Opinión


El tiempo

El tiempo | La Crónica de Hoy

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Quienes estamos en el nuevo rango de vacunación por edad, y muchos de los que se encuentran en el anterior, solíamos ver una serie en el canal cinco llamada el Túnel del Tiempo. Se trataba de una producción estadunidense que tenía su encanto en lo que muchos le criticaban y que no era la posibilidad de viajar al pasado o al futuro, sino que los personajes protagónicos Tony Newman y Douglas Phillips, arribaban a fases decisivas de nuestra historia y se mezclaban con los personajes como participantes de la acción: Cleopatra, Billy the Kid o la tripulación del Titánic.

Después supimos que la historia no es como nos la cuentan las series y algunos historiadores afectos al drama, pero casi todos mis amigos de generación vieron la saga de 30 episodios que el Tigre Azcárraga exprimía en secuencias infames para sacarle el máximo rendimiento. Casi todos mis amigos leyeron la novela de H.G. Welles: La máquina del tiempo, o si no vieron alguna de las películas inspiradas en el libro del escritor británico.

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Cuando iba en preparatoria, una de las pintas más recurrentes que hacía con mis amigos era desde luego a La Marquesa. Clasemedieros y felices, creo, todos, en esas pintas fuimos descubriendo entre los arrendadores de caballos, aquellos que estaban en posibilidades de trotar e ir a marcha veloz.

En su ensayo sobre la “Rapidez”, Calvino después de darle contexto y glosar con agudeza un cuento simpatiquísimo de Boccacio, comenta: “[Que el] caballo como emblema de velocidad, incluso mental, marca toda la historia de la literatura, preanunciando toda la problemática propia de nuestro horizonte tecnológico”

En términos de periodización, un poco antes de El Renacimiento, el caballo emblemático de Calvino ya trotaba ligero embelesado por hermosos paisajes, pero también atravesando epidemias, guerras y llamas a un paso cada vez más veloz.

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En Las razones del libro (Trama: 2010), Robert Darnton estructuró su discurso en tres partes: primero el futuro (un futuro que ya es presente en más de un sentido), después el presente (un presente con un alto grado de incertidumbre cuando menos autorreferencial) y finalmente el pasado.

A propósito del pasado, Darnton no se cansa de reconocer que él se siente mejor en ese tiempo y la Ilustración es el periodo donde parece fluir más como investigador. Hace poco en la redes sociales una amiga lanzó una pregunta al entramado binario desde ese vampiro filantrópico llamado Facebook. Si estuvieras en posibilidad de viajar al pasado y escoger de nuevo tu carrera, cuál escogerías. Sin pensarlo respondí historia. Yo también me encuentro más cómodo en el pasado.

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En su libro de ensayos Sin contemplaciones (Ariel: 1999), Fernando Savater tiene un pasaje muy bonito a propósito de los ritmos no siempre cuantificables o aprehensibles desde nuestra enseñanza occidental de la historia: “La noción misma de tiempo, en cuanto devenir histórico fue llevada a América por sus depredadores europeos: el lingüista Benjamín L. Whorf constató que la lengua de los indios hopi a cuyo estudio se dedicaba «no contiene ninguna referencia al tiempo, ni implícita ni explícitamente.»”

Los mayas y los aztecas, por citar dos culturas americanas conquistadas, no creo que opinaran lo mismo que Savater. Pero que existieran lenguas como la hopi, sin noción de tiempo, me dejó pensando: ¿cómo será eso? De lo que no tengo duda es que el tiempo del calendario global es cada vez más tirano.

