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El hundimiento del Titanic PDVSA …y Maduro tocando el violín

Agonía. La petrolera venezolana, en su día la segunda mayor del mundo, batió en marzo su nivel mínimo de extracción en dos décadas, con sólo 900 mil barriles diarios, acercándose peligrosamente al nivel que dejaría en la ruina al país. Pero el presidente no parece agobiado: “Fui al futuro y volví, y todo sale bien”

El hundimiento del Titanic PDVSA …y Maduro tocando el violín | La Crónica de Hoy

Hagamos un poco de matemáticas. Cuando Hugo Chávez ganó las elecciones, en 1998, Petróleos de Venezuela Sociedad Anónima (PDVSA) extraía 3.2 millones de barriles de crudo diarios (b/d), casi tanto como en los felices setenta, cuando extraía 3.7 millones de barriles y se situaba como la empresa más rentable de América Latina y la segunda petrolera más grande del mundo, sólo por detrás de la saudí Aramco.

Esta semana, las dos petroleras mencionadas han sido noticia. Aramco se convirtió en la empresa más rentable del planeta, con 111 mil millones de dólares de ganancia, más que la suma de los tres gigantes tecnológicos estadunidenses, Apple, Microsoft y Facebook. Semejante montaña de dinero sólo se explica con esta cifra: la estatal saudí extrae 13 millones 600 mil barriles diarios (por ponernos en contexto, Pemex extrae 2.54 millones). PDVSA batió también esta semana otro récord, pero en sentido contrario al de la compañía árabe: Por primera vez en 16 años, su producción cayó por debajo del millón de barriles diarios, hasta llegar en marzo a 900 mil b/d. Habría que remontarse al paro petrolero del 2 de diciembre de 2002 al 3 de febrero de 2003 para buscar una cifra tan baja (650 mil b/d).

¿Qué ha pasado para que dos gigantes petroleros hayan seguido caminos tan distintos, uno hacia la estratosfera y otro descendiendo a los infiernos? Básicamente, que la monarquía saudí permitió que Aramco estuviese gestionada exclusivamente por sus mejores especialistas en el campo del petróleo, mientras que el comandante Chávez la dejó en manos de militares leales, porque consideró al petróleo como su arma más eficaz, para perpetuar su revolución en Venezuela y expandirla por toda América Latina. Con el barril escalando de precio con la llegada del milenio hasta alcanzar los 150 dólares, Chávez y Fidel Castro se juraron amor eterno y parieron juntos una alianza de países bolivarianos (Alba). Con casi toda Sudamérica bailando al son de su petróleo, se dedicó a regalar tierras e industrias expropiadas a sus camaradas militares, a cambio de fidelidad. El Titanic PDVSA, con su nueva directiva verde olivo, navegaba orgulloso a toda máquina… hasta que ocurrió lo imprevisto.

Crisis y cáncer. En 2008 estalla la burbuja financiera con el precio del barril a 150 dólares en agosto de ese año. Cuatro meses después, la recesión mundial desplomó el precio hasta los 35 dólares y desde entonces el barril se instaló en una espiral de volatilidad. Para colmo de males, Chávez enfermó de cáncer y el país quedó semiparalizado hasta su muerte, en febrero de 2013. Para cuando su discípulo Nicolás Maduro tomó el poder, en abril de ese mismo año, la producción de PDVSA había caído a 2.2 millones b/d.

Fue en esos días de luto cuando el presidente Maduro dijo que, mientras rezaba en una capilla, entró un “pajarico” y le silbó y entendió que era el comandante diciéndole que “siga adelante hasta la batalla final”. Nadie supo o quiso ver entonces la tragedia que se avecinaba sobre el país y su joya de la corona: PDVSA. Todo lo que pudo ir a peor lo fue.

El saqueo de PDVSA. Sin la presencia mesiánica e intimidante de Chávez, los cachorros del régimen se dedicaron al saqueo de PDVSA y al desvío de miles de millones de dólares a cuentas en paraísos fiscales. La reciente confesión de muchos dirigentes arrestados en Estados Unidos, a cambio de penas leves, muestra un esquema criminal propio de un narco-estado.

La pasividad del régimen ante los excesos de los hijos de la “boliburguesía”, bajando fotos en Instagram de sus yates y mansiones en Miami, y el desprecio de Maduro a los miles de compatriotas, huyendo a los países vecinos en busca de una vida digna, despertó finalmente a una oposición dividida y frustrada. De la noche a la mañana, Venezuela estrenó año con un nuevo líder, tan carismático como lo fue Chávez: Juan Guaidó. El 11 de enero tuvo el descaro de proclamarse presidente interino y medio mundo lo siguió, empezando por el mayor comprador de petróleo venezolano: Estados Unidos.

Con la economía venezolana sumando su quinto año de dura recesión y sumida en la hiperinflación, el boicot petrolero de EU llegó con la intención del presidente Trump de matar dos pájaros de un tiro: primero, rebajar al mínimo la compra de crudo venezolano para terminar de asfixiar económicamente al régimen de Maduro; y segundo, bloquear el poco dinero que genere a partir de febrero el petróleo refinado en CITGO, la lucrativa sucursal de PDVSA en EU, para que pueda ser usado por Guaidó cuando se instale finalmente en el poder.

El iceberg se acerca. El problema es que Maduro se resiste a morir y cuanto más larga sea la agonía, más posibilidad hay de que disminuya al mínimo la extracción de petróleo. Los analistas calculaban que PDVSA podría llegar a finales de 2019 con una producción de 500 mil barriles al día, aún suficientes para pagar las deudas adquiridas con sus principales valedores, Rusia y China. Pero los gigantescos apagones en las últimas semanas han agudizado la crisis, ya que se acaba de conocer que los generadores eléctricos que necesita PDVSA para sacar petróleo están en mal estado por décadas de falta de mantenimiento y no quedó más remedio que conectar la petrolera a la red del casi inservible sistema eléctrico nacional. Por tanto, si se acelera la caída de la producción y se llega a límites por debajo de 250 mil barriles, el gobierno no tendrá dinero para importar productos de primera necesidad ni podrá pagar sus préstamos. En otras palabras, estaría en bancarrota. ¿Cuánto duraría sin dinero la fidelidad de los privilegiados militares bolivarianos?

Y mientras el Titanic PDVSA —y todos los venezolanos a bordo— se dirige imparable al iceberg, Maduro se niega a permitir la ayuda internacional y todavía confía en la victoria porque se lo dijo un moribundo Chávez y porque, como dijo hace unas semanas a los venezolanos en cadena nacional: “Confíen en mí. Yo ya fui al futuro y regresé y vi que todo estaba bien”.

fransink@outlook.com

 

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