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El retiro y el repentino adiós

En 1982, Rodolfo Guzmán ya tenía 65 años. Había sido campeón nacional y mundial en varias ocasiones, viajado en el tiempo, vivido en otras épocas y reencarnado para ser el gran luchador que era y hasta se había internado en el peligroso Triángulo de las Bermudas.

El retiro  y el repentino adiós | La Crónica de Hoy

En 1982, Rodolfo Guzmán ya tenía 65 años. Había sido campeón nacional y mundial en varias ocasiones, viajado en el tiempo, vivido en otras épocas y reencarnado para ser el gran luchador que era y hasta se había internado en el peligroso Triángulo de las Bermudas. Pero los años se dejaban sentir, y llegaba la hora de abandonar las películas de aventuras y la lucha libre. Lo hizo por todo lo alto, en equipo, y en “relevos atómicos” con otros grandes, Gori Guerrero, El Solitario y el Huracán Ramírez, contra el Perro Aguayo, El Signo, El Texano y El Negro Navarro.
Pero siguió siendo un personaje querido y popular. No fumaba, no bebía. Insistía en los beneficios físicos del deporte. Era considerado un amigo del público infantil, y en los últimos años de su vida, hizo presentaciones en el Teatro Blanquita. La noche del 5 de febrero de 1984, comenzó a sentirse mal. No obstante, salió al escenario a la primera función de la jornada. El malestar se agudizó. No pudo continuar.
A toda prisa, fue llevado a un hospital, donde lo internaron en terapia intensiva. Pero nada pudieron hacer los médicos por el corazón de El Santo, que se había quebrado. Estaba enfermo y no había querido que se supiera.
Con esfuerzos, los periódicos de aquellos días alcanzaron a “meter” la nota en la edición del lunes. Para todos fue una sorpresa. El funeral fue rápido, pero no por eso menos sentido.
Lo sepultaron con la máscara puesta, como correspondía al héroe, al ídolo que era. No tenía sino unos pocos días cuando, ante las cámaras de televisión, con Jacobo Zabludovsky por testigo, El Santo se quitó la máscara, para que México pudiera conocer el rostro de Rodolfo Guzmán Huerta. No faltó quien vio en ese gesto, una premonición, una despedida. Era el 26 de enero de 1984. Diez días después, se iba al mundo de los muertos.
Cuando el cortejo llegó a un cementerio moderno, Mausoleos del Ángel, eran miles los aficionados y admiradores que lo esperaban. Se habló de 10 mil, de 15 mil personas que deseaban despedirse de El Santo. Lo acompañaban, enlutados pero con las máscaras puestas, algunos de sus colegas, compañeros de batallas y aventuras.
En el caso de El Santo, su biografía terrenal terminó en ese febrero de 1984. Pero el personaje no se ha desvanecido. Un hijo suyo y un nieto andan por los caminos de la lucha libre; inspiró nuevos personajes de historieta como el sentimentalísimo y atrabancado Santos, de Jis y Trino; figura en la lista de los “héroes mexicanos” de un chiste bobo que tenía, a principios del siglo XXI, como protagonista, al entonces presidente Vicente Fox. Incluso, en la taquillera película Coco, aparece, en el mundo de los muertos, un sospechoso enmascarado plateado. Ha sido tan poderoso el grito “¡Santo, Santo!” que, hoy por hoy, parece ser un conjuro efectivo para mantener con vida al Enmascarado de Plata.

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