Opinión


El peligroso lenguaje incluyente

El peligroso lenguaje incluyente | La Crónica de Hoy

* Concepción Company Company

 

La lengua española está asistiendo, desde hace quince o veinte años, a un aparente cambio lingüístico que está generando, o reflejando, un aparente cambio social. El cambio lingüístico consiste en que el español parece estar adquiriendo una situación sociolingüística de diglosia, esto es, la existencia en paralelo de dos formas de estructura discursiva: por un lado, una lengua oficial o institucional, con desdoblamiento de masculino y femenino de persona, todos los mexicanos y todas las mexicanas tendrán derecho a la educación, y, recientemente, con anteposición del femenino, las niñas y los niños de este país, estimadas y estimados todos, y con desarrollo de nuevas formas de escritura con aparente borramiento de género, estimadxs, estimad@s, estimades, y, por otro, una lengua de la proximidad comunicativa y vida cotidiana que mantiene el masculino como género no marcado o indiferente al género, todos los mexicanos, todos los niños, que abarca a hombres y mujeres; ningún hablante en su casa o entre amigos dirá niña y niño, apúrense que llegamos tarde, sino niños, apúrense que llegamos tarde.

El cambio social consiste en que tal desdoblamiento de género del español institucional, lenguaje incluyente como se le denomina, ha generado, aparentemente, mayor visibilidad de la mujer en la sociedad y una menor desigualdad de aquella respecto del hombre.

Además del carácter antieconómico, artificioso, ajeno a la pauta estructural histórica del español y de las numerosas ambigüedades que causa —por ejemplo, “En este momento hay 24 hombres y mujeres incorporados” (ADN40, 17-07-2019): ¿12 y 12, o 23 hombres y una mujer?, probablemente, lo último—, sobre los que ya se han escrito ríos de tinta, el punto esencial es que el lenguaje incluyente es muy peligroso para lograr una verdadera equidad, porque opaca o hace olvidar la lucha por la equidad entre sexos.

Lucha social y empleo de lenguaje incluyente no se excluyen, por supuesto que no, pero este invisibiliza a aquella, sin que se produzca cambio social alguno. El lenguaje incluyente es “vistoso”, porque se ve, está a disposición de todos, de manera que usarlo aplaca las conciencias oficiales, propicia la creencia de que hay ahora más igualdad entre sexos e invisibiliza la verdadera pelea por la equidad. Es decir, deja tranquilos a muchos y obstaculiza la percepción del problema real.  

Las cifras de inequidad entre hombres y mujeres para 2018 eran abrumadoras (datos del INEGI y de especialistas varios en las II Jornadas Sociedad y Mujer, celebradas en El Colegio Nacional, febrero 2018): la deserción escolar de mujeres es 30% superior a la de hombres; la diferencia salarial entre hombres y mujeres es de 34%, en detrimento de la mujer, y puede llegar a 47%, en igualdad de preparación y edad; el tope salarial llega a la mujer a los 29 o 30 años, al hombre hacia los 50; en la administración pública, 8 de cada 10 subsecretarías y secretarías de estado tenían un hombre al frente; en personas con discapacidad intelectual, las mujeres tienen 23% de oportunidad laboral, los hombres, 55%, y un larguísimo etcétera de inequidad. Las cuotas de género me parecen, como mujer, insultantes, porque no quiero que me incluyan por ser mujer, un hecho biológico, pero tampoco quiero que me excluyan por serlo, un hecho social.

En suma, el lenguaje incluyente tiene efecto de superficie, no incide para nada en la estructura social y desvía la atención del problema fundamental: discriminación por sexo. Peligroso, por ello. Las palabras sí importan, los hechos, más.

 

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