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La investigadora Martha Fernández, del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, puso en mis manos el libro La configuración del tiempo (Nerea: 1988), de George Kubler, quien diserta sobre el tiempo en la historia del arte pero sus reflexiones trascienden a la disciplina y en este libro dialoga con otras mediante diversos recursos como la entrevista y la glosa amable de sus críticos. Hay un par de párrafos que me gustaría compartir con ustedes:

“[P]odemos usar el lenguaje de la medición sin números, como en la topología, donde los objetos de estudio son las relaciones más que las magnitudes. El tiempo del calendario no proporciona ninguna indicación con respecto a la marcha cambiante de los acontecimientos. El ritmo de cambio en la historia aún no es un asunto para determinaciones precisas; habremos adelantado si solamente llegamos a unas pocas ideas respecto a los diferentes modos de duración.

“La historia de las cosas trata sobre presencias materiales que son mucho más tangibles que las evocaciones espectrales de la historia civil. Las figuras y formas descritas por la historia de las cosas son además tan características que uno se pregunta si los artefactos no poseen cierto tipo específico de duración, ocupando el tiempo de manera diferente a los seres animales de la biología y a los materiales naturales de la física. Las duraciones, al igual que las apariencias, varían según las especies; consisten en lapsos y periodos característicos, que pasamos por alto a causa de nuestra costumbre generalizadora del lenguaje, ya que podemos transformarlos fácilmente en la moneda corriente del tiempo solar.”

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Umberto Eco, recordado por Gubern, se refiere de la siguiente manera a la sensación de aceleración del tiempo que puede resultar agobiante: “[L]a rapidez con la que la tecnología se renueva nos obliga a un ritmo insostenible de reorganización continua de nuestras costumbres mentales”

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En su libro Memorias del mediterráneo (Cátedra: 1998) Fernand Braudel tiene un párrafo que nos invita a pensar en la velocidad que muchos experimentamos de manera escalofriante: “Un prehistoriador nos da esta imagen simple: imaginemos toda la evolucio?n biolo?gica de los seres terrestres encerrada en el ciclo de un solo an?o solar: la vida apareceri?a sobre la Tierra el 1 de enero, las primeras formas de prehomi?nidos se situari?an el 31 de diciembre hacia las 17 h 30 de la tarde; el hombre de Neandertal apareceri?a hacia las 23 h 40; toda la vida del homo sapiens, desde la edad de piedra hasta nuestros di?as, cabri?a en los minutos restantes (Braudel, F. 1998: 28).”

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El filósofo coreano Byung-Chul Han le da una connotación diferente a la percepción de aceleración en su libro El aroma del tiempo (Herder: 2015) que también me dio mucho en qué pensar y hasta un nombre le puse al pasaje: “El presente pestífero”

Comparto la cita: “Otro de los problemas en relación a la muerte hoy día pasa por el aislamiento radical o la atomización de la vida, que la hace aún más limitada. La vida pierde cada vez más la amplitud que le proporcionaría la duración. Contiene en sí menos mundo. Esta atomización de la vida la hace radicalmente mortal. La inquietud generalizada y el ajetreo se deben, sobre todo, a esta mortalidad particular. A primera vista, este nerviosismo provoca la sensación de que todo se acelera. Pero en realidad no se trata de una verdadera aceleración de la vida. Simplemente, en la vida hay más inquietud, confusión y desorientación. Esta dispersión hace que el tiempo ya no despliegue ninguna fuerza ordenadora. De ahí que en la vida no haya momentos decisivos o significativos. El tiempo de vida ya no se estructura en cortes, finales, umbrales ni transiciones. La gente se apresura, más bien, de un presente a otro. Así es como uno envejece sin hacerse mayor. Y, por último, expira a destiempo. Por eso la muerte, hoy día, es más difícil”

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Lo cierto es que hacia mediados del Siglo XV, el caballo de la rapidez iba tan veloz que comenzó a fusionarse con la estela de un bólido en el que varios sistemas vuelan, convergen o desaparecen a un ritmo de tiempo que parece no tener freno: el tiempo raudo ¿Alguien siente que nos encontremos en el núcleo del bólido y que parece difícil conseguir que amaine la marcha? Yo sí, la lucha por el ritmo lento es la lucha por la vida de todas las especies. Así de complejo el asunto.

 

 

 

 

 

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