jesús González Ortega y con él resistió el sitio de Puebla de 1863.

Al caer Puebla, Riva Palacio se trasladó a San Luis Potosí, donde se encontraba el gobierno juarista. El presidente le propuso dirigir el Diario Oficial, pero él prefirió seguir en el ejército. Lo nombraron  gobernador y comandante militar del primer distrito del Estado de México, cuya capital era Toluca y que… estaba en poder de las fuerzas invasoras. Sin hombres y sin dinero, se trasladó a Morelia a fines de 1863, y poco a poco recompondría su fuerza. 

A mediados de 1864, y aliado con el guerrillero Nicolás Romero, tenía una tropa de unos 500 hombres. Tuvo victorias importantes, y vio pasar los pleitos por el mando militar y político entre el general José María Arteaga, el gobernador Salazar. Incluso, en algún momento fue designado gobernador de Michoacán. Asumió el mando momentáneamente, a raíz de la captura y ejecución de los generales Arteaga y Salazar, y lo dejó cuando Juárez designó a Nicolás Régules general en jefe del Ejército del Centro.

Después de un breve viaje al estado de Guerrero, donde lo recibió su amigo Altamirano, y los tixtlecos le aplaudieron por ser un digno nieto del general Vicente Guerrero. Regresó a Michoacán en mayo de 1866, Unas semanas más tarde, en junio, recibió una carta de Juárez, donde recibía la instrucción de permanecer en aquel estado, casi casi “por si las moscas”,  el Ejército del Centro se quedara de nuevo sin general en jefe.

Y ahí lo teníamos, en los últimos días de la primavera de 1866, aburriéndose. Para entretenerse, inventó un periódico: El Pito Real, evidentemente satírico, y cuyo lema era “Cuando pitos, flautas; cuando flautas, pitos”.

El periódico fue un éxito: los arrieros michoacanos se encargaban de distribuirlo, y así, a escondidas, llegaba a las poblaciones en poder de las fuerzas imperiales. No era barato, y se producían pocos ejemplares. Con todo y todo, la gente casi se arrebataba El Pito Real, y se vendían con gran rapidez.

Por eso, cuando la musa de la poesía le susurró al oído a Vicente Riva Palacio, el general y escritor ya tenía dónde colocar la que se volvería una de sus obras más conocidas.  

“ADIÓS, MI TIERNO AMOR”. La anécdota asegura que Riva Palacio, de un tirón, le dictó a su secretario lo que después el país entero conoció como “Adiós, Mamá Carlota”. Sin corregir, sin cambiarle un punto o una coma, improvisando con oficio y con habilidad. Así fue saliendo, así fue fluyendo:

Alegre el marinero

Con voz pausada canta,

Y el ancla ya levanta

Con extraño rumor.

La nave va en los mares,

Botando cual pelota:

Adiós, Mamá Carlota,

Adiós, mi tierno amor

En realidad, Riva Palacio no partía de cero: la Mamá Carlota es una canción que satiriza el viaje de la emperatriz, pero también es una parodia de un poema patriótico conocido en la época, “Adiós, oh, patria mía”, de Ignacio Rodríguez Galván. Desde luego, los versos de Riva Palacio, cargados de convicción republicana, son más simpáticos y ligeros que los ideados por Rodríguez Galván, que se refieren al dolor del exiliado.

La canción se difundió por todo Michoacán, y por carta, de boca en boca, porque la tropa la cantaba, porque se la pasaban en papeles escondidos, se difundió por todo el país, y se convirtió en un éxito, compitiéndole seriamente a la otra gran canción liberal, “Los Cangejos”, de Guillermo Prieto.

“Adiós, Mamá Carlota” se publicó por primera vez  en la segunda época de El Pito Real, en el número 2, el 22 febrero de 1867. Las tropas republicanas que sitiarían Querétaro la cantaban y no sería extraño que Maximiliano la escuchara o supiera de ella alguna vez. Curiosa canción es, que, al tiempo que celebra la victoria de la República, tiene unas gotas de canción de amor para aquella mujer que, a pesar de la locura que se apoderó de ella, nunca olvidó a México.

 

 

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