Opinión


El humor y su función política

El humor y su función política | La Crónica de Hoy

Hubo un rey francés que se enojó con un caricaturista porque lo dibujó como una pera, lo que implicaba no sólo que el monarca gastaba unas mejillas gruesas, sino que también tenía el doble sentido de presentarlo como un tipo poco inteligente. El dibujante, Philipon, fue llevado a juicio, del que se sirvió para seguirse burlando del soberano cachetón.

Esta anécdota nos recuerda que hay una relación entre el humor y la política. Un nexo más patente que otros entre la ciudadanía en general y quienes mandan.

No sé si otras especies tengan sentido de lo risible. En todo caso, me parece un rasgo de inteligencia sobre todo cuando pasamos de la risa frente al pastelazo (comedia Capulina) a la sonrisa por la ironía (nadie rebaje a lágrima o reproche, decía Borges, burlándose seriamente de su destino como director de la Biblioteca Nacional de Argentina justo cuando quedaba ciego).

Claramente no es un tema de superioridad. Todas las personas nos reímos con la comedia física y todas también captamos algo más sutil, siempre que se comparta un mismo lenguaje con quien hace la chistosada.

Este humor político es auténticamente una expresión democrática. ¿Cuándo es más soberano el pueblo que en el momento en que se burla de quien gobierna? Y no se trata de una falta de respeto.

O al menos no siempre. Si pensamos en un chisme, el clásico dicho del hijo del vecino a quien se lo contó su hermana que conoce a alguien que tiene un primo que es amigo de la señora que vive enfrente de la casa del sobrino de un poderoso, este puede ser humoristico en ocasiones, pero también incidioso y agraviante.

El chisme, para serlo, debe ser un cuento que tenga trazas de verdad. Esto es, no que sea verídico, sino que suene veraz. Por eso muchas veces inicia recurriendo a una especie de falacia de autoridad, al afirmarse que esto se sabe “de muy buena fuente”, por más indirecta y nebulosa que resulte al final.

Más que en el chisme, es en la caricatura y en el chiste donde se encuentra la relación entre política y humor. Así que vayamos por la primera, la caricatura.

En México gozamos de una espléndida tradición caricaturesca, que en años recientes fue recogida en libros por Rius y por Hernández. Desde el siglo XIX, toda persona dedicada a la política que haya ocupado un puesto más o menos relevante, ha pasado por la picota de la caricatura.

Es cierto que un dibujo puede producir diversas reacciones, como la indignación o el asco; pero los moneros y las moneras suelen buscar más bien el efecto risible. En un país donde la política parecía ejercerse sólo mediante palabras de bronce, el burlarse de la seriedad era quitarle lo sagrado y volver humano a quien gobernaba.

Una forma de lograr el efecto burlesco consiste en exagerar los rasgos del personaje. Si usa gafas, estas se exageran hasta ocupar toda la cara; si se distingue por una barba o bigote, se vuelve la marca distintiva de su representación gráfica. Se busca el efecto de que quien vea la viñeta identifique sin duda a la persona representada, y a la vez se ría con la exageración.

Ojo, exagerar no es mentir. No es ponerle cabello al calvo. Es aprovecharse de algo que existe y magnificarlo hasta hacerlo enorme, descomunal, y por tanto, risible.

Con el chiste sucede algo similar. Hijo de las conversaciones de sobremesa, tiene la ventaja de ser la más democrática forma de desacralizar la política, porque un buen chiste político puede provenir de cualquier persona.

Así, también puede partir de exagerar un atributo físico. Pero más bien suele presentar, corregido y mejorado, un rasgo de la personalidad o un defecto de carácter.

El chiste corría de boca en boca, en los cafés, en las tertulias familiares. Incluso en funerales. Los políticos de viejo cuño solían ser ávidos cazadores de aquellos que se contaban sobre sus personas, porque sabían que eso era una especie de barómetro de la opinión pública sobre su imagen.

Ahora el chiste ha evolucionado. Vuelto meme, ya no requiere una boca que lo susurre a un oído que se acerque, pues encuentra en las redes sociales y en los grupos de mensajería, un ecosistema ideal que le permite reproducirse de forma exponencial.

Le pregunto: ¿cuántos memes políticos usted ha compartido?

El humor, ya lo he dicho, le quita lo solemne a la política, y eso no es malo. Ciertamente quienes gobiernan tienen un cierto halo de irrealidad, por más que en ocasiones lo hagan a un lado; pero no pueden dejar de ser humanos, y el humor les ayuda a mantenerse así. A la larga, esto les representa un efecto benéfico, dado que nadie quiere ser gobernado por robots o por programas informáticos sin alma.

Al humanizar la política, el humor nos recuerda que el buen gobierno de la sociedad es labor de personas, con la grandeza y la flaqueza que eso conlleva.

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