Opinión


El ITAM y La Guerra del Cerdo

El ITAM y La Guerra del Cerdo | La Crónica de Hoy

El suicidio de una estudiante del ITAM ha traído a la discusión pública un paquete muy complejo de temas, que a su vez ha derivado en las redes sociales en una especie de Guerra del Cerdo —retomando la novela de Bioy Casares— en la que se contraponen jóvenes contra viejos.

Las aristas culturales, sociales y políticas son muchas. Abordaré apenas algunas de ellas.

 

El ITAM

El ITAM es una de las instituciones educativas privadas de México con mayor prestigio. Según encuestas, es, junto con la UNAM, de la que más orgullosos están sus egresados. Durante décadas, fue una de las fuentes más importantes para la formación de funcionarios públicos, sobre todo del área económica. Actualmente, se encuentra bajo fuego crítico, en particular por la retórica del presidente López Obrador.

Mi experiencia personal con egresados del ITAM es positiva. En algún momento formamos un equipo interdisciplinario, en el que cerca de la mitad había estudiado ahí, un número similar lo habíamos hecho en la UNAM y el resto, en el Colmex y otras universidades. Puedo decir que nos complementábamos bien. Los del ITAM, como regla general, tenían pocas lagunas formativas y eran puntillosos, casi perfeccionistas, pero eran poco capaces de improvisar o de pensar fuera del círculo: cuando se trababan, se trababan. Por eso la combinación con la UNAM era exitosa.

Se quejaban de tres cosas de su escuela: De la ausencia de una biblioteca no especializada (a alguno le dijeron que para qué querían libros de poesía, si no servía para la carrera); del poco o nulo espacio para actividades extracurriculares (a veces iban a casa de un amigo que vivía cerca, entre un bloque de clases y otro: no había nada qué hacer en el campus) y de que se la pasaban pagando el crédito de sus becas (esclavos de Bailleres, les decíamos los demás).

He ido poco al ITAM, pero todas las veces me he engentado. Y lo que me ha sorprendido es la estrechez de los pasillos. En todos los demás campus que conozco, los pasillos son un espacio de convivencia estudiantil; en el ITAM lo que vi fue jóvenes apurados para ir de un salón a otro, esquivando compañeros. Un ambiente como del Metro.

Esa visión, necesariamente limitada por no ser ni profesor ni egresado de ahí, me hace recordar que lo que define a una universidad no es sólo la calidad formal de la educación, sino principalmente la experiencia vital. No es sólo la competencia, sino también la convivencia. No es en primer lugar, para responder a la pregunta que se acaba de hacer el director del ITESM, la preparación para el trabajo, sino sobre todo la preparación para la vida. Ergo, no es sólo la carrera, las lecturas y los exámenes, sino también los conciertos, las reuniones informales, la actividad deportiva.

A esas carencias se suma ahora otra, ligada tanto a la situación de precariedad laboral de las nuevas generaciones como al fin de la “empleabilidad automática” por los cambios políticos: los estudiantes de hoy del ITAM ya no tienen, como antaño, el privilegio de la seguridad en el empleo al terminar sus estudios. El cambio de paradigmas hace que ahora les toque a ellos, como en su momento le tocó a los de la UNAM, cargar contra prejuicios en su contra, y que en su momento desembocó en el movimiento del CEU. Con el agregado de que tienen que pagar su beca-crédito.

En ese sentido, la problemática no es sólo psicológica, o de rechazo a la pedagogía del terror (que ahí estaba, pero no parecía tan importante cuando, a cambio, se abría un panorama laboral halagador). Tiene que ver con el sentido mismo de la universidad y de sus propósitos. Y se parece, extrañamente, a la problemática que priva en las universidades de Estados Unidos y de aquellos países europeos en donde subieron dramáticamente sus costos.

 

La Guerra del Cerdo

En la novela Diario de la Guerra del Cerdo, Adolfo Bioy Casares describe un conflicto entre jóvenes y viejos, que toma formas propias de una guerra. El personaje es un cincuentón que no sabe de qué lado estar. El tiempo se encarga de asignárselo.

En las redes sociales, el conflicto del ITAM —que superficialmente ha sido resuelto con la creación de una secretaría de asuntos estudiantiles— ha generado reacciones sintomáticas y furibundas.

Por una parte, han abundado quienes subrayan la fragilidad de las nuevas generaciones, que se quejan de todo, y no son capaces de arreglárselas por sí mismos. Sin pararse un segundo a pensar en el problema de la salud mental, o en las condiciones específicas, exoneran a las instituciones y decretan que con voluntad férrea se pueden hacer muchas cosas a la vez, que está bien la competencia feroz y que el mundo laboral y la vida misma son muy estresantes. Para ellos, los jóvenes quejosos son “mártires de Starbucks”.

Es una posición de superioridad moral bastante endeble, porque no toma en cuenta las nuevas condiciones en las que se mueven los jóvenes: ahora hay mucha más incertidumbre e inseguridad laboral, inestabilidad social y falta de certezas y anclajes. No quiere ver, porque se tapa los ojos, que hay razones detrás de lo que Raúl Trejo, en estas páginas ha llamado “la desazón de los jóvenes”.

Por la otra, hay quienes quieren extender su queja hacia todo lo que les ha tocado heredar. Jóvenes que insisten en ver el vaso medio vacío (o de plano totalmente vacío) y creen que no hay peor mundo que el que les tocó vivir, y al que les dejaron la tarea de arreglar, malditos boomers. Que, en ese sentido, son incapaces de ver más allá de sus narices.

A ellos, cabría recordarles tres cosas: La primera, que les tocó nacer en tiempos difíciles, como a todos, incluyendo a las generaciones anteriores. Nadie ha nacido en Jauja. La segunda, que bien vale estudiar un poco más de historia y ver cómo cada generación logra, entre contradicciones, cambios positivos para su comunidad, su nación y la humanidad. La tercera, que Diario de la Guerra del Cerdo se escribió en 1969, y los jóvenes que se querían deshacer de aquellos viejos son ya los viejos de hoy. El tiempo también es circular.

 

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