Cultura


El país de las primeras ocasiones, de Juan Villoro

El 21 de febrero de 2010 participé en la primera sesión de “Un día, en algún lugar”, jornadas literarias entre México y Chile que se celebraban en el Palacio de Minería de la Ciudad de México.

El país de las primeras ocasiones, de Juan Villoro | La Crónica de Hoy

El 21 de febrero de 2010 participé en la primera sesión de “Un día, en algún lugar”, jornadas literarias entre México y Chile que se celebraban en el Palacio de Minería de la Ciudad de México. Como suele ocurrir, el tiempo se agotó antes de que terminara nuestra mesa redonda. Yo era el último en participar y nos habían pedido que antes de leer el texto habláramos de nuestra relación con Chile.

A toda velocidad mencioné los descubrimientos esenciales que me ha deparado el país donde los locos se comen con mayonesa.

Tiempo después, Andrés Braithwaite, editor chileno con ojo de lince, me iba a comentar: “¿Te diste cuenta de que se trata de un decálogo?”

No lo sabía. Esos diez puntos fueron ordenados por la vida y la premura para exponerlos.

En febrero de 2010, el azar volvió a intervenir en mi relación con Chile: el domingo 21 compartí mesa con colegas chilenos en mi país; el lunes 22 era el cumpleaños de mi hija, oportunidad de recordar que pasan cosas importantes cuando el sol está en Piscis; y el martes 23 saldría rumbo a Santiago.

“En martes no te cases ni te embarques”, dice mi madre. A lo largo de cincuenta y tres años le he escuchado tantas y tan variadas admoniciones que suelo olvidar su tendencia a tener razón.

El domingo amaneció con cara limpia. Un cielo azul lapislázuli se alzaba sobre el centro de la ciudad, despejado de tráfico. Había algo de espejismo en el paisaje, como si las calles se fingieran transitables.

Escuché a los compañeros de mesa mientras el reloj guillotinaba los minutos. Recordé que en Alicia en el país de las maravillas el tiempo se detiene porque está ofendido. Ese domingo los minutos se sentían cómodos y no se detenían.

Me tocó el tiempo de compensación que el árbitro suele conceder en los partidos de futbol para recuperar momentos perdidos. “El hombre acorralado se vuelve elocuente”, ha escrito George Steiner. De no haber sentido esa presión, no habría dado con un decálogo accidental:

l El primer Mundial del que tuve noticia fue el de 1962. Lo oí por radio y aún recuerdo el trágico gol de último minuto del español Peiró que nos impidió pasar a la siguiente ronda. A los seis años yo oía la radio con los ojos cerrados como un acto de fe para que el portero Carvajal atajara los disparos enemigos. No olvidé la ilusión ni la tristeza que llegaron desde el estadio Sausalito de Viña del Mar. Tampoco el lema del Mundial, que debería ser el de América latina en tiempos de Bicentenario: “Porque nada tenemos, lo queremos todo”.

l El primer gran jugador extranjero que vi en México fue el chileno Carlos Reynoso. Hasta la fecha sigue siendo el mejor fichaje del futbol mexicano. El único pecado del inmejorable Reynoso consistió en practicar la hechicería en beneficio del América, antihéroe de nuestra liga.

l La primera manifestación a la que asistí, con mis compañeros de la preparatoria, fue en apoyo a la Unidad Popular. Marchamos por Paseo de la Reforma hasta el Hemiciclo a Juárez, donde el poeta Hugo Gutiérrez Vega habló de los espadones de la solidaridad.

l El primer villano histórico de mi vida fue el general Pinochet. Cada generación dispone de una figura que encarna el mal absoluto (la de mis padres fue Franco).

l El primer amor de mi vida fueron las chilenas que llegaron a mi colegio, el Madrid, fundado por republicanos españoles. Venían a asilarse, pero también a rescatarnos. Al menos eso pensé yo, pero cometí el error de enamorarme de cinco chilenas al mismo tiempo y ninguna me hizo caso.

l Mi primera influencia literaria en close-up, tan cercana que podía confundirse con el plagio, fue Antonio Skármeta. Mi maestro de taller literario, Miguel Donoso Pareja, advirtió que mis pasiones iban de Julio Cortázar a la cultura pop: “En medio de eso está Skármeta”, comentó. El poeta Mario Santiago, que asistía al taller como ruidoso crítico de la prosa y había leído todos los libros, aprobó la sugerencia. Al siguiente miércoles, Donoso Pareja llevó Desnudo en el tejado, editado en Cuba por Casa de las Américas, y leyó “El ciclista del San Cristóbal”. El efecto fue definitivo: quise pedalear a las estrellas.

l Cuando conocí a Roberto Bolaño, también él estaba bajo el influjo de Skármeta. “A las arenas” es el germen de Los detectives salvajes: un chileno y un mexicano viajan on the road a Nueva York. Son pobrísimos y tienen que vender su sangre para poder pagar las entradas a un concierto de jazz. ¡La vida a cambio del arte! Cuando conocí a Roberto, en 1976, me dijo que esa trama le recordaba a los grandes novelistas rusos y que algún día haría circular a otro mexicano y otro chileno para repetir la transubstanciación: sangre que sería literatura.

l El primer texto que escribí con afán de publicar tenía como destino una revista del Colegio Madrid. Dedicamos un número a Chile y concebí una irracional reseña en tándem sobre dos chilenos que tenían muy poco que ver: Martha Harnecker, divulgadora del materialismo histórico, y Antonio Skármeta, mi guía en el cuento. Por suerte, al editor le robaron el coche con los manuscritos a bordo. Esto ocurrió antes de que yo supiera que existían las fotocopias y las copias al carbón. Mi primera colaboración editorial tuvo el venturoso destino del olvido.

l El primer amigo que hice al llegar a vivir a Berlín Oriental, en 1981, fue el escritor chileno Carlos Cerda. La comunidad de intereses culturales y sentimentales que compartíamos me reveló una obviedad que hasta entonces ignoraba: los latinoamericanos existen.

l El primer viaje que hice con Margarita, mi esposa, tuvo como destino el hielo. En la Navidad de 1994 zarpamos rumbo a los glaciares chilenos a bordo del Scorpios, barco de madera al que botaron al mar porque no cupo en una juguetería. Quien ama en tierra caliente sabe que el hielo puede ser “el gran invento de nuestro tiempo”. En la isla de Castro nos enteramos del “error de diciembre”: el peso mexicano se había devaluado y parecía a punto de esfumarse. De pronto, éramos más pobres. Pero estábamos en Chile. Pedimos locos y otros mariscos con el apetito de los náufragos que se la pasan bien en el fin del mundo.

El 23 de febrero de 2010 despegué rumbo al país de las primeras ocasiones.

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