Opinión


El oficio de vivir

El oficio de vivir | La Crónica de Hoy

El periplo de la humanidad podría apreciarse, desde la perspectiva del progreso, mediante una línea temporal que nos conduce de manera inevitable a la satisfacción material, al bienestar social y a la felicidad, que es el resultado de las utopías religiosas, las doctrinas sociales y la filosofía empresarial; y en el éxtasis de dicha profecía, el politólogo norteamericano Francis Fukuyama dictaminó el fin de la historia, de los conflictos ideológicos, y confabuló la entrañable amistad de la oveja y el lobo, ajenos por completo a su mortal contienda. 
Pero la realidad suele ser muy terca y contraria a los sueños de la utopía. Derriba las doctrinas más elaboradas a la manera de los huracanes y los tornados, que levantan los techos de nuestras casas y nos dejan sin el cobijo material y mental que nos permitiría dar sentido al rumbo de nuestra existencia. El naufragio del antropocentrismo renacentista, de la creencia en las verdades absolutas de la ciencia, del ardor pedagógico de los filósofos ilustrados, incluido el igualitarismo decimonónico, pareciera llegar a su fin y, en consecuencia, corresponde a todos nosotros volver a humanizar lo que nos parece ajeno e indomable.
Los estragos de la pandemia son la muestra más evidente de una crisis de valores y creencias que se intensificó a lo largo del siglo XX, para luego mostrar su lado más oscuro y aterrador en la era posmoderna, donde la ciencia vuelve a la cacería de los microbios que infestan pueblos y aldeas, ciudades y suburbios sin que se les pueda poner un alto; mientras la gente muere ante la impotencia de sus familiares y amigos, frente al colapso de un sistema de salud mundial que fue sorprendido por un enemigo invisible.
Sin embargo, los indicios de la tragedia estaban ahí para ser leídos e interpretados. El físico Stephen Hawking había afirmado hace veinte años que un virus podría ser una amenaza seria contra la supervivencia de la especie humana. Del mismo modo, las epidemias incubadas en la desnutrición y las hambrunas, el cambio climático y las catástrofes ambientales eran claros avisos para llegar a consensos mundiales inmediatos, con el propósito de frenar el ecocidio global, pero nada de ello fue escuchado. Nos sucede ahora como en las legendarias historias del Arca de Noé, incluidas Sodoma y Gomorra. Sin embargo, la Krisis, pensaba Hipócrates, es la oportunidad que tiene el cuerpo para mostrar los síntomas de su enfermedad y, a partir de ello, se podrá pensar en un tratamiento adecuado. De tal manera que la crisis actual, por dolorosa e irreversible que sea por la pérdida de incontables personas, podría también ser la ocasión justa para realizar los ajustes necesarios. 
Por ello, resulta reconfortante la lectura de la obra del filósofo francés Edgar Morin, “Enseñar a vivir. Manifiesto para cambiar la educación”; en el texto se hace una crítica severa al sistema educativo mundial, con énfasis en los niveles de secundaria y bachillerato. Se observa cómo la enseñanza tradicional promueve la desvinculación de los jóvenes de la naturaleza, de los procesos sociales, de la literatura y el arte. El auge del racionalismo, de la ciencia clásica que considera sus teorías verdades absolutas, generó una hendidura entre el cuerpo y el alma; los sentimientos y la razón; la vida espiritual subjetiva frente a la realidad material objetiva. Este proceso concluyó en la escisión de las ciencias, las humanidades y las artes. Para Morin este es el principio fundamental del fracaso escolar.
Conviene entonces repensar la educación en su axioma fundamental, pues se trata de que las escuelas enseñen a los alumnos el oficio de vivir, tal y como lo pensó Rousseau en su obra Emilio, pero esta enorme tarea requiere de un cambio de paradigma, de una reeducación de los educadores, para que abandonen las ideas positivistas, según las cuales el hombre es el centro del universo y no una minúscula parte de él, y se opere un reencuentro con la naturaleza y la Tierra —nuestra patria verdadera—, convirtiéndonos todos en ciudadanos planetarios, formados en la comprensión del otro y los otros, en virtud de que el homo sapiens es el mismo en todos los rincones del mundo. Para Morin, pertenecemos todos a la misma historia cosmológica, natural y social.
Vivir es una aventura, es aceptar los retos sociales imbuidos en las prácticas de la cultura, también implica afrontar las incertidumbres a través del conocimiento, pero no basta con saber o tener información, ante todo se debe “saber que se sabe” o ser conscientes del conocimiento y de su utilidad. Morin cree que el proceso de “Vivir se aprende por las propias experiencias con la ayuda de los padres primero y después de los educadores, pero también por los libros, la poesía, los encuentros. Vivir es vivir en tanto individuo afrontando los problemas de su vida personal, es vivir en tanto ciudadano de su nación, es vivir también en su pertenencia a lo humano.”
Las escuelas, asimismo, deben evitar la enseñanza puramente disciplinaria, pues en el mundo de la complejidad un solo fenómeno puede ser estudiante desde diferentes perspectivas científicas; tal es el caso del tema ecológico donde convergen las ciencias de la tierra, la biología, la química, la filosofía, la zoología, entre otras; se trata de estudiar y volver habitable la casa común de los seres humanos. 
Se debe aprender a aprender, unir lo que hasta ahora ha permanecido separado y, en este proceso, la presencia de la literatura es inevitable, ya que nos provee la dualidad entre la prosa y la poesía, como base de nuestra existencia. Comenta Edgar Morin: “la vida es un tejido mezclado o alternativo de prosa y de poesía. Se puede llamar prosa a las limitaciones prácticas, técnicas y materiales que impone la existencia. Se puede llamar poesía lo que nos transporta a un estado segundo: primero la propia poesía, la música, la danza, el goce y el amor, sin duda. Prosa y poesía juntas se hallaban estrechamente tejidas”.

* Poeta y académico
benjamin_barajass@yahoo.com

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