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El paradójico día del nuevo T-MEC: porras trumpistas, despistes y píldoras amargas…

Esta vez no hubo firmas presidenciales. Trudeau y Trump dieron su anuencia por teléfono. Sólo AMLO asistió como testigo de honor.

El paradójico día del nuevo T-MEC: porras trumpistas, despistes y píldoras amargas… | La Crónica de Hoy

Jesús Seade detalla que el cumplimiento del Tratado se corroborará vía paneles.

Fue una reedición de aquella firma del 30 de noviembre de 2018, pero al estilo mexicano: en casa, con la bandera nacional escoltada por la de Estados Unidos y Canadá, en el salón de Palacio Nacional donde todos los días aparece el presidente Andrés Manuel López Obrador, aunque esta vez se escuchó trastabillante, repetitivo, con un discurso desinflado en conceptos, sin la altura esperada para uno de los anuncios más significativos de su gobierno: el acuerdo modificatorio al T-MEC.

El escenario había sido montado para su lucidez, pero algo pasó: quizás la confusión de los idiomas, pese al afán del canciller Marcelo Ebrard por guiarlo en las traducciones; o tal vez la presencia, por primera vez en la sede presidencial, de sus principales opositores panistas, priistas y perredistas en el ámbito legislativo, o los elogios desmesurados del representante de comercio estadunidense Robert Lighthizer, a nombre de Donald Trump, pero el mandatario mexicano pareció distraído, incómodo ante el guion a seguir.

El incendiario del pueblo, capaz de enardecer e inspirar a la muchedumbre en una plaza pública, no es el mismo en la escena internacional…

Aun entre deslices, se concretó la alianza ya descartada por muchos.

Se borró, en un tris, ese pavoneado encuentro entre el primer ministro canadiense Justin Trudeau y los presidentes Donald Trump y Enrique Peña de hace 375 días, cuando se citó por primera vez a la rúbrica del Tratado allá en Buenos Aires, mientras se desarrollaba la Cumbre del Grupo de los 20. Muchas cosas cambiaron desde entonces, se reabrieron las negociaciones —en especial en el tema laboral— y se añadieron lineamientos comerciales, hasta llegar a este 10 de diciembre de loas, ovaciones y despistes, cuando habrá de iniciarse un nuevo paréntesis, a la espera de la aprobación final en los congresos respectivos. Y todo volvió a ser igual, como en aquel noviembre…

Esta vez no hubo firmas presidenciales. Trudeau y Trump dieron su anuencia por teléfono. Sólo AMLO asistió como testigo de honor y cerró la ceremonia con la ya referida intervención apagada, como si hablara con los reporteros desmañanados de siempre, y no frente a los ojos del mundo, porque él mismo lo dijo: “Es un acuerdo de dimensión mundial”.

Quienes signaron ahora fueron los tres negociadores: además de Lighthizer y la enternecida viceprimera ministra de Canadá, Chrystia Freeland, quienes también habían intervenido en el pacto comercial del año pasado, el subsecretario para América del Norte Jesús Seade, recocido por todos los interlocutores y quien asombró por su desparpajo: “Había presiones horrorosas, ideas de que se pudieran hacer acuerdos bilaterales. Nosotros dijimos: No. Como lo verán en su momento, es un tratado muy bueno. Ni un sólo resultado es una píldora amarga que nos hayamos tenido que tragar, cero”.

A este protocolo a la usanza mexicana, en el cual sólo faltó un mariachi y un banquete de antojitos, fueron invitados todos los integrantes del gabinete federal, así como senadores, diputados, empresarios y otros actores políticos. Fue como un juego de local, en el partido de vuelta, con lleno a reventar. Pero el anfitrión, a excepción de los desbordes por la banda de Seade, lució deslucido y no despertó ni con las excesivas facilidades del rival…

Desde el arranque, el estadunidense Lighthizer se dedicó a dejar espacios a un solo hombre, como si ésa hubiese sido la encomienda desde la banca comandada por Trump: no era Marcelo, de bienvenida gris y hasta ignorado en los discursos de los visitantes; ni Jesús, a quien se limitó a describir como “mi buen amigo”. Mucho menos el infiltrado senador Ricardo Monreal, empeñado en hacer al menos un golecito, pero cuya falta de credibilidad y condición terminó por aniquilarlo. No… Ese hombre era el capitán local: Andrés Manuel.

“Se trata de la primera vez que lo conozco, realmente traigo los mejores deseos del presidente de los Estados Unidos para usted. Y a nivel personal le quiero decir que hemos seguido su carrera, me parece que es extraordinaria, todo mundo en nuestra administración le está echando porras”.

“El  hecho que usted haya podido lograr todo esto es algo histórico, Señor Presidente, y dice cosas enormes de usted. Esas tres, cuatro veces que lo he visto, es asombroso y sorprendente, quería que lo supiera… Me siento tan orgulloso, tan honrado de estar aquí con el Presidente de México, que es esta figura histórica”.

El aludido intentó corresponder a los elogios, pero sin chispa: “El señor Lighthizer es un profesional en la negociación de este tipo de tratados, reconocido por propios y extraños. Los legisladores, me consta, del Partido Demócrata, a pesar de las diferencias propias de la democracia, le guardan siempre mucho respeto”.

El aplauso fue unánime, hasta de los contrincantes. El encuentro terminó en empate y en abrazos incoloros, a la espera de la serie penal en los congresos. El festín mexicano, como suele pasar, incluyó zafarranchos entre camarógrafos y reporteros gráficos, ansiosos por la mejor imagen y cuyos gritos sacudieron al desconcertado Lighthizer, a la inquieta ­Freeland y al pasmado López Obrador, en el paradójico día del nuevo T-MEC…

 

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