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El populismo está mal, pero…

El populismo está mal, pero… | La Crónica de Hoy

“El populismo está mal, pero si lo quiere la gente hay que dárselo” es la frase de la campaña del 2021 que tendrá su momento estelar el próximo 6 de junio, con la jornada electoral en la que se decide la suerte política de 15 de las 32 entidades federativas, 28 congresos locales, 1923 ayuntamientos y de la representación nacional con la renovación la Cámara de Diputados que por primera vez se hará con la posibilidad de que algunos de sus integrantes sean reelectos.

Esta célebre frase pronunciada por la ex priista, Clara Luz Flores, hoy candidata al gobierno de Nuevo León por Morena, es la consigna de numerosos personajes, cuyo pasado no ha sido obstáculo para que las encuestas (el neodedazo presidencial) los favorezcan en sus ambiciones por convertirse en gobernadores, diputados o presidentes municipales. 

¿Qué es el populismo? Un movimiento amorfo que mezcla todo tipo de ideologías e idiosincrasias. Es una amalgama de resentimientos acumulados que no duda en recurrir a la profundización del conflicto social y el azuzamiento del odio entre las clases o los grupos poblacionales identificados por su religión, género, raza, cultura o costumbres para obtener una mayoría electoral suficiente con base en la figura de un líder autoritario -un caudillo tradicional- que promete un bienestar inalcanzable, aprovechándose del imaginario colectivo y que culmina con la ruina de quienes dice defender.

El populismo es un fenómeno de las sociedades de masas en las que el individuo y las organizaciones intermedias quedan subordinados a un supuesto interés general determinado unilateralmente por el líder y su camarilla, que concentran un excesivo poder, que conduce al gobierno de una persona que hace purgas políticas constantemente para conservar el control de los aparatos de dominación.

Los personajes políticos secundarios apoyan al populismo con la ilusión de recibir una parte del botín del saqueo que permite la opacidad y verticalismo que caracterizan a este tipo de movimientos, pero la incondicionalidad con lo que repiten las ideas del líder y la adulación en la que incurren para acceder a los cargos los convierte en marionetas desechables.

En el populismo no importa quienes son los candidatos en las elecciones, que ganan sólo si muestran fidelidad pública al líder. Éste los cobija con su imagen a cambio de que los competidores en las elecciones le entreguen su capital político. De esta forma, el caudillo populista acumula más poder para subordinar a todos a su voluntad, lo que mina las instituciones democráticas y empobrece el debate racional, que es sustituido por una continua descalificación del adversario que allana el camino a la violencia. Paulatinamente, las elecciones se convierten en una formalidad legitimadora de las designaciones del líder.

El populismo está mal, pero da la tranquilidad política de rebaño. En la Encuesta Nacional de Cultura Cívica (ENCUCI) 2020, el “77.5 por ciento de la población consideró que para gobernar un país es necesario un gobierno encabezado por un líder político fuerte” y paradójicamente el “88.7 por ciento de la población de 15 años y más está de acuerdo en que para gobernar un país se necesita tener un gobierno en donde todos participen en la toma de decisiones” (El Financiero, 24-03-2021.

El populismo genera una ilusión democrática que termina cuando se impone a sus adversarios y antiguos aliados como sucedió con el nacional socialismo con el incendio del Reichstag y la Noche de los cuchillos largos y las purgas frecuentes del estalinismo y sus Gulags. El culto al líder -a su fuerza y conveniencia de ésta- extinguen la participación ciudadana efectiva que es remplazada por mítines de apoyo acrítico y aclamaciones masivas con estribillos pegajosos que parecen balidos ovejunos.

Hay que darle populismo a la gente a manos llenas para eliminar a la oposición. La creación de ilusiones debe acompañarse de una la invención de complots para que, cuando la realidad demuestre que las promesas son irrealizables, haya a quienes culpar y pueda desviarse la furia social hacia ellos. El líder nunca se equivoca. Pero un día la gente que está feliz con el populismo, empieza a sufrir la miseria que éste genera y cuando quiere protestar ya no existen las instituciones democráticas para detener la arbitrariedad del poder acumulado en una persona. Todos se convierten en adversarios cuando disienten del líder y la libertad se convierte en un bien escaso y entonces ya es demasiado tarde. Después siempre viene el desastre.

Socio director de Sideris, Consultoría Legal

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