Opinión


El guardadito de la seguridad social

El guardadito de la seguridad social | La Crónica de Hoy

Esta semana vuelvo a impartir la materia de seguridad social después de muchos años y desde entonces no ha disminuido su importancia como factor de equilibrio en una sociedad desigual como la nuestra. Es una ­herramienta fundamental para proteger a los más débiles de las calamidades de la vida, como la muerte, la invalidez o la enfermedad y una protección en la vejez o el retiro.

En los años sesenta, la seguridad social era vista como una herencia de la Revolución y una conquista de la clase trabajadora. Ésta fue la primera justificación que permitió su rápida expansión, pero en los años setenta y ochenta mostró la insuficiencia financiera del modelo original y un estancamiento. Desde esa década la población ocupada (la que tiene trabajo o busca uno) que está protegida por la seguridad social es alrededor del 40 %del total.

Nadie puede negar que el IMSS y el ISSSTE fueron los pilares de la elevación constante de la esperanza de vida de los mexicanos, la protección contra las adversidades de los trabajadores y la extensión de los servicios médicos a la población no derechohabiente con base en el IMSS-COPLAMAR.

Sin embargo, en la última década del siglo pasado, un poco como resultado de la crisis de la década perdida para Latinoamérica —los altos índices de inflación y desempleo— la seguridad social entró en una crisis permanente por la inexistencia de reservas actuariales para hacer frente a los compromisos a futuro asumidos con los derechohabientes. Su impacto redistribuidor del ingreso disminuyó.

No había ahorro suficiente para cubrir las pensiones en curso y los montos de éstas eran miserables: un tercio del salario mínimo, y la expansión de la cobertura se estancó.

Además, los especialistas alertaron sobre la inviabilidad financiera del sistema de reparto —que consiste en que los trabajadores en activo pagan cuotas para mantener a los jubilados— la injusticia del sistema que beneficiaba a los hombres trabajadores que permanecían cotizando —no necesariamente los más pobres— y el envejecimiento de la población que disminuiría los cotizantes y aumentaría los pensionados.

El rescate y reinvención de la seguridad social marcó el inicio del siglo XXI. El mundo se dividió. Unos países optaron por las reservas individuales con aportaciones definidas y otros por conservar el sistema de reparto con prestaciones definidas. Unos por la administración de las reservas colectivas por instancias estatales y otros por la administración de fondos personalizados manejados por gestores privados.

En México optaron, en 1997 y 2007, IMSS e ISSSTE, respectivamente, por el modelo de cuentas individuales para el seguro de retiro, cesantía en edad avanzada y vejez, y se conservó el de reservas colectivas en el seguro de enfermedades y maternidad, riesgos de trabajo e invalidez y vida.

Treinta años después —una generación de trabajadores— es indispensable una revisión a fondo de la Seguridad Social, lo que he llamado la segunda ola de reformas, en la que debe desvincularse la aportación del trabajo formal para impulsar la universalización de la misma. Ese paso es muy difícil para una sociedad que todavía piensa en que la relación patrón-empleado es el origen de este tipo de protección.

¿Alguien se atrevería a dividir al IMSS e ISSSTE en dos organismos? ¿Uno dedicado a la atención a la salud a toda la población eliminando la distinción entre población abierta y derechohabiente y otro al pago universal de pensiones? Hay que romper el paradigma del tripartismo —patrones, trabajadores y gobierno— y afectar muchos intereses creados.

Además, hacer conciencia sobre la vinculación esencial entre ahorro y seguridad social. No hay servicios médicos en el futuro, ni pensiones viables financieramente sin la creación de reservas. Hace falta un “guardadito” generacional.

Con sus ventajas y desventajas el sistema de cuentas individuales hoy tiene una realidad favorable para las generaciones que se empezarán a jubilar en 2030: las afores administran alrededor de 4 billones de pesos de los trabajadores, es decir, hay un financiamiento para el pago de un porcentaje considerable de la pensión mínima garantizada, que es mayor al salario mínimo. Además, hay 80 mil millones de pesos en el fondo de gastos catastróficos en el seguro popular, el IMSS y el ISSSTE tienen reservas similares en el seguro de enfermedades y maternidad.

En comparación con 1990, hoy, sí tenemos ahorro. En ese año no había dinero para cubrir ni las pensiones en curso. Lo apasionante de estudiar la seguridad social a fondo es que se pueden encontrar rutas más justas que la propuesta, que empieza a tomar fuerza en la opinión pública, de usar el ahorro en las afores para pagar las pensiones en curso. ¿Es correcto que dilapidemos las reservas de una generación (1997w2030) y se repita la crisis de los ochenta? Queda para la reflexión.

 

 

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