Opinión


El infierno del general Sandoval

El infierno del general Sandoval  | La Crónica de Hoy

Los militares se quejan, con frecuencia, de que los civiles suelen dejarlos solos cuando las cosas no salen bien o se complican. Tienen razón. Otro gallo cantaría, es seguro, si no se hubiera fallado como se falló.

El general Luis Cresencio Sandoval contó la historia de lo ocurrido en Culiacán.  Un ejercicio de rendición de cuentas notable y que yo recuerde inédito, tratándose de un secretario de la Defensa Nacional.

Más aún, porque no pone pretextos y no busca salir al paso del desastre, sino entenderlo, clarificarlo, para que se ponderen las motivaciones de aquellas horas infernales.

Era su responsabilidad, porque los encargados de detener a Ovidio Guzmán López son elementos del Grupo de Análisis de Información del Narcotráfico (GAIN) de la Secretaría de la Defensa.

Los que integran las filas de esa fuerza especial cuentan con una amplia experiencia y desde su fundación, en 1995, han capturado a 663 objetivos relevantes, entre ellos Alonso Guerrero Covarrubias y Santiago Mazarí “El Carrete”.

En los hechos, los oficiales del GAIN hicieron bien su trabajo y detuvieron, aunque fuera por un breve lapso, a Guzmán López, neutralizando a sus escoltas y sin daños mayores. Contaban con una orden de captura, con fines de extradición, girada por un juez, a solicitud de la Fiscalía General de la República, desde el 25 de septiembre de este año, producto de una petición de la corte de Columbia, por tráfico de fentanilo, una droga que tiene un precio de 400 mil dólares el kilogramo. 

Guzmán López en los hechos se rindió y solicitó, por celular, que sus sicarios “pararan el desmadre”.

Pero todo empezó a complicarse, porque los integrantes del cártel de Sinaloa logaron que no se instalaran los controles de seguridad perimetral e iniciaron un ataque directo contra elementos del ejército y la Guardia Nacional.

Lo más grave, sin embargo, es que los delincuentes atacaron una Unidad Habitacional Militar, a la que lanzaron dos granadas 40 milímetros que, por fortuna, no estallaron; se metieron, además, en cuatro domicilios. Lo más inquietante es que tuvieron en la mira a un grupo de niños, pero un sargento pudo protegerlos, aunque a él se lo llevaron.

Tomaron de rehenes a dos oficiales y a nueve elementos de tropa, en distintos puntos, y ahí se desató el infierno.

En pocas ocasiones el ejército se ha enfrentado a una situación similar, aunque estén acostumbrados y entrenados para altas dosis de riesgo y estrés.

Guzmán López y sus aliados, escalaron un peldaño en su nivel de enfrentamiento con las autoridades y abrieron una puerta muy peligrosa.

Retener al hijo de Joaquín “El Chapo” Guzmán habría tenido un costo muy alto, -- los ocho muertos y los 19 heridos son apenas una muestra-- e inclusive con la ejecución del personal del ejercito retenido o de sus familias, eso está claro.

Lo ocurrido en Culiacán dejó al descubierto fallas operativas y de inteligencia, pero también mostró el músculo de la delincuencia y eso hay que tenerlo presente. 

En el ejército lo saben y tendrán que tomar sus providencias, como en su momento lo hicieron ante organizaciones muy peligrosas, como el Cártel de Jalisco Nueva Generación.

Quedan dudas, pero ya corresponde aclararlas a otras áreas de seguridad o inclusive políticas. También se tendrá que hacer algo para detener a Guzmán López, porque en Estados Unidos no van a dejar de solicitarlo y, por el contrario, habrá más presiones para hacerlo.

La clave, por supuesto, es que no se tenga que transitar por el mismísimo infierno, ni en Sinaloa ni en ningún lado.

